Acuerdos colectivos, justicia del trabajo y economía de guerra. Los casos de los trabajadores gráficos y tranviarios. Porto Alegre, 1942-1945.

 

 

 

Las estrategias del comunismo argentino en la mirada del nacionalismo reaccionario durante la década de 1930

 

The strategies of Argentine communism according to the nationalism in the thirties

 

Mercedes F. López Cantera

Universidad de Buenos Aires, Argentina

mercedes.lopez.cantera@gmail.com

 

Resumen

Este trabajo tiene como objetivo analizar las distintas interpretaciones que elaboraron las voces del nacionalismo reaccionario sobre las acciones y estrategias del comunismo a lo largo de la década de 1930 en Argentina. Tomando como referencia las posiciones que estos nacionalistas desarrollaron como resultado de las lecturas de las líneas de clase contra clase y Frente Popular impartidas por la III° Internacional, nos proponemos analizar qué imagen de las organizaciones sindicales y del reclamo obrero elaboraron esos actores en respuesta a las prácticas desplegadas por las izquierdas obreras en el caso argentino de entreguerras.

 

Palabras clave

Anticomunismo, Comunismo, Nacionalismos, Período de entreguerras

 

Abstract

This work aims to analyze the different interpretations of reactionary nationalism on the actions and strategies of communism throughout the 1930s in Argentina. We will make special emphasis on the position that these nationalists developed as a result of reading the strategies of class against class and Popular Front issued by the III ° International, therefore we propose to analyze what image of the Unions and the workers' demands these actors developed in response to the practices deployed by the lefts in the Argentine Interwar period.

Key words

Anticommunism, Communism, Nationalism, Interwar period

 

 

Introducción

 

El Partido Comunista argentino (PC) ha sido protagonista ineludible de la historia política en este país y durante los años de entreguerras se constituyó como uno de los representantes de las izquierdas revolucionarias, cuyas expresiones encontraron su correspondiente “reacción” en distintos actores como el mundo católico, la represión estatal y los nacionalistas reaccionarios. Estos últimos detentaron quizás el discurso y las prácticas contrarrevolucionarias más viscerales del anticomunismo de entreguerras en Argentina.

Desde principios del siglo XX el peligro de las izquierdas se erigió en ese país estrechamente vinculado a la llamada cuestión social. El escenario de los años treinta en el que se centra este trabajo sumó al conjunto de las problemáticas de la clase trabajadora al activismo de distintas fuerzas políticas entre las cuales el PC destacó dada su organización. El comunismo emergió como uno de los ejes de esa cuestión al punto de, por momentos, confundirla con lo que podríamos denominar una cuestión comunista. Acordando con otros autores, el nacionalismo reaccionario venía pregonando el peligro maximalista desde los años veinte y postulándose como una “alternativa a la izquierda”[1]; tras el golpe de José Félix Uriburu en 1930 el comunismo local se convirtió en el mayor enemigo de estas corrientes y sus actividades sindicales cobraron gran importancia en el análisis que estos reaccionarios desplegaron, en clave de denuncia, respecto a las acciones del PC.

¿Los anticomunistas argentinos pudieron descifrar las estrategias sindicales de las izquierdas revolucionarias? ¿Cuánto de las estrategias del comunismo afectaron a las modalidades de los nacionalismos en este período? Estas preguntas guían el propósito de este trabajo: rescatar el análisis de los nacionalistas reaccionarios respecto a las tácticas empleadas por el PC para avanzar sobre las estructuras sindicales. A partir de ello podremos observar qué elementos resultaban más nocivos para la reacción y qué de ello pudo verse plasmado en una concepción alternativa a la identidad política y a las luchas encaradas por las izquierdas obreras. Es nuestra intención lograr a través de ello un aporte en el estudio de la conflictividad obrera de los años de entreguerras, donde izquierdas y derechas se combatieron de distintas maneras. Teniendo este horizonte por delante, tomaremos como referencia a la Comisión Popular Argentina contra el Comunismo (CPACC) y a la producción de su presidente, Carlos Silveyra, a la prensa nacionalista representada en los periódicos Crisol y Bandera Argentina (BA), y otros documentos vinculados al mundo católico y a la acción represiva del ciclo conservador (1932-1943), como ser el diario El Pueblo y Labor (de los Círculos de Obreros Católicos, COC) y la Policía de la Capital a partir de la Sección Especial de Represión contra el Comunismo (SERCC) y la Sección de Orden Social (SOS).

 

Nacionalistas y el problema del sindicalismo comunista

 

La centralidad de las izquierdas en tanto actor político del período de entreguerras ha quedado demostrada en el análisis de clase realizado por una vasta y nueva bibliografía, por lo que nos resulta menor discurrir acerca de la negación que cierta literatura operó sobre la misma[2]. En cambio sí resulta necesario para el análisis propuesto enfatizar que como desprendimiento de esa “marginación” se ha minimizado el análisis de la represión contra el movimiento obrero y de las posiciones contrarrevolucionarias como ser el anticomunismo, ambas temáticas señaladas por algunos pocos autores como decisivas en la caracterización de los nacionalistas reaccionarios y de las políticas del ciclo conservador[3].

El nacionalismo reaccionario argentino, entendido en la variedad de sus manifestaciones (Liga Patriótica Argentina, Legión Cívica, Legión de Mayo, Alianza Nacionalista Argentina luego Afirmación de una Nueva Argentina, entre otras organizaciones), fue una expresión política nacida de la reacción antiliberal consecuente de la apertura democrática posterior a la Ley Sáenz Peña (1912) y consolidada tras la llegada de la Unión Cívica Radical a la presidencia, que luego de los sucesos de la Semana Trágica de enero de 1919 se definió además en oposición a la presencia de las izquierdas obreras. El factor xenófobo (cuyos orígenes pueden rastrearse en la persecución contra el anarquismo de la década de 1900) vinculado a la idea de la “penetración maximalista” y el objetivo de un retorno a las “raíces nacionales” (o en defensa de la “Nación”) que enfatizaba la matriz católica de la Argentina hispana, se sumaron a la caracterización de esta vertiente reaccionaria en este país que inicialmente fue homologada por numerosos trabajos a los fenómenos fascistas europeos[4]. Ello, sumado al interés por el estudio de la “génesis golpista” del caso argentino como de otros ejemplos latinoamericanos, reforzaron la preocupación de distintos investigadores respecto al componente antiliberal que predominó en casi todos los estudios sobre los años veinte y treintas, eclipsando otras variables llegando en algunos casos a la negación del anticomunismo como objeto de trabajo[5]. Por otra parte, nos resulta importante señalar que la ausencia de estudios sobre el fenómeno anticomunista no ha sido exclusivo de la historiografía dedicada a la Argentina[6].

