El antifascismo en el Partido Comunista chileno, 1922-1934

 

 

 

The antifascism in the Chilean Communist Party, 1922-1934

 

 

 

 

Ximena Urtubia Odekerken

Universidad de Santiago de Chile, Chile

 xurtubiaode@gmail.com

 

 

 

Resumen

A los pocos meses de su fundación, para el Partido Comunista de Chile fue una preocupación la instauración del fascismo en su país. El antifascismo comunista fue un discurso que se fue construyendo tempranamente y que correlacionó factores nacionales e internacionales. En este artículo explicamos el desarrollo histórico de este proceso y su incidencia en la práctica política del partido desde su fundación hasta la inflexión de las políticas de "clase contra clase" en 1934. Planteamos que la construcción del antifascismo comunista estuvo dividida en dos fases. La primera estuvo marcada por las similitudes y correspondencias que ciertos actores y coyunturas tuvieron respecto al fascismo europeo, lo que generó un amplio abanico de recepciones en torno a la relación entre la violencia, el fascismo y el capitalismo, lo que finalmente les permitió identificar un modus operandi fascista en Chile. Así, la segunda fase se abocó a la construcción de un discurso identitario y estratégico en clave defensiva frente a la impronta fascista de los gobiernos y regímenes de turno de la primera parte de la década de 1930.

 

Palabras claves

Chile; siglo XX; Partido Comunista; antifascismo; cultura política; políticas de “clase contra clase”

 

 

Abstract

A few months after its founding, it was a concern for the Communist Party of Chile to establish fascism in their country. Communist antifascism was a discourse that was built early and that correlated national and international factors. In this article, we explain the historical development of this process and its impact on the political practice of the party from its foundation to the inflection of "class vs. class" politics in 1934. We argue that the construction of communist antifascism was divided into two phases. The first was marked by the similarities and correspondences that certain actors and situations had with European fascism, which generated a wide range of receptions around the relationship between violence, fascism and capitalism, which finally allowed them to identify fascist methods in Chile. Thus, the second phase was devoted to the construction of an identity and strategic discourse in a defensive code against the fascist imprint of the governments and regimes of the turn of the first part of the 1930's.

 

Keywords

Chile; 20th century; Communist Party; antifascism; political culture; "class vs. class" politics

 




Introducción

 

Desde el momento en que los fascistas comenzaron a adquirir preponderancia en Italia, para los comunistas chilenos, organizados en el recién fundado Partido Comunista (en adelante, PCCH), fue una preocupación la instauración del fascismo en su país. Desde principios de 1922, la prensa partidaria procuró informar regularmente sobre lo que estaba ocurriendo en Italia y en Alemania. Se leía de los reiterados ataques cometidos por los fascistas contra las organizaciones obreras y, en particular, contra comunistas, socialistas y anarquistas: asesinatos, destrucción de imprentas, asaltos a locales sindicales y cooperativas, etc. Todo indicaba, a juicio de la Internacional Comunista (Komintern), que se trataba de un nuevo enemigo al acecho que, a raíz de su intrínseca vinculación con el capitalismo, podía articularse en otros lugares del mundo.

El dilema que la posibilidad de organización del fascismo en Chile significó para el comunismo era decisivo. Se consideraba crucial que el PCCH advirtiera del peligro fascista para evitar lo que estaba ocurriendo en Italia: la instauración de una dictadura capitalista fundamentada en el terror. El desafío, entonces, era saber qué era el fascismo, quiénes eran los fascistas chilenos y sus potenciales aliados, cuál era su política frente al movimiento obrero, y cómo combatirlos. De esta manera, a los pocos meses de la fundación del PCCH, se fue construyendo un discurso sobre el fascismo que dio sustento a su contraparte, el antifascismo. Lo que se propone en este artículo es, por tanto, explicar la construcción del antifascismo comunista y evaluar su impacto en la práctica política de este partido hasta el último año de vigencia de la línea estratégica de “clase contra clase”. Desde mediados de 1934, en el marco de la inflexión de esta línea política, las referencias sobre el fascismo chileno tienden a desaparecer de la prensa partidaria, a la par de la reducción de sus páginas y frecuencia. No obstante, a propósito del caso de la colonia italiana iquiqueña, resulta una excepción notable el diario Justicia de esta región[1].

Desde distintas miradas, la mayoría de los estudios que han abordado el desarrollo histórico del PCCH han considerado el antifascismo como un factor internacional que, en parte, explica el viraje estratégico del Komintern y, en consecuencia, la formación del Frente Popular en 1936[2]. De esta manera, el antifascismo se ha entendido a partir de la lucha ideológica mundial entre el fascismo y la democracia, circunscrita al periodo marcado por el triunfo de Adolf Hitler en Alemania, el inicio de la Guerra Civil Española y el término de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, tal como sostiene Andrés Bisso, si bien el discurso antifascista surgió originariamente en Europa, éste fue apropiado y reinterpretado por los grupos democráticos latinoamericanos[3]. En ese sentido, el antifascismo constituyó, según el autor, una herramienta de operación política que permitió a estas organizaciones, siempre bajo el signo de la democracia, identificar un enemigo circunstancial en función de sus diversos intereses políticos.

Considerando los planteamientos de Bruno Groppo, entenderemos el antifascismo como una “sensibilidad política” que convocó la confluencia de diversas corrientes políticas y culturales que sustentaban distintas formas de entender el fenómeno fascista[4]. Así, reconocemos que hay varios tipos de antifascismos y que, por tanto, no resulta suficiente comprenderlos solo desde su oposición a los regímenes fascistas europeos. En el caso del PCCH, el antifascismo se sustentó en una forma específica de concebir el fascismo en Chile, cuya construcción histórica interrelacionó las temporalidades de las coyunturas políticas y los cambios en los imaginarios colectivos de los comunistas[5]. Asimismo, éste articuló la defensa de la democracia, además de las reivindicaciones políticas y económicas del PCCH y el movimiento obrero. De esta manera, no es posible concebir el antifascismo solo desde su instrumentalización[6].

Nos resulta relevante, por tanto, entender que la interpretación antifascista constituyó una forma específica que tuvo el PCCH para mirar no solo lo que estaba ocurriendo en su país, sino también fenómenos internacionales[7]. A partir de esto, el PCCH formuló una actividad o una política propiamente antifascista. No obstante, como se trata de un periodo de formación, los registros disponibles y –por tanto– este artículo tiende a privilegiar la articulación del antifascismo como discurso.

Por consiguiente, es importante tener en cuenta las referencias que el PCCH tuvo respecto al fascismo en Europa, en particular, las que provenían de Italia y Alemania. Asimismo, de los informes oficiales y tesis formuladas por el Komintern sobre este tema. Estas recepciones constituyeron los puntos de referencia que permitieron a los comunistas comparar y pensar su realidad con lo que ocurría en otras partes del mundo. De esta manera, era posible evaluar cómo era el fascismo nacional y si había fascistas en Chile. En términos metodológicos, realizamos una correlación entre las recepciones del fascismo europeo, los planteamientos del Komintern, la propia reflexión teórica del PCCH y todo aquello que haya considerado como fascista. Los registros revisados, para este propósito, fueron los principales periódicos comunistas del periodo, además de las comunicaciones entre el PCCH y el Komintern compilados por Olga Ulianova y Alfredo Riquelme[8].

El planteamiento central de este estudio es que, a fines de la política de “clase contra clase”, la construcción del antifascismo comunista estuvo marcada por las similitudes y correspondencias que ciertos actores y coyunturas tuvieron respecto al fascismo europeo. Si bien este proceso en sus inicios se mostró con importantes grados de dispersión, las tesis de la Internacional Comunista jugaron un rol gravitante en la sistematización y conceptualización de las recepciones comunistas. Sin embargo, más que imponer una interpretación del fenómeno fascista, estas tesis permitieron que las ideas y relaciones que el PCCH tenía sobre el fascismo adquirieran mayor sentido y articulación en una primera fase.

A partir de lo anterior, la segunda fase de construcción del antifascismo comunista estuvo marcada por su afinidad a la línea estratégica de “clase contra clase”, que el PCCH, en particular su fracción oficial[9], comenzó a implementar desde 1931, bajo la supervisión directa de los emisarios del Buró Sudamericano (BSA) del Komintern. Según las directrices del VI Congreso komintereano, frente al advenimiento del colapso definitivo del capitalismo mundial, los partidos comunistas debían formar el “frente único por abajo”, es decir, a partir de organizaciones obreras de base. Esta tesis tuvo como elemento central la teoría social-fascista, la cual definía a la social-democracia y, en particular, su ala izquierda como más peligrosa que la derecha. Por esta razón, en la constitución del frente único, se excluían las posibles alianzas con las cúpulas de la social-democracia y con otros grupos reformistas. Mostraremos cómo las recepciones sobre el fascismo y los fascistas generaron, en el PCCH, una construcción identitaria y estratégica marcada por la diferenciación y el aislamiento respecto a los demás sectores de la izquierda chilena. Este discurso se articuló en clave defensiva frente al advenimiento de dictaduras fascistas y la “fascistización” del Estado, para referirse a la impronta de los gobiernos y regímenes de turno de la primera parte de la década de 1930.

La estructura de este trabajo se divide en cuatro partes, además de un apartado de conclusiones finales. La primera aborda los años iniciales en que los comunistas se abocaron a conocer lo que era el fascismo y la lucha antifascista. En esta fase, es posible apreciar las primeras conceptualizaciones sobre el fascismo chileno. La segunda parte se dedica a la sistematización y profundización de la reflexión sobre el fascismo en su vínculo con el capitalismo. En particular, nos enfocamos en la interpretación antifascista, basada en esta teoría, que el PCCH tuvo para mirar la política del gobierno hacia el mundo sindical. En un tercer momento, la reconstrucción se centra en la reflexión antifascista que el PCCH tuvo sobre los gobiernos y dictaduras que marcaron la coyuntura nacional durante la década de 1930. Finalmente, y considerando la política estratégica y de alianzas del PCCH en clave antifascista, la última parte se centra en quienes los comunistas consideraron como los posibles cómplices y aliados del fascismo chileno.

 

1. Conociendo al enemigo (1922-1923)

 

Meses antes que las camisas negras lograran llevar a su líder, Benito Mussolini, al poder, el PCCH se preocupó de informar sobre la situación en Italia. Las primeras noticias publicadas en la prensa partidaria fueron decisivas en la manera en que los comunistas entendieron lo que era el fascismo y cómo operaban políticamente los fascistas.

En mayo de 1922, en la periódico comunista El Despertar de los Trabajadores se leía –sin mayores explicaciones– que los fascistas habían atacado a un grupo de obreros, siendo calificándo como un acto vandálico[10]. Al mes siguiente, el mismo medio informaba que, en Bolonia, los fascistas habían generado daños de 6 millones de libras a cooperativas socialistas y comunistas[11]. De esta manera, la prensa del PCCH inauguraba una serie de denuncias sobre la violencia sistemática ejercida por los fascistas contra las organizaciones obreras y, en particular, contra sus camaradas italianos, socialistas y anarquistas. Al respecto, los comunistas categorizaban la violencia fascista como algo propio de su cultura. Así lo dio a entender una nota titulada “Cultura fascista”, donde se denunciaba que, en el matrimonio entre el diputado comunista Pietro Rabezzana y su pareja, ellos fueron insultados y golpeados por un grupo de fascistas que irrumpieron en el salón donde estaban[12].

No obstante lo anterior, pronto la sistematicidad de estos hechos fue vinculada a la burguesía italiana. En octubre del mismo año, se difundió por la prensa un informe sobre la situación política de Italia. Este informe fue elaborado unos meses antes por los komintereanos José Penelón y Juan Greco en su visita a Roma, quienes se entrevistaron con Umberto Terracini, miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista de ese país. El referido documento, publicado en los principales periódicos del PCCH, sintetiza y analiza esta conversación.

El informe, en general, caracteriza el fascismo como una ofensiva capitalista. Se trataría de la reacción represiva de la burguesía frente a la seria amenaza de sus privilegios de clase. La burguesía, por ello, subsidiaba a bandas fascistas compuestas por “profesionales de la violencia, gente que no le gusta trabajar y sin domicilio, delincuentes, enfermos maleantes dispuestos a matar por un salario”[13]. En ese sentido, el fascismo se articuló, porque los dirigentes sindicales habrían cometido el error de confiar en las promesas patronales y del gobierno, razón por la cual llamaron a la desmovilización de sus bases. Asimismo, el informe da cuenta que los principales líderes del fascismo eran antiguos dirigentes sindicales y, en particular, Mussolini, provenía del ala izquierda del Partido Socialista Italiano.

Si bien desconocemos que este informe haya llegado a manos de los comunistas chilenos antes de octubre, resulta interesante destacar que ya se vislumbraba una lectura semejante. Un articulista apodado “Libertario” escribió que los gobiernos capitalistas y los fascistas –sin ahondar en esta relación– realizaban actos criminales para frenar la lucha de los comunistas. Sin embargo, un desarrollo más profundo sobre este tema es solo posible de encontrar a partir de 1924 en la prensa partidaria.

Otros aspectos relevantes de las recepciones del PCCH sobre el fascismo italiano, se generaron una vez que Mussolini llegó al gobierno producto de la llamada “Marcha sobre Roma”. Ya los comunistas habían destacado el afán de los fascistas por la toma del poder. Se leía en la prensa partidaria sobre cómo Mussolini progresivamente iba instaurando una dictadura: que la reforma electoral que estaba impulsando restringía el derecho de las minorías y –según el parecer comunista– era el preludio a la disolución del congreso italiano; que se aplicaban restricciones a la libertad de prensa; y que la persecución a la oposición era implacable.

Por otro lado, los comunistas informaban que la relación entre los fascistas y el rey Víctor Manuel III era estrecha: decían que “el fascismo declaró que la monarquía era un símbolo sagrado, glorioso y tradicional de la patria; la ha fortificado”[14]. Contemporáneamente, esta idea de la afinidad entre el fascio y la monarquía era reforzada por lo que se informaba sobre Alemania. Los fascistas alemanes, según la prensa, eran la organización militar de los monarquistas, quienes –en conjunto– defendían la instauración de un imperio bajo el reinado del kaiser Guillermo II. Al igual que en Italia, se producían enfrentamientos violentos entre los comunistas y fascistas alemanes.

Un último elemento que el PCCH decía del régimen de Mussolini era su vínculo con la Iglesia Católica. Al igual que con la monarquía, se denunciaba que el fascismo había aumentado el prestigio de la religión y la Iglesia. Esta idea, finalmente, fue ratificada por la prensa partidaria al informar, en noviembre de 1924, que Mussolini reconocería los títulos nobiliarios otorgados por el Vaticano y que dejaría de considerar al Papa como un soberano extranjero. Esta particularidad del fascismo italiano fue tan relevante para el PCCH que, entre sus primeras conceptualizaciones, identificó a los católicos como fascistas. Así lo dio a entender a través de una nota titulada “El fascismo en Antofagasta”, para dar cuenta de la realización de una conferencia del círculo católico de la región[15].

Como lo acabamos de adelantar, a través de las referencias que hemos señalado, el PCCH evaluó la posibilidad de articulación del fascismo en su país. A fines de 1922, en un artículo se señalaba que esto “se trata nada menos que de organizar en Chile esas hordas de salvajes contemporáneos, residuos del fanatismo y la barbarie medievales que han conquistado fama –afortunadamente de las peores– con el nombre de fascismo”[16]. Sin embargo, para el autor, era poco probable que fuese una emulación del fenómeno italiano y, menos aún, una respuesta de la burguesía al avance del movimiento obrero. Le era más verosímil pensar que, en caso de organizarse, ese grupo tendría la osadía de tomar el poder “sin mayor orientación que la sed de riquezas”. Por su parte, otros articulistas destacaban la violencia ejercida por estos grupos, incluso en alianza con el gobierno, contra las organizaciones obreras. En definitiva, era posible la organización del fascismo en Chile y, desde la mirada comunista, había pequeños grupos operando de forma marginal.

No obstante lo anterior, si bien las referencias comunistas coinciden en caracterizar a los fascistas chilenos como sujetos violentos y fanáticos (al límite de lo patológico), es posible apreciar una cierta dispersión si consideramos –además– a los católicos. A nuestro parecer, como se trata de una primera fase en la construcción del conocimiento sobre el fascismo, no es posible aun apreciar una definición del todo articulada del “otro” fascista. Dicha dispersión se explica si consideramos la heterogeneidad de las referencias que el PCCH tuvo sobre fascismo italiano y, en menor medida, el alemán.

En virtud de lo anterior, y de las prioridades estratégicas abogadas por el PCCH durante estos años[17], los comunistas no desplegaron durante este periodo una actividad que haya calificado como antifascista. Sin embargo, este partido tenía referencias sobre la forma en que sus camaradas italianos y alemanes enfrentaban a sus adversarios. Una de las alternativas era constituir grupos armados, considerando que el terreno de la violencia era el principal donde operaban los fascistas. Otra opción era la unión de los sectores amenazados por el fascismo y, en general, de las fuerzas democráticas a través de los llamados “Frentes Únicos”. Al respecto, la prensa partidaria destacó los distintos intentos de comunistas italianos por constituir una plataforma común con los socialistas y así hacer frente al fascismo en el terreno electoral y parlamentario. En menor medida, también se pensó en la lucha ideológica, es decir desenmascarar el carácter reaccionario y capitalista del fascismo[18]. Como veremos más adelante, varios de estos elementos fueron retomados en el momento de evaluar qué hacer frente al peligro inminente.

 

2. El fascismo como táctica burguesa (1924-1926)

 

En enero de 1924, un artículo de la prensa comunista advertía que en el mundo se estaba produciendo una fuerte reacción capitalista, en especial, en Italia, España y Alemania. Esto se expresaba, según la misma nota, en el paso a la clandestinidad de varios partidos comunistas, la censura de la prensa obrera, la vigilancia de las reuniones de los sindicatos revolucionarios, etc. En este contexto, el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti en junio del mismo año confirmó, a los ojos del PCCH, el ímpetu salvaje de las hordas fascistas y su intrínseca relación con la burguesía italiana[19].

A los pocos días de conocida la noticia, el PCCH organizó un mitin de protesta[20]. Por otro lado, el asesinato de Matteotti también impactó en la mirada comunista sobre la afinidad entre el fascismo y el capitalismo. Un articulista apodado Jean Valjean reflexionaba que la violencia tenía un rol gravitante en el mantenimiento del régimen de Mussolini y, en general, del fascismo[21]. Esto explicaba su carencia de un programa de acción y principios. Los teóricos del fascismo, en palabras del autor, estaban obligados a “teorizar sobre la violencia privada, los crímenes individuales, las condiciones reales que nacen del avance, cada día más atrevido, de la plutocracia, de la banca, de la gran industria”[22]. Así, sentenció: “el fascismo puede pensar lo que quiera; pero tiene que hacer lo que ellos –la industria, la banca, la plutocracia– le imponen”[23]. Por su parte, otro artículo trataba a los fascistas como el ejército enceguecido del capitalismo y que, consiguientemente, buscaban perseguir y asesinar a quienes “propagan ideas de emancipación”[24]. Ciertamente, esta mirada profundiza la reflexión que se vislumbró en el periodo anterior. Como veremos más adelante, esta idea se irá complejizando, una vez que las referencias sobre el fascismo también consideraron el problema sindical.

En virtud de esto, cuando en julio se anunció que arribaría una embarcación de la embajada italiana a las costas chilenas[25], inmediatamente se encendieron las alarmas y algunos especularon sobre la propagación del fascismo en Chile, “porque el gobierno ve en él una medida salvadora”[26]. Esto motivó la realización de un par de mitines, uno en la plaza Condell de Iquique, donde participaron importantes dirigentes como Salvador Barra Woll y Braulio León Peña. El carácter antifacista de esta manifestación era claro: “para protestar por los crímenes que el actual gobierno de fuerza había cometido y seguía cometiendo para contener los esfuerzos que el proletariado italiano hacía por la conquista de mayor libertad”[27].

Estas primeras intervenciones antifascistas que realizó el PCCH, por cierto, buscaron pronunciarse respecto al fascismo extranjero. Esto se explica si entendemos que aún la definición del fascismo chileno era amorfa. En ese sentido, ¿cómo enfrentar una amenaza que todaví no logra personificarse con claridad? No obstante, no pasaron muchos meses antes que los comunistas interpretaran ciertos fenómenos nacionales como fascismo.

En septiembre de 1924, los jóvenes oficiales del Ejército manifestaron su descontento en el recinto del Congreso nacional, logrando la rápida aprobación de un proyecto de ley que mejoraba las remuneraciones de las Fuerzas Armadas y el despacho de los proyectos de legislación social que habían sido –hasta entonces– bloqueados por la oposición al gobierno. A la constitución de una Junta Militar tras la renuncia del presidente Arturo Alessandri, le siguió acciones de acercamiento entre el movimiento militar y las organizaciones obreras. Esto, junto a un discurso anti-oligárquico y de tinte reformista, provocó, según Sergio Grez, esperanzas en varios sectores de los trabajadores. Para el PCCH, no obstante, el movimiento militar generaba desconfianza y, tras emplazar a los militares a cumplir sus promesas, este partido optó por mantenerse expectante al desarrollo de esta coyuntura[28].

Una de las alternativas que los comunistas vieron en el movimiento militar fue la de su derivación hacia el fascismo, semejante a lo sucedido en Italia. Manuel Montenegro expresó, en un artículo del diario Justicia, que el hecho que los militares presionen al Poder Legislativo podía llevar a que “más tarde anularán el Parlamento y lo sustituirán por un Espadón que suba las gradas de la Moneda haciendo sonar sus espolines”[29]. Así, el autor proponía entender la dictadura militar como otro tipo más de fascismo. Por su parte, Luis Víctor Cruz señaló, en una manifestación en el teatro O’Higgins de Santiago que, si ello ocurría, la clase trabajadora debía prepararse para la revolución[30]. Pese a que el PCCH no insistió en esta conceptualización, resulta relevante destacar este episodio por los paralelismos que tiene con el fascismo y el antifascismo europeo.

A principios de 1925, José Santos Córdova advirtió de la organización de un movimiento contrarrevolucionario de conservadores ligados a la Iglesia Católica, que “lleva envuelto en sí un claro propósito de reacción, el advenimiento del fascismo, acaso”[31]. La articulación de la reacción contra los avances y conquistas del movimiento obrero en Chile fue percibida, primero, desde su carácter represivo, asociándola a un partido específico –el conservador– y a los intereses de la Iglesia. La relación entre el fascismo, el conservadurismo y la Iglesia, tal como lo vimos antes, fue una percepción de los comunistas que encontró eco al mirar cómo se estaba constituyendo el régimen fascista en Italia. Al respecto, un artículo afirmaba que el fascismo “apoya todo lo viejo, todo lo rancio, para sostener el régimen de la clase privilegiada y prolongar el calvario del proletariado”[32]. Por su parte, en Justicia, se señaló la equivalencia de los intereses entre los fascistas y la iglesia católica en cuanto a “la implantación de sus dogmas y supremacías”[33].

Al poco tiempo, el PCCH interpretó el pacto político entre conservadores y radicales en apoyo al gobierno de Alessandri como la formación del fascio, sirviente del capitalismo y defensor de las instituciones burguesas[34]. Esta idea sobre la afinidad entre el fascismo, el capitalismo y el gobierno encontró, a fines de 1926, una mayor sistematización, gracias a la publicación de las reflexiones teóricas sobre el fascismo en el comunismo internacional.

Hasta aquí, las percepciones sobre el fascismo, si bien mantienen elementos comunes, tienden a estar desarticuladas. Este nivel de dispersión, como lo señalamos antes, explica que el PCCH no haya desarrollado una política declaradamente antifascista y que, incluso, las reacciones frente a la posibilidad del fascismo en Chile hayan sido divergentes. Para quienes pensaban que éste se estaba organizando muy embrionariamente, sostuvieron que no debía ser motivo de preocupación para el Partido Comunista. Otros, en cambio, llamaron a la formación de guardias rojas.

Este panorama, como adelantamos, cambió notablemente a partir de diciembre de 1926. En ese momento, se publicó en la prensa partidaria un artículo del comunista francés Henri Barbusse y la conocida Carta Abierta del Secretariado Sudamericano (SSA) del Komintern, enviada para influir en el desarrollo del próximo congreso nacional del PCCH a realizarse a fines de año[35]. El fascismo, según estos documentos, provenía del capitalismo. Se trataba de una dictadura de la burguesía, un medio para mantener y consolidar su posición de clase, cuando la democracia ya no podía garantizarlo. Sin embargo, tenía una particularidad: buscaba apoyarse en las masas a través de una política demagógica.

Esta tesis permitió al PCCH entender una serie de estrategias de la burguesía como “métodos fascistas”, las cuales estaban dirigidas a sofocar la lucha obrera; a saber: la represión, la demagogia y el sindicalismo legal. Sin embargo, el uso de estas estrategias no era razón suficiente para conceptualizar el gobierno de Alessandri como fascista. En ese sentido, aun no es posible advertir una personificación del fascismo chileno, sino que a lo más se percibe un modus operandi fascista.

 

a. Demagogia y sindicalismo legal

 

Durante la década de 1920, el PCCH mantuvo posiciones que oscilaron entre la aceptación y el rechazo a la legislación social, a propósito de sus compromisos con las reivindicaciones de los trabajadores y su desconfianza hacia la clase dominante[36]. En este contexto, tal como señaló Sergio Grez, los comunistas decidieron aprovechar esta legislación sin renunciar a sus objetivos revolucionarios. Esