Dossier 20

 

EL Partido comunista chileno. una historia centenaria
 
The Chilean Communist Party. A centenary history
 
 

              Los Partidos Comunistas en América Latina corrieron distintas suerte durante el siglo XX. Algunos tuvieron momentos de espasmódico crecimiento, para terminar autodisolviéndose incluso antes del fin de la Unión Soviética, como en el caso de México. Otros, como en Argentina, lograron fuerte influencia en el movimiento obrero hasta la irrupción del populismo peronista. En Perú, en cambio, la fractura dentro del Movimiento Comunista Internacional provocada por el cisma sino-soviético a fines de la década de 1950, provocó que el ala maoísta del comunismo peruano cobrara influencia político-social en sectores radicalizados de trabajadores del sector educacional. Nuevas fracturas, ahora dentro de la propia corriente maoísta, dieron paso al nacimiento al Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, que azotaría al país a través de un cruento conflicto armado. En el caso de Brasil, Luis Carlos Prestes encabezó un fallido intento de derrocamiento del dictador Getulio Vargas. Esta experiencia asoció al comunismo a experiencias armadas, al igual que en la misma época lo hacía en El Salvador de la mano de su líder Farabundo Martí. En Uruguay, Rodney Arismendi se caracterizó por sus desarrollos teóricos dentro de la ortodoxia del marxismo-leninismo y oponerse desde primera hora en la lucha contra la dictadura que gobernó al país durante la década de 1970. Por otra parte, el comunismo latinoamericano estuvo integrado por influyentes intelectuales, artistas y representantes del mundo de la cultura. Asimismo, encabezó movimientos sindicales, estudiantiles y territoriales en diversos puntos del continente, lo que demuestra que sus historias van mucho más allá de la que se concentra en sus líderes y el desarrollo de sus líneas políticas. Además, que se encuentran íntimamente ligadas a la suerte que corrió el movimiento popular en el continente.

              Dentro de este marco general, el Partido Comunista de Chile ocupa un papel importante para comprender los límites y alcances de las diversas experiencias comunistas en América Latina. En este sentido, tal como lo ha planteado un importante texto sobre la historia del comunismo global[1], el comunismo debe ser comprendido como una experiencia múltiple, compleja, inserta dentro de sus contextos locales y nacionales. Pero, a la vez, no debe descuidar las matrices comunes que los hermanó a un proyecto global, representada por el liderazgo de la Unión Soviética.

En el caso del comunismo chileno, para entender su trayectoria, es necesario entender algunas de sus particularidades. En primer lugar, su origen más inmediato se remonta a 1912, cuando en Iquique, la cuna del movimiento obrero chileno, su fundó el Partido Obrero Socialista. Esta organización, que diez años más tarde cambió su nombre por el de Partido Comunista de Chile, forjó algunas de las tradiciones del comunismo, a saber, la combinación de las reivindicaciones sociales con la lucha política parlamentaria. De raigambre obrera, esta fue la extracción predominante de sus principales dirigentes, entre los que también destacaron los profesores normalistas. Por lo tanto, el PC de Chile, desde sus orígenes, intentó incidir en la política chilena ocupando espacios dentro de la institucionalidad. Así, la organización se caracterizó por su fuerte presencia al interior del movimiento obrero, influencia que se proyectó a lo largo de todo el siglo XX, incluso hasta el presente. Esta exitosa experiencia de inserción en el movimiento obrero, el comunismo chileno lo repitió entre las organizaciones de los pobres de la ciudad (“pobladores”, como se le conoce en Chile). La lucha por una vivienda donde habitar fue encabezada por los comunistas, los que junto a otras fuerzas de izquierda, protagonizaron masivas tomas de terrenos baldíos a partir de la década de 1950. Durante la década de 1960 y principios de 1970, pero también más tarde durante la lucha contra la dictadura y el retorno a la democracia, los comunistas también fueron protagonistas dentro del movimiento estudiantil universitario y secundario. De igual manera, fue significativa su presencia en el movimiento campesino y en el mundo de la cultura y las artes. Músicos de la talla de Violeta Parra y Víctor Jara, o el poeta premio Nobel de Literatura Pablo Neruda, entre otros muchos artistas, formaron parte o fueron cercanos a la organización.

              Pero sin duda que una de las principales singularidades del PC de Chile, se basó en ser parte fundamental del proceso político que desembocó en el triunfo de la coalición de izquierda llamada Unidad Popular. Como se sabe, en septiembre de 1970, encabezada por el líder socialista Salvador Allende Gossens, esta logró la primera magistratura del país a través de elecciones democráticas. En base a un programa de reformas estructurales, desencadenó lo que diversos autores denominaron como “la Revolución Chilena”.[2] La principal novedad de ese proceso era intentar conjugar la sustitución del sistema capitalista a través de métodos democráticos. Era la “Vía Chilena al Socialismo”, que terminó trágicamente el 11 de septiembre de 1973. Poco después, al fragor de la lucha contra la dictadura del general Pinochet, el Partido Comunista pasó de ser el ala más moderada de la izquierda chilena, a encabezar la lucha armada contra esta. En base a un poderoso aparato militar y una línea política de carácter insurreccional, el PC de Chile intentó derrocar al régimen. Fracasada esta opción, impuesta la vía de negociación pactada (rechazada por el PC), unido al colapso del socialismo real, los comunistas chilenos vieron sumirse en una profunda crisis su proyecto político e histórico. Sin embargo, recuperada la democracia en 1990, el PC se convirtió en la principal fuerza opositora, desde una perspectiva de izquierda, al continuismo de las políticas económicas e institucionales de la dictadura bajo los nuevos regímenes democráticos. Con crisis, dificultades y tropiezos, el PC tuvo un papel activo en la reconstitución de parte del tejido social-popular y de una alternativa política de izquierda de cara al siglo XXI.

              Por otra parte, el Partido Comunista de Chile compartió buena parte del imaginario político que caracterizó al comunismo global. Es decir, concibió al “marxismo-leninismo” como una doctrina, por lo tanto que tenía un núcleo interior incuestionable y “científicamente” verdadero. De esta forma, las polémicas y debates podían darse desde los bordes de ese núcleo hacia fuera, negándose a cuestionar las bases “leyes infalibles” del marxismo-leninismo. Cultivó una disciplina de matriz estalinista y concibió a la clase obrera como portadora de una misión histórica: la construcción del socialismo. Asimismo, desarrolló una línea política que, en lo fundamental, correspondió a la concepción de la revolución por etapas. Es decir, concebía que las tareas socialistas de la revolución eran una tarea de largo plazo, ante la necesidad inmediata de terminar la fase “democrático-burguesa” de la revolución. Por ello, fue un constante promotor de líneas frentepopulistas, basadas en alianzas con la denominada “burguesía progresista”. En fin, fue una organización fiel a la política exterior de la Unión Soviética y, por último, el socialismo real lo consideraba la genuina expresión del modelo de sociedad que sustituiría al capitalismo en el mundo.

              En presente dossier, cinco artículos escritos por especialistas chilenos, analizan diversos aspectos y etapas de la historia del comunismo en Chile. Cada uno de ellos, representa investigaciones originales que profundizan facetas desconocidas y poco abordadas por las numerosas pesquisas que se han efectuado sobre esta longeva organización política. Abre el dossier Ximena Urtubia, quien analiza el origen y desarrollo del antifascismo en el PC chileno. El interés del texto radica en que evalúa esta cuestión antes de la etapa más clásica del antifascismo dentro del Movimiento Comunista Internacional, que se inició en 1935, cuando el VII Congreso de la Comintern llamó a la conformación de “Frentes Populares” contra el avance del fascismo en Europa. Así, la autora entra de lleno a un antiguo y trascendente debate en la historiografía del comunismo, a saber, ¿qué factor fue más decisivo en la conformación del imaginario antifascista en el PC chileno?, ¿los internacionales o los nacionales?. Para responder a esta pregunta, Urtubia opta para evaluar la recepción local de este fenómeno internacional. De esta forma, sin descartar la centralidad de la influencia de los factores externos, los procesos internos que el país vivía (especialmente la represión durante la dictadura del general Carlos Ibáñez del Campo entre 1927 y 1931), habrían sido fundamentales para la forma de comprender y definir el antifascismo por parte de los comunistas chilenos. La autora concluye que el caso del antifascismo sería un buen ejemplo de cómo, en la historia del comunismo, confluyen de manera compleja los factores nacionales con los internacionales.

              Por su parte, Viviana Bravo indaga en una faceta escasamente abordada por la historiografía del comunismo en Chile: el de la representación del martirologio de sus militantes. El caso conocido como “la masacre de Plaza Bulnes”, ocurrido a comienzo de 1946 en pleno centro de Santiago, provocó el surgimiento de una de las mártires más conocidas del Partido Comunista. En efecto, la organización se preocupó no quedara en el olvido el asesinato producto de la represión policial de la joven militante comunista Ramona Parra. De acuerdo a Bravo, este caso permite visualizar el proceso de “ceremonialización” de la muerte que realizaba el Partido Comunista con sus mártires. Así, evaluando la resignificación de la muerte de su Ramona Parra, la autora del artículo explora en los valores y sentimientos que generó en el PC la experiencia de la represión. La “ceremonialización” del asesinato de su militante habría tenido una triple dimensión. La primera, situar su muerte en el marco de las tradiciones de lucha del pueblo chileno (la continuidad histórica); la segunda, el reflejo de la encarnación del ideal de los valores militantes en la malograda joven (emblema y modelo de luchadora) y, por último, rendirle homenaje a través de abocarse con nuevas fuerzas a las tareas militantes de corto y largo plazo (la dimensión proyectual de la muerte).

              Los tres artículos que completan el dossier, se preguntan sobre la manera cómo el Partido Comunista de Chile sorteó la doble crisis que sufrió la organización hacia 1990. Como decíamos más arriba, si la caída del Muro de Berlín y la posterior desaparición de la Unión Soviética supuso el fin del comunismo como proyecto histórico de alcance mundial y su derrota ante el capitalismo, el fin de la dictadura de Pinochet supuso otra fuente de conflicto al interior del PC chileno. En efecto, el fracaso de los esfuerzos por derrocar a la dictadura, significó el fracaso de la política insurreccional del Partido Comunista. Los opositores internos a las formas de lucha armada que adoptaron los comunistas durante la década de 1980, desataron un enfrentamiento con la dirección del PC que muchos analistas se apresuraron en considerar como terminal. Los tres artículos que cierran este dossier, analizan, desde distintos ángulos, las estrategias que implementó la organización para revertir el adverso cuadro político de comienzos de la década de 1990.

              Jorge Navarro explora la manera como el PC, ante la crisis de sus referentes internacionales, buscó hundir su pasado en los orígenes del movimiento obrero chileno y evitar que apareciera únicamente conectado a la tradición bolchevique. En ese contexto, luego de haberlo exorcizado en 1956, el PC reincorporó como parte de su tradición histórica los diez años de existencia del Partido Obrero Socialista. Según Navarro, en la coyuntura de comienzos de la década de 1990, el PC rescató del POS la alta valoración que éste tenía de la lucha por la democracia. De esta manera, los comunistas reivindicaban el compromiso democrático de su organización –cuestión que estaba en el centro de gravedad de la discusión tanto en Chile como en el extranjero- apelando a sus raíces nacionales. Esta fórmula, dice el autor del artículo, permitió al Partido Comunista intentar comenzar a recorrer su propio sendero de cambios teóricos y políticos, “proceso de renovación que se proyectaba al futuro, pero mirando al pasado”, según señala. Esta iniciativa se expresó en una radical reescritura de su pasado, al modificar su fecha de fundación de 1922 a 1912, cuestión que se concretó en 1994, solo tres años después del fin de la Unión Soviética.

              En una línea similar, pero mirando en dirección de nuevos referentes internacionales, el texto de José Ignacio Ponce indaga cómo el Partido Comunista de Chile enfrentó el desplome de la Unión Soviética, su principal fuente de inspiración internacionalista. Como era común en la inmensa mayoría de los partidos comunistas, la organización chilena históricamente se ufanaba por ser incondicional a toda prueba a la Unión Soviética. Expresión de esto fue su respaldo a la invasión de Checoslovaquia en tiempos de la “Primavera de Praga” (1968) y de Afganistán (1979). Más tarde apoyó la Perestroika de Gorbachov. Por este motivo, es posible afirmar que el internacionalismo era constituyente de la cultura comunista chilena. Esto explica, según Ponce, que más que eliminarlo de su ideario, los comunistas chilenos lo adaptaron a las nuevas condiciones generadas por el fin del campo socialista. El nuevo sitial lo ocupó Cuba, cuyo proceso durante la década de 1990 era representado como un ejemplo de resistencia contra la globalización neoliberal. De igual manera, el PC recibió con entusiasmo las noticias de la irrupción de la guerrilla conformada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México. Ambos referentes, señala Ponce, le permitieron al PC chileno posicionar su aislada lucha contra el modelo neoliberal en Chile, como parte de una lucha anticapitalista a nivel planetario. Esto sería la génesis de la posterior recepción positiva por parte del PC del movimiento altermundista a comienzos del siglo XXI. El autor del texto se inserta, como él mismo señala, en la línea de conectar las historias nacionales de los comunismos con la “historia global”.

              El último artículo del dossier está a cargo de Fernando Pairican. Este se aboca a reconstruir la trayectoria de la rama juvenil del PC, las Juventudes Comunistas, conocidas en la endojerga partidaria simplemente como “la Jota”. Ubicado temporalmente en la misma década crítica de 1990, igual que los dos textos que lo anteceden, Pairican explora cómo el referente juvenil de una organización que supuestamente se encontraba en vías de extinción a comienzos de la década, a fines de ésta, se terminó convirtiendo en la primera fuerza política dentro del siempre influyente movimiento estudiantil universitario. De acuerdo al autor del artículo, los jóvenes comunistas lograron pasar de una política testimonialista, solo de denuncia, a otra de carácter propositiva. Este tránsito, afirma Pairican, se habría logrado en base a una tesis política que causó cierta polémica interna tanto en la sección juvenil como en la propia organización adulta: la ruptura parcial del modelo neoliberal no se daría necesariamente entre los sectores sociales más depauperizados por éste, por encontrarse más permeables a la ideología neoliberal dominante. Por el contrario, la “ruptura democrática” se podría producir en aquellos sectores en donde los efectos más perversamente desiguales del modelo, se pudieran palpar de manera más evidente. Este era el caso, planteaban las Juventudes Comunistas, de los estudiantes universitarios. De esta manera, Pairican explica la manera como los jóvenes militantes comunistas fueron parte del proceso de rearticulación del movimiento estudiantil universitario y, de paso, se pusieron a la cabeza de éste, protagonizando importantes movilizaciones sociales contra las políticas neoliberales en el sector de la educación superior durante el gobierno Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000).

              Este dossier sobre la historia de uno de los partidos comunistas más importantes de América Latina, ofrece nuevas miradas sobre debates tradicionales en la historiografía del comunismo, abre nuevas temáticas de investigación y es señero en comenzar a evaluar las razones que han permitido que en Chile, una organización denominada “Comunista”, siga siendo un actor político y social relevante en el país.

 

 

 

 

Rolando Álvarez Vallejos

Universidad de Santiago de Chile, Chile

rolando.alvarez@usach.cl

 



[1] Dreyfus, Michel, et al. Le siécle des communismes. Francia: Éditions de l’Atelier/ Éditions Ouvrieres, 2000.

 

[2] Peter Winn, La revolución chilena, Santiago: Lom Ediciones, 2013.

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