Teniendo en cuenta estas premisas, nos interesa en primer lugar plantear la existencia de una continuidad entre el ciclo uriburista (1930-1932) y el conservador en lo que refiere a la apreciación de las izquierdas obreras y en la represión. La ascendencia del discurso nacionalista en la gestión de los años 1932-1943 nos permite sostener esa afirmación; mientras que algunos trabajos analizan esa influencia a través de la inserción de esos actores en la administración conservadora[7], nosotros conjeturamos que tanto reaccionarios como los partidarios de la Concordancia compartieron la misma posición en relación a las izquierdas revolucionarias. Investigaciones recientes centradas en las estrategias sindicales subrayan el papel durante esos años del Estado y del capital en mantener al lugar de trabajo fuera del alcance de las izquierdas[8]; en ese marco inscribimos al papel de los nacionalistas en clara coincidencia con los gobiernos del ciclo 1932-1943. Si bien esta conjetura excede al trabajo presente, no es menor señalarla dado que ello encierra el interés por desglosar la mirada reaccionaria sobre la estrategia sindical de los comunistas.

Con este fin dividiremos nuestro recorrido en dos partes. Una primera corresponde a los primeros años de la década de 1930, centralizando en el gobierno Agustín P. Justo (1932-1938), en los que el PC aplicó la estrategia de clase contra clase, adoptada entre 1927 y 1928. Ésta planteó una posición de intransigencia con las tendencias socialdemócratas, impulsando la creación de “sindicatos rojos” con los que el comunismo inició su ascendencia en el sector industrial que puede observarse en la creación del Comité Nacional de Unidad Clasista (CUSC) de 1929 como contrapunto de la tendencia sindicalista. Esta última lideró la Confederación General del Trabajo (CGT, creada 1930) desde donde sostuvo una posición de no confrontación frente al golpe de 1930 y al gobierno de Justo[9]. La reactivación del movimiento obrero y las violentas huelgas lideradas por los comunistas tras el levantamiento del Estado de Sitio en febrero de 1932[10] dio lugar a que la SERCC (creada en 1931) ampliara sus actividades conformando un “entramado coercitivo” que comprendió tareas de vigilancia, acción preventiva y el empleo de edictos contravencionales[11]. En agosto de 1934 el Ministro del Interior Leopoldo Melo (radical antipersonalista, abogado de la firma Vasena durante la Semana Trágica) presentó a la Cámara de Diputados un informe justificando las labores de esa dependencia policial contra las llamadas “acciones comunistas”, tal como se denominó al conjunto de actividades militantes calificadas como “delictivas”[12].

En paralelo, los nacionalistas emprendieron entre mediados de 1932 hasta 1933 una “campaña de agitación anticomunista”, encabezada por los diarios Crisol y BA más la flamante CPACC -creada en julio del '32 y presidida por Carlos Silveyra-, que consistió en denuncias a través de esos órganos de prensa, actos públicos, una campaña contra la reanudación de las relaciones argentino-soviéticas y la presentación de un proyecto de Ley de Represión al comunismo, en colaboración con el senador conservador Matías Sánchez Sorondo[13]. La intención del nacionalismo era difundir lo que consideraban una “negación” por parte de conservadores y otros como el Partido Socialista (PS) de la presencia comunista en el país. Frente a ello, las acciones de denuncia contra el PC, la prensa comunista, las entidades como el Socorro Rojo Internacional (SRI) y la Liga Antiimperialista, y el propio CUSC, iban de la mano del desarrollo de un discurso crítico del sindicalismo clasista en el que confluían otras posiciones como la doctrina social expresada por la Iglesia y sus representantes[14]. En el marco de esta militancia reaccionaria, ¿qué elementos del sindicalismo comunista generaron más rechazo en el nacionalismo? ¿Pudieron estos actores elaborar posiciones y tácticas como producto del análisis realizado?

La segunda parte de este trabajo se vincula a la línea de Frente Popular (FP). Ello comprendió desde 1935 la alianza del comunismo con el socialismo y fuerzas democráticas en contra del ascenso del fascismo; en Argentina su aplicación coincidió con la expansión de la sustitución de importaciones y de la inserción de la clase obrera en la industria, destacando la construcción, el rubro alimentos y el textil. Las organizaciones sindicales experimentaron tanto un incremento en sus filas como un reacomodamiento de las líneas políticas. Ello fue visible en la CGT: en diciembre de 1935 tuvo lugar un “asalto” a la central por el que los socialistas, secundados por militantes comunistas, desplazaron al sindicalismo de la dirección de la misma, ahora CGT Independencia, marginando a estos últimos en la llamada CGT Catamarca. En ese marco, el FP proyectó una activa intervención de los partidos políticos que lo componían en los conflictos sociales de la clase trabajadora, colaborando conjuntamente con la CGT Independencia[15].

El FP no generó demasiadas conclusiones en el arco anticomunista hasta el impacto producido por la huelga general de enero de 1936, considerada como un antes y un después en el ciclo 1930-1943. La gran huelga de la construcción no sólo significó un quiebre en la historia del comunismo argentino sino un corte en la relación Estado-sindicatos, observable en el aumento de la mediación estatal en diversos conflictos por medio de los Departamentos de Trabajo tanto a nivel nacional como provincial[16]. Las celebraciones del 1ero. de mayo y el estallido de la Guerra Civil española se sumaron a la mirada de un comunismo en avance; el frentepopulismo representó para las voces reaccionarias un mayor peligro que la expresión radical de clase contra clase. Contrariamente al análisis del FP en tanto una línea “dilapidadora” de la expresión clasista revolucionaria[17], los anticomunistas lo consideraron como una modalidad silenciosa que apuntaba a ampliar su influencia, evidente en el liderazgo sindical que el PC comenzó a tener a fines de la década. ¿Cuáles fueron las conclusiones de los nacionalistas respecto a esta nueva expresión del comunismo local? ¿Acaso sus propuestas de acercamiento al conflicto obrero tomaron en cuenta a la tendencia del FP o siguieron reproduciendo la mirada consolidada en años anteriores?

 

Dicotomía y criminalización en la estrategia de clase contra clase

 

La alerta anticomunista en relación a la aplicación de clase contra clase no estalló en los primeros años de su desarrollo. Entre el tercer gobierno radical (1928-1930) y el uriburismo (1930-1932), los nacionalistas hicieron hincapié en la existencia de la “penetración roja” observando aspectos por fuera del ámbito sindical. En ello se inscribieron las denuncias contra la empresa soviética Iuyamtorg -un signo claro para los reaccionarios del avance de la URSS sobre el país[18]- y la posterior disolución de su personería jurídica en agosto de 1931 por la dictadura. Ahora bien, la apertura democrática encorsetada en el juego del “fraude patriótico” de la mano de Justo permitió la recuperación de la vida política de distintos actores entre los que se encontraba la clase obrera. Las huelgas realizadas durante los primeros meses del nuevo gobierno demostraban la necesidad de la clase trabajadora de reactivar la lucha política en el contexto de crisis, cobrando protagonismo las izquierdas y en especial los sindicatos del CUSC. No es casual que en este marco los nacionalistas expresaran su repudio al temido comunismo entretejiendo sus conclusiones con la interpretación que desprendían de los sucesos sindicales.

De esa manera, el acceso del maximalismo a las organizaciones sindicales fue uno de los primeros planteos de esas corrientes entorno a la cuestión comunista tal como expresó BA, periódico nacido en 1932 y estrechamente vinculado a la Alianza Nacionalista Argentina[19]:

“Amén conozca, siquiera por encima, la técnica y organización del comunismo, no podrá negar, el decisivo valor que la diplomacia soviética asigna a la lucha de clases como medio de infiltración ideológica. El comité sindical clasista es la llave maestra del comunismo (…) Para los dirigentes soviéticos de Rusia no hay sino una fuerza que valga: el movimiento sindical clasista. Este movimiento tiene dos objetivos: uno inmediato, que es la formación del frente único de los obreros, estudiantes, campesinos y otros, y otro mediato, que es la revolución social y la consecuente dictadura del proletariado. Los que niegan el comunismo es sencillamente porque no ven como va ganando terreno entre las masas obreras, el principio de representación clasista. Ese es el verdadero y peligroso comunismo.”[20]

La llegada de los comunistas a la dirección de organizaciones sindicales era presentada como el “caballo de Troya” de la revolución social, y el clasismo su principal herramienta. Este tipo de apreciaciones pudieron verse delineadas en otros casos de asociación entre el conflicto obrero y las izquierdas; sin embargo, el comunismo asumió la representación de esas características para la reacción desde la década de 1930. ¿En qué radicó ello, por qué éste se consolidó como el rostro del peligro revolucionario? Responder a ello quizás exceda a los objetivos de este trabajo, aunque en base al análisis de los nacionalistas y del accionar del aparato represivo podemos empezar a delinear algunas posibles respuestas.

Inicialmente, la idea de la infiltración comunista materializada en el control de parte de las entidades gremiales se constituyó como una hipótesis común para el nacionalismo. Entre 1932 y 1933, al calor de la “campaña de agitación anticomunista”, el diario Crisol publicó sistemáticamente denuncias que ratificaban esa certeza. En ello destacó un elemento subyacente: el “principio de la representación clasista” tal como lo denominaba BA, implicaba una identidad política basada en el internacionalismo, una diferente forma de cohesión entre los obreros, alternativa a la idea de nacionalidad sostenida por los reaccionarios o a la idea de comunidad del catolicismo. Por otro lado, ese principio conllevaba dos aspectos: en primer lugar, la estrategia de la huelga revolucionaria a través de métodos violentos, evidentes en los sucesos de los primeros meses del gobierno de Justo, modalidad expuesta por el diario Crisol en su columna dedicada a las denuncias anticomunistas a través de la transcripción de circulares e informes de la Internacional Sindical Roja (ISR)[21]. De acuerdo a éstas, las prácticas de la militancia comunista tenían como objetivo apoderarse de sindicatos ya constituidos a través de la progresiva descalificación de la lucha de las otras líneas de izquierda que estaban en la dirección de los mismos. Esta tarea era llevada a cabo por “grupos rojos” generados al interior de los gremios y las rupturas resultantes de esa operación llevaba a los maximalistas a formar nuevas entidades bajo su influencia o a la dirección de las existentes:

En realidad los comunistas desprecian profundamente la organización sindical obrera, en todas partes: la califican de “amarilla”, de “reformista”, de “fascista”, por el hecho de que, actúan bajo la égida de los socialistas o se hallan alejados del movimientos político propiamente dicho. En cambio, los rojos tienden a la infiltración de sus hombres en esos sindicatos y gremios, por sus Comités Clasistas y, sobre todo, por la formación del Frente Único de la Oposición Sindical Revolucionaria.”[22]

Un punto a resaltar aquí es la denominación de la estrategia de clase contra clase como “Frente Único de la Oposición Sindical Clasista”. Si bien ningún documento perteneciente a esas corrientes o a dependencias del Estado empleó el vocabulario correcto, la apreciación de la lucha sindical de los comunistas como reactiva ante expresiones reformistas nos permite considerar que la terminología empleada hacía referencia a la táctica mencionada. Esto nos lleva al segundo aspecto. La acción de los revolucionarios respondía a una estructura política organizada a nivel nacional por el CUSC y a nivel internacional por la ISR, lo que agudizaba el peligro que encerraban esos sindicatos, demostrando que las “huelgas de masas” o la “huelga general” eran promovidas por esas entidades[23]. El peso de estas últimas fue mencionado por otras publicaciones de comienzos de la década que hacían hincapié en la complejidad del sindicalismo comunista en Argentina, como los trabajos de Carlos Silveyra y de Federico Hindag. Para el caso de la particular combinación de anticomunismo y antisemitismo que caracterizó al primer personaje, la comunidad judía actuó junto a las organizaciones sindicales como un vector de propagación del maximalismo desde los años veinte. Hindag, por su parte, remarcó la importancia del CUSC en la “difusión de ideas malsanas y disolventes”, detallando en su análisis el entramado compuesto por células, comités (de trabajadores como de desocupados) y centrales sindicales que componía la estrategia roja[24]. Si bien la aparición de estos textos tuvo lugar con la restauración conservadora, ambos anclaban las raíces del avance comunista en la segunda mitad de la década de 1920.

La organización celular aplicada por el PC desde 1925 tanto en fábricas como en barrios fue denunciada por las voces del nacionalismo como la base del accionar revolucionario: “La célula comunista es el órgano base de la organización soviética, de acuerdo con la táctica y técnica bolcehvikis (sic). Una gran fuerza difusora y práctica, en verdad, a la cual la propaganda roja debe no poco de su extraordinaria amplitud actual. Entre nosotros, el sistema está implantado desde hace mucho tiempo, y eso no es una novedad, por cierto.”[25]. Sin embargo, lo que más preocupación generaba fue la publicación de modestos periódicos por parte de estas estructuras en las fábricas, a saber, los pertenecientes a talleres ferroviarios como El Barreno o El Ferroviario Rojo, metalúrgicos como La Hoz y el Martillo y El Yunque, y del rubro textil, La Lucha y El Telar[26], todos ellos denunciados en la primera plana de Crisol. La importancia de la prensa comunista fue quizás el tema que mayor énfasis tuvo en la campaña de agitación de 1932: el estatuto de la CPACC llamaba a la prohibición de la propagación por parte de la prensa de “ideas comunistas”, “extremistas”. Por su parte, el proyecto de ley de Represión contra el Comunismo de 1932 y el de 1936 exigían prisión a todo aquél que difundiera doctrinas que apuntasen a la disolución del orden constituido con el fin de “reemplazarlo por el régimen de la dictadura del proletariado”[27].

La compleja organización que evidenciaba el sindicalismo comunista fue resaltada por la SERCC en sus informes. El conjunto de actividades de inteligencia que desplegó buscaba dar cuenta del nivel de organización de la izquierda revolucionaria. Un caso que ilustra al respecto fue el allanamiento al local del PC de La Boca-Barracas en julio de 1933: el mismo, clandestino, fue ubicado tras la detención de un obrero realizada bajo la figura de “incitación a cometer delitos” a raíz de estar distribuyendo folletos con contenidos “comunistas” a la salida de su trabajo. Después de “diversos interrogatorios”, la policía dio con la dirección del local en donde se pudo además conocer la proyección de una campaña antimilitarista y antifascista para el mes de agosto. En consecuencia, la SERCC emitió la orden de enviar “servicio especial” de vigilancia a los diferentes establecimientos fabriles que estaban contemplados para la fallida campaña[28]. No es menor destacar el particular interés de esta Sección en las conferencias y actos antifascistas y antimilitaristas llevados a cabo por organizaciones de izquierda, focos de su accionar represivo durante toda la década en cuestión.

La SERCC nos permite caracterizar el conjunto de herramientas represivas que la Policía desplegó frente al reanimado movimiento sindical en esos años (vigilancia, contravenciones, detenciones, acciones preventivas[29]) como de la clasificación que el Estado estaba otorgando al activismo de la militancia comunista. La criminalización del PC, de sus militantes y de las entidades ligadas a éste como el SRI y la Liga Antiimperialista (juzgadas como “bandas criminales”), no fue exclusiva de los nacionalistas argentinos[30]. El llamado “Informe Melo” de 1934 reiteró en el detallado estudio de las “actividades comunistas” aquellas posiciones expresadas por la reacción respecto a las tareas del comunismo en el movimiento sindical y en lo referido a la “penetración roja”. Lo llamativo de este documento fue la diferenciación del activismo comunista respecto al resto de los obreros organizados. Lejos de expresar una posición condenatoria al sindicalismo, el informe determinaba que la militancia comunista se hallaba marcada por “La prédica de la violencia como procedimiento para destruir, conculcar las instituciones, infundir el terror y demoler el régimen social existente...”[31] concluyendo necesaria la intervención de la SERCC dado el carácter criminal que signaba a esa lucha obrera:

Si se entrara a hacer una estadística comparativa de la lucha habida entre patrones y obreros, desde el año mil novecientos veintiocho a mil novecientos treinta y dos y de la situación en general de la parte social, se notaría claramente que en los últimos años no solo en Capital Federal, sino el país en general ha debido soportar una desviación de la denominada lucha social hacia el bandolerismo, no por obra de un gremio, sino por muchos de ellos...”[32]

En la primera mitad de la década de 1930, el Estado asumía la existencia de una diferenciación entre un tipo de trabajador, aquél partícipe de organizaciones obreras y de sus luchas, y otro, un “infiltrado” promotor de acciones delictivas a través de las cuales se terminaba por pervertir el sentido de la organización obrera. La mirada de la gestión conservadora respecto a este carácter destructivo del comunismo era compartida por los nacionalistas, para quienes el sindicalismo comunista encarnaba la introducción del conflicto, de la violencia, y de una identidad por fuera de los parámetros de la “Nación”. Esta dicotomía entre el “obrero conciliador” y “el obrero criminal” continuó siendo un punto de referencia en el pensamiento reaccionario a lo largo de la década de 1930, acentuándose la caracterización de ambos polos y la aceptación de ello como una realidad de la clase trabajadora que debía modificarse.

 

El FP y los falsos representantes de la clase obrera

 

La irrupción del FP en reemplazo de la línea intransigente de clase contra clase no amenizó la postura de los nacionalistas respecto a la caracterización del sindicalismo comunista como violento y destructivo. Si bien esta nueva estrategia dictada por la URSS significó un acercamiento del PC a distintas expresiones políticas que antes descalificaba (radicales, socialistas, entre otros) y una defensa de los valores democráticos en oposición a los regímenes fascistas, lejos de concluir en un “repliegue” de la impronta revolucionaria, los reaccionarios continuaron reforzando la dicotomía obrera y la criminalización del temor rojo.

“Basta de violencias, basta de “defensa de la URSS”, basta de “dictadura del proletariado”. Hay que introducirse en los partidos liberales democrácticos, hay que defender las instituciones democrácticas y la Constitución. No más “acción directa”. (…) En la República Argentina, no sólo existe, como hace cinco años, el peligro comunista. No. Ahora el virus soviético está en el organismo nacional. Ha alcanzado las posiciones que quería gracias al Liberalismo y a la Democracia.”[33]

El análisis del FP por parte de los reaccionarios en la segunda mitad de la década enfatizó el vínculo entre el comunismo y la doctrina liberal, siendo el plano de las acciones partidarias mucho más significativo en el análisis de esa nueva línea que las tácticas que ésta desprendiera para el escenario sindical. Sin embargo, el interés por la presencia roja en el ámbito gremial continuó observándose en algunas cuestiones puntuales que el nacionalismo rescató en su lucha anticomunista.

Por empezar, la irrupción de la alianza PS-PC en la CGT fue uno de los puntos de apoyo de las lecturas nacionalistas donde tuvo otra vez lugar la amenaza de la penetración y la subsecuente “perversión” de las organizaciones obreras. En julio de 1936, Silveyra publicó el compendio de sus investigaciones realizadas para Crisol en el libro “El comunismo en Argentina”. Partiendo de la caracterización del sindicato en tanto un organismo “...serio, apolítico, constituido con aspiraciones puramente gremiales...”, la corrupción del mismo por las estrategias del PC (infiltración, grupos rojos, generación de tensiones, prácticas violentas)[34] encontraba una peligrosa continuación en el FP dado que éste le permitía ampliar su base de influencia a los partidos socialdemócratas (socialistas, radicales y demócratas progresistas), disimulando su tendencia revolucionaria. De acuerdo al presidente de la CPACC, gracias a esta nueva alianza el comunismo local podía iniciar su avance sobre la CGT[35]. En un registro similar, Crisol caracterizaba a la ascendencia comunista en los sindicatos como consecuencia de la política del PS en favor de reforzar el trabajo parlamentario por sobre el gremial, de ahí que los socialistas recurrieran a la adopción del FP y al “asalto” de diciembre de 1935 con el fin de recuperar los espacios perdidos. Así, la tribuna reaccionaria alertaba sobre el peligro de la confianza depositada por los socialistas en los comunistas y en las tácticas sugeridas por la ISR. Por otro lado, interpretaban que la conveniencia de este lazo era producto de una misma afinidad: la persecución del interés partidario/político por parte de comunistas y socialistas en detrimento del sindicalismo “apolítico y reformista[36].

Si bien la dirigencia socialista en la CGT era motivo suficiente para la crítica de los reaccionarios, seguía siendo la influencia comunista la que profundizaba la gravedad de la situación. Ello era compartido por la SOS, dependencia policial que junto con la Sección de Orden Político investigaba las actividades del PS como de militantes anarquistas. En un informe de junio de 1936, SOS comunicaba los cambios en la CGT Independencia tras los conflictos de la interna mencionada. En el documento se instruía a los miembros de la policía de la presencia de representantes del FP (radicales alvearistas y socialistas) en la central aclarando que los mismos:

“Invocarán que es y fue una entidad de orden y que no obedece a aspiraciones políticas. Lo que fue hasta la expulsión de Tramonti, Silvetti, Negri, etc.- Precisamente estos fueron expulsados porque no comulgaron con las directivas emanadas del comité de Información Gremial (socialista) y de los delegados de sindicatos (Madereros) (Albañiles) (Metalúrgicos), etc. comunistas (…) Basta recordar las publicaciones aparecidas en diarios que están identificados con la acción de izquierda de la CGT para establecer que son comunistas.-”[37]

Una vez más puede observarse la concepción de un sindicalismo autónomo, “apolítico”, en contraposición a la presencia de las izquierdas radicalizadas. En este caso, la presencia de comunistas o de aliados afines al mismo (lo que los incluía en ese mote) era considerada como la razón de la desviación sindical. El comunismo como elemento de perversión vuelve a encontrarse en la caracterización de la huelga de enero de 1936 como un ejercicio de “gimnasia revolucionaria” hecha por Crisol, Silveyra y Sorondo: la violencia y sus consecuentes actos repudiables habrían sido originados por la participación de fuerzas comunistas en lo que consideraban un “reclamo justo”. Por otra parte, para Silveyra existieron otras modalidades además de la violencia con las que el comunismo pudo operar en el conflicto sindical y así pervertirlo:

“Como hemos visto, para el Partido Comunista, apoderarse de un sindicato o constituir uno con el propósito de de agitar y alborotar un gremio cualquiera, para arrastrarlo a la huelga revolucionaria, es una cosa tan fácil, que ya sus dirigentes son verdaderos expertos en la materia, y en realidad no hacen otra cosa desde que actúan en el Partido, capacitando además en estas maniobras a los militantes obreros que se destacan por sus aptitudes revolucionarias.”[38].

La creación de organizaciones como la FOSC, la generación de conflictos al interior de los sindicatos y en entre éstos con la patronal[39], y el empleo de la movilización de organismos como el SRI, la FUA y la Liga Antiimperialista, eran considerados como elementos disruptivos de la esencia del sindicalismo. El papel de la prensa y del trabajo “ilegal” también fueron considerados en ese aspecto. En relación a la prensa comunista, el autor insistía en la importancia conferida a ello por parte del PC sumando el apoyo de otros periódicos “simpatizantes del comunismo” como Tribuna Libre, Noticias Gráficas, Última Hora, Crítica y La Vanguardia. El interés sobre el trabajo “ilegal” en manos de células de calle, de bloqueo, comisiones femeninas y grupos infantiles (sic), radicó en ser éste el encargado de realizar la propagación de la protesta a nivel barrial con el fin de lograr la solidaridad de manera “forzada” por fuera de los obreros involucrados[40]. Cabe destacar que la “solidaridad de clase”, expresada no sólo en estos mecanismos de lucha política sino también en la idea de la huelga general y en la lucha antifascista y antimilitarista que manifestaban organizaciones como el Socorro y la Liga, fue uno de los puntos de más criticados por parte de la reacción en toda la década. En ese sentido, para fines de los años treinta, las campañas de ayuda en favor del FP durante la Guerra Civil española fueron impugnadas también en ese sentido, llegando el diario Crisol a calificarlas como una “estafa” a raíz de las denuncias por irregularidades en la Junta Central Pro Socorro y Reconstrucción de España, adherida a la Federación de Organismos de Ayuda a la República Española[41].

Fue en este marco coincidente con las repercusiones del conflicto de la construcción en que la diferenciación entre reclamos “aceptables” y otros “repudiables” comenzó a ser empleada en el discurso de los nacionalistas y de católicos, como una extensión de la mencionada dicotomía buen obrero/agitador profesional. Voz defensora por excelencia de la conciliación de clases, el diario El Pueblo expresaba al respecto en diciembre de 1935:

“Nosotros no podemos, en general, discutir, ni menos negar, el derecho de los obreros a plantear elementos de esta naturaleza, especialmente en situaciones extremas, cuando la intransigencia de los patronos desconozca sus justos reclamos. Así hemos sostenido la justicia que acompaña a las reivindicaciones de aumento de salario por parte de los albañiles, no así la imposición de sindicatos que no tienen sino el nombre de tales, pues son dirigidos y manejados por elementos extraños al gremio, representantes de conglomerados políticos que sirven para sus intenciones demagógicas de los intereses del trabajador”[42]

La validez de los reclamos inmediatos por sobre otros de tipo “político” fue una distinción cada vez más empleada por el catolicismo social y el nacionalismo en lo que siguió a la segunda mitad de la década. ¿Cuál era la razón del desvío de los obreros del camino al “reclamo justo”? El comunismo seguía siendo su respuesta. En algunas ocasiones, esa crítica era acompañada por la defensa de la intervención estatal en los conflictos; en abril de 1937, ante la oposición del FP al dictado de una ley en favor de crear un organismo de mediación por parte del Departamento Provincial de Trabajo de Santa Fe, Crisol aclaraba: “Únicamente está contra ella la extrema izquierda comunista por razones de táctica. Ellos comprenden cuáles son los peligros que representa para la agitación permanente el hecho de que las cuestiones sociales sean sacadas del sindicatos para ser radicadas en organismos oficiales.”[43]. No es menor recordar que la apelación a una legislación laboral adecuada para resolver la conflictividad obrera ya venía siendo centro de la doctrina social, elemento que comenzó a incorporarse en las propuestas de los nacionalistas para estos años[44]. La intención de estos últimos de ser una “alternativa a la izquierda” cobró más consistencia al incorporar nuevos argumentos como estas dos clasificaciones: la dicotomía obrera y la diferenciación entre los tipos de reclamos. No debemos dejar de recordar el complemento que la criminalización le ofrecía a ambas, elemento reiterado en la explicación de la violencia de la huelga de enero de 1936 como producto de la “delincuencia gremial comunista”[45]. Poco más de un año después, las editoriales de Crisol validaban las reivindicaciones obreras en un nuevo conflicto, discriminándolas de aquellas que reiteraban el modus operandi de la gimnasia revolucionaria de enero del '36:

“Contamos en nuestra edición anterior, la antipática medida adoptada por el P.E. deportando a cinco obreros del gremio de la construcción. Y expresamos, lisa y llanamente, nuestra posición, que es la del Nacionalismo, ante la huelga y medida. Dijimos, que no se puede desconocer la justicia de las demandas obreras, y que tampoco es posible desconocer que los gremios obreros están dirigidos por elementos indeseables, que, contando a su favor con la verdad de la causa trabajadora, en realidad sólo la utilizan para realizar la gimnasia revolucionaria preconizada por el comunismo, al que responden tales dirigentes.”[46]

Otra preocupación que acarreó la existencia del FP se vinculó al significado de los actos por el 1ero. de Mayo[47]. La movilización de 1936 fue considerada su “debut”: Crisol remarcó el carácter multitudinario del evento, subrayando la presencia socialista y “peludista”, una “comparsa” arriada por los verdaderos mentores del evento, los comunistas, de acuerdo a Enrique Osés director de ese periódico[48]. Más interesantes resultaron los análisis de la CPACC en su carta dirigida al Jefe de Policía, Juan Vacarezza, y de la circular de los COC. La organización anticomunista denunciaba unos días antes del evento el empleo por parte del PC de organizaciones ligadas a la lucha antifascista para obtener la autorización para realizar sus mitines, disfrazando la difusión de su propaganda revolucionaria por medio de las consignas de esas agrupaciones. Por su parte, pronosticaba:

“El 1ero. De Mayo se realizará la suprema aspiración inmediata del partido comunista, pues con el pretexto de celebrar el día de los trabajadores ha logrado constituir su soñado Frente Popular, con el apoyo de los partidos radical, socialista y demócrata progresista, amén de otras organizaciones obreras, cumpliendo de este modo las órdenes imperativas dadas por la Internacional Comunista de Moscú a todas las secciones respectivas de todos los países del mundo y cuyas experiencias se están celebrando en España y Francia.”[49]

Los COC, por otro lado, retomaban el rechazo a la legitimidad del comunismo en tanto representante de los intereses obreros:

“Vosotros, que, acaso, sinceramente, encerráis en este día algo así como el símbolo de vuestras esperanzas y anhelos, el deseo de un mejoramiento para vuestra condición humana, el ansia de emanciparos de una tutela subalterna y el homenaje al trabajo en el que véis el remedio de vuestras necesidades y el vehículo de vuestra dignificación, estáis sirviendo a quienes os usan como medio para escalar posiciones, medrando con la credulidad. Os hablan de revolución, del motín o de la asonada porque no nos quieren conscientes y aptos para alcanzar por los caminos del orden, de la justicia y del derecho, todo aquello a que aspiráis.”[50]

Estas posiciones fueron reiteradas en el análisis periodístico de los años posteriores. La ausencia de acciones policiales, la falta de cuestionamientos por parte de autoridades políticas, la participación de las fuerzas socialdemócratas caracterizadas como títeres del comunismo, el creciente número de participantes “sedientos” de la violencia emanada de la lucha de clases, fueron algunos de los reincidentes tópicos del periodismo reaccionario. Los comentarios xenófobos dirigidos contra judíos, gallegos y otras colectividades, existentes con anterioridad en la caracterización del comunista, fueron en aumento a medida que se acercó al final de la década y siempre con el propósito de remarcar la diversidad ajena a la “argentinidad”. Ese último elemento sería en consecuencia reforzado en las movilizaciones por el día del Trabajo que los nacionalistas comenzaron a desarrollar a finales de la década[51].

 

***

 

¿Cuál es el verdadero rostro de la lucha obrera? Podemos arriesgar que ésta ha sido la cuestión en disputa por los distintos actores visibles en los años de entreguerras: izquierdas, derechas, liberales conservadores y católicos. La circunscripción de este trabajo al análisis de los nacionalistas respecto a las estrategias del comunismo nos permite reiterar la idea de las alternativas que buscaban liderar la organización política de la clase obrera y cómo ello definió modalidades de acción y de represión en los años treinta.

En la primera mitad de la década y al calor de la estrategia de clase contra clase, los reaccionarios retomaron la hipótesis de la “penetración” de ideas extranjeras, ya esgrimida desde el inicio de la cuestión social a principios del siglo XX, remarcando el fuerte arraigo que la doctrina y sobre todo estrategias comunistas venían desarrollando en las organizaciones sindicales. Esta posición encontró respaldo en el marco de la reactivación de la lucha gremial (entre 1932-1934), cuya violencia fue comprendida por el nacionalismo como parte de una compleja organización que respondía a un ordenamiento de las herramientas de lucha a nivel local como a nivel internacional (papel asignado al CUSC y a la ISR respectivamente). El análisis de las características de la estructura del comunismo argentino, que incluyó tanto a entidades como el SRI como al desarrollo de una identidad política clasista, y la alarma de su accionar contrastaban tanto para los nacionalistas como para la gestión conservadora con la imagen de otros gremios vinculados a la corriente sindicalista. ¿Por qué una organización como el CUSC despertaba recelos mientras una central como la CGT no? ¿Qué cambió en la percepción de esta última entidad en la segunda mitad de la década? La consolidación de la dicotomía “buen obrero-obrero criminal” encontró su correlato en la diferenciación de los reclamos: uno vinculado a la idea de un gremialismo “aséptico” frente a otro ligado las organizaciones “politizadas” por el comunismo, desviadas en su camino de auténtica representación de la clase obrera. Esta cuestión queda más en evidencia con el análisis que rodeó a la línea del FP en el que los nacionalistas alertaron más sobre la “democratización” del comunismo y los peligros consecuentes de ello que respecto a las diferentes estrategias a nivel sindical que el PC estaba impulsando entorno a esa nueva línea. En efecto, las modalidades de lucha del período clase contra clase siguieron presentes en la etapa del FP, podríamos arriesgar a fin de enfatizar el modelo alternativo de sindicalismo que los reaccionarios empezaron a delinear para los obreros locales. El escenario trazado por la Guerra Civil española y la lucha antifascista sumaba a los argumentos en contra de la “politización” que torcía el rumbo del reclamo “puro” obrero. Esta imagen de un sindicalismo “aséptico” construida “en espejo” al comunismo por parte del pensamiento reaccionario nos ayuda a reflexionar acerca de la conciencia que las derechas y también los conservadores a través de la represión estatal tuvieron de las tácticas de las izquierdas que articularon sus aspiraciones en clave emancipadora.

En este punto resulta interesante preguntarnos si es que la información resultante de ese conocimiento e interpretación influyó en el Estado a la hora de desarrollar una represión más adecuada o diseñar nuevas modalidades de acercamiento a la clase obrera, inclusive interrogarnos acerca de la relación entre la clasificación de reclamos justos/injustos y los términos en que instancias gubernamentales como los Departamentos de Trabajo determinaron los criterios de intervención en los conflictos luego de 1936. Finalmente, no podemos dejar de subrayar que la búsqueda de respuestas para estos interrogantes debe contemplar como condición excluyente la interacción de estos diversos actores y la motivación política de cada uno de ellos.

 

Bibliografía

 

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Recibido: 16/10/2015

Evaluado: 20/11/2015

Versión Final: 30/11/2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                          



[1] Sandra McGee Deutsch. Las derechas. La extrema derecha en la Argentina, Brasil y Chile 1890-1939. Bernal, UNQui Editorial, 2005.

[2] Hernán Camarero. “Consideraciones en la historia social de la Argentina urbana en las décadas de 1920 y 1930: clase obrera y sectores populares”. Nuevo Topo, revista de historia y pensamiento crítico; nro. 4 septiembre/octubre 2007. Lanús, Provincia de Buenos Aires, agosto del 2007.

[3] Sandra McGee Deutsh. Op. cit,; Daniel Lvovich. Nacionalismo y Antisemitismo en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Vergara, 2003.

[4] Concebimos a los nacionalistas reaccionarios como una expresión de derechas diferente de los casos del fascismo italiano y el nazismo. Para un análisis de los nacionalismos consultar Ismael Saz Campos. Franquismo y Fascismo. Valencia, PUV, 2004; para una definición general del fenómeno fascista: Roger Griffin. The Nature of Fascism. Londres, Routledge, 1993.

[5] Ejemplo de esto último han sido los trabajos que ostentaron la tesis del “anticomunismo sin comunismo”: Alan Rouquié. Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo I. Bs. As. Emecé, 1978; Loris Zanatta. Del Estado Liberal a la Nación Católica. Iglesia y Estado en los orígenes del peronismo, 1930- 1943. Bernal, UnQui Ed, 1996. Otros autores que minimizaron la cuestión anticomunista fueron Fernando Devoto. Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Buenos Aires, S. XXI, 2002; David Rock. La Argentina Autoritaria. Buenos Aires, Ariel, 1993.

[6] Enzo Traverso señala que parte de la extensa bibliografía dedicada a los fascismos omite el factor anticomunista en sus análisis. Enzo Traverso. La Historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. Buenos Aires, FCE, 2012, pp. 129-140.

[7] Mariela Rubinzal. El Nacionalismo frente a la cuestión social en la Argentina. Discursos, representaciones y prácticas de las derechas sobre el mundo del trabajo. Tesis Doctoral, FHCE, UNLP, 2012.

[8] Diego Ceruso. La izquierda en la fábrica. La militancia obrera industrial en el lugar del trabajo, 1916-1943. Buenos Aires, Imago Mundi, 2015, pp. XXXIV-XXXV.

[9] Para ello, ver: CGT, Nota al Presidente del Gobierno Provisional, 10/12/1930, y CGT, Comunicado de Prensa, 8/11/1933.

[10] Hernán Camarero. A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935. Buenos Aires, S.XXI, 2007, pp. 133-201.

[11] La SERCC fue creada en 1931 por Carlos Rodriguez y luego recreada y dirigida por Federico Donadío que sería reemplazado por Joaquín Cussel tras la asunción de Justo.

[12] Mercedes López Cantera. “Criminalizar al rojo. La represión al movimiento obrero en los informes de la Sección Especial de 1934”. Archivos; Año II, nro. 4, marzo del 2014. Buenos Aires, 2014.

[13] El mismo fue presentado en el Congreso Nacional el 1ero. de septiembre de 1932, sin llegar a ser tratado hasta noviembre de 1936.

[14] Néstor Auza. Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino. Grote y la estrategia social. Buenos Aires, Ediciones Docencia-Don Bosco- Guadalupe, 1987.

[15] Hiroshi Matshushita. Movimiento obrero argentino, 1930-1945. Sus proyecciones en los orígenes del peronismo. Buenos Aires, Ed. Siglo Veinte, 1983, pp. 217-224.

[16] Roberto Korzeniewicz. “Las vísperas del peronismo. Los conflictos laborales entre 1930 y 1943”. Desarrollo Económico; vol. 33, nro. 131, Buenos Aires, octubre-diciembre de 1993, pp. 339-351. Para un análisis de los antecedentes, desarrollo y consecuencias de la huelga, ver Nicolás Iñigo Carrera. La estrategia de la clase obrera. 1936. Buenos Aires, Imago Mundi, (2000) 2011.

[17] Hernán Camarero. “Ascenso y ocaso del Partido Comunista en el movimiento obrero argentino: crítica historiográfica y consideraciones conceptuales”. Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda; año I, nro. 1, Buenos Aires, septiembre del 2012.

[18]“Cómo realizan su propaganda los soviets”, en La Nación, año LXIII, nro. 21857, 4/7/1932, p. 3; “Como nos arruinan el comercio los soviets” en Crisol, año I, nro. 136, 3/7/1932, p. 3.

[19] Bandera Argentina fue creada por Juan Carulla, quien fuera miembro del diario antiyrigoyenista y nacionalista La Nueva República hasta 1931. La relación de este periódico con la ANA (ADUNA desde 1934) acompañó su postura en favor del sistema corporativo y su crítica al régimen democrático.

[20] “Comunismo y lucha de clases”, en BA, año I, nro. 26, 30/8/1932, p. 1. Ver también “Nacionalismo y sindicalismo”, en BA, año I, nro. 34, 08/09/1932, p. 1.

[21] La ISR, creada por la III Internacional, coordinó entre 1921 y 1937 a los sindicatos comunistas a nivel mundial. “De cómo se introducen comunistas en los gremios obreros”, Crisol, año I, nro. 269, 4/1271932, p. 1.; “El movimiento huelguístico y el papel de los sindicatos revolucionarios”, en Crisol, año I, nro. 290, 29/12/1932, p. 1.

[22] “La Oposición Sindical Revolucionaria Comunista en el seno de nuestras organizaciones obreras”, en Crisol, año I, nro. 277, 14/12/1932, pp. 1 y 2; “La Organización Sindical Revolucionaria”, en Crisol, año I, nro. 172, 16/8/1932, pp. 1 y 2.

[23] “Desde Moscú la ISR dirige todas las luchas económicas”, en Crisol, año I, nro. 151, 22/7/1932, pp. 1 y 3.

[24] Federico Hindag. Organizaciones del comunismo en Argentina. Buenos Aires, 1932, pp. 8 y 28-44. Carlos Silveyra. “Historia y desarrollo del comunismo en nuestro país”. Conferencia dictada el 9/2/1933 en el Círculo Militar. Anexo, Revista Militar, año XXXIII, nro. 385, febrero de 1933, y CPACC. “El Comunismo en la República Argentina. Historia-Desarrollo y Organización”. Informe del 7 de diciembre de 1932, presentado al senador Matías Sánchez Sorondo, HCD, 27/12/1932.

[25] “Lo que son, en la táctica comunista, los comités de barrio”, en Crisol, año I, nro. 173, 17/8/1932, pp. 1 y 2; “La obra comunista en las células”, en Crisol, año I, nro. 169 y 171, 12-14/8/1932, p.1.

[26] “La obra comunista en las céludas (sic)”, en Crisol, año I, nro. 171, 14/8/1932, p. 1.

[27] Respectivamente: Carlos Silveyra. “Historia y desarrollo del comunismo en nuestro país”. conferencia 9/2/1933 en el Círculo Militar. Anexo, Revista Militar, nro. 385. Buenos Aires, Cersósimo y Cía, febrero 1933; y Matías Sánchez Sorondo. Proyecto de Ley de Represión contra el Comunismo. Honorable Senado de la Nación, 1/09/1932.

[28] Doc 130, Memorandum SERCC, 14/7/1933.

[29] Sin dejar de mencionar el empleo de torturas ejercido sobre los detenidos que venía siendo denunciado por diarios como Crítica, La Vanguardia y La Internacional, diputados del PS y organizaciones como el SRI.

[30] “El Socorro Rojo Internacional y el Dr. Sánchez Viamonte”, en Crisol, año I, nro. 251, 13/11/1932, pp. 1 y 2; “La Liga antiimperialista es comunista”; “Más concretos sobre la Liga Antiimperialista”, en Crisol, año I, nros. 153 y 154, 24-26/7/1932, p. 1. Ver López Cantera, op. cit.

[31] Mensaje contestando el pedido de informes acerca de las razones que determinaron la creación en la Policía de la “Sección especial de represión contra el comunismo”, Archivo de la HCD, legajo nro. 115, 8/8/1934, folio 52.

[32] Idem, folio 64.

[33] “El viraje comunista democrático”, en Crisol, año VI, nro. 1720, 16 de septiembre de 1937, p. 1.

[34] Silveyra, C., op. cit., pp. 271-279.

[35] Idem, p. 202.

[36] “La labor tenaz de la penetración comunista y socialista en las agrupaciones obreras”, en Crisol, Año V, nro. 1277, 31/3/1936, pp. 1 y 3.

[37] AGN, Archivo A. P. Justo, Informe Sección de Orden Social, 14/6/1936.

[38] Silveyra, op. cit., p. 287.

[39] Aquí Silveyra continuaba subrayando el papel del CUSC aunque el mismo se disolvió con la incorporación de los comunistas a la CGT. Ver Camarero, op. cit., pp. 210-211.

[40] Silveyra, pp. 290-291. Ver Iñigo Carrera, op. cit., pp. 196-209.

[41] “El gran cuento miliciano de la 'ayuda leal'”, en Crisol, año VIII, nro. 2276, 9/7/1939, p. 3; “Las estafas perpetradas con el cuento de la 'ayuda' leal”, en Crisol, año VIII, nro. 2284, 19/7/1939, pp. 1 y 3 (1140048)

[42] “Ante la amenaza de una huelga general”, El Pueblo, año XXXVI, nro. 12550, 15/12/1935, p. 3.

[43] La Ley 2426 de la provincia de Santa Fe habilitó la creación de un Consejo Superior de Trabajo, integrado por representantes gremiales y de la patronal. El FP a través de la Unión Obrera Local se opuso debido al excesivo control de ese organismo sobre las acciones sindicales. “Cómo los comunistas malogran todo intento de proteger al trabajador”, Crisol, Año VI, nro. 1590, 14/3/1937, pp. 1 y 3.

[44] Si bien podemos observar coincidencias entre el catolicismo local y los nacionalistas en relación al comunismo en estos años como así una incorporación de las apreciaciones de la doctrina social por el discurso reaccionario, lejos estamos de aplicar una relación de asimilación entre la posición de estos últimos y el mundo católico tal como expresa la “tesis rupturista” derivada de los estudios de Loris Zanatta. Para una crítica a esa posición consultar: Miranda Lida. “El catolicismo de masas en la década de 1930. Un debate historiográfico”. Folquer-Amenta (eds), Sociedad, cristianismo y política. Tejiendo historias locales. San Miguel de Tucumán, Editorial UNSTA, 2010.

[45] “Delincuencia gremial”, en Labor. Órgano de la Federación de los COC, año I, nro. 6, enero de 1936, p. 7.

[46] “La esclavitud obrera en el régimen liberal. Por qué tienen toda la razón el gremio obrero de la construcción”, en Crisol, Año VI, nro. 1760, 2/11/1937, p. 1. Esta posición también puede verse en el El Pampero, dirigido por Osés desde 1940, donde los reclamos sindicales nunca fueron cuestionados e inclusive se llegó a entrevistar a dirigentes gremiales comunistas sin aclarar su pertenencia partidaria, simplemente calificándolos como “representantes obreros”.

[47] Para un análisis de las celebraciones nacionalistas y el papel conferido al 1ero. De Mayo, ver Rubinzal, op. cit., pp. 168-195.

[48] Ver “El debut del Frente Popular en la Calle.”: “El 1ero. De mayo fue copado íntegramente por comunistas” y “Una masa imbécil y unos dirigentes canallas”, en Crisol, Año V, nro. 1303, 3/5/1936, pp. 1 y 3.

[49] “El comunismo tiene amplia libertad de acción y de propaganda entre nosotros. Por el Frente Popular hacia la revolución social. Carta de la C-PACC al jefe de Policía”, Crisol, Año V, nro. 1302, 1/5/1936, p. 3 (fecha de la carta: 28/04/1936).

[50] “Ante una movilización comunista disfrazada de obrera. El sentido subversivo de esta fiesta del trabajo”, Crisol, Año V, nro. 1302, 1/5/1936, p. 3.

[51] “Ante la desaprensión burguesa desfiló el comunismo en pleno. Lo que fue realmente el 1ero. De Mayo”, Crisol, Año VI, nro. 1606, 4/5/1937, pp. 1 y 3; “Reunión a 30000 argentinos la Marcha de la Libertad. Una magnífica exteriorización del nacionalismo juvenil”, en Crisol, años VII, nro. 1912, 3/5/1938, pp. 1-4.

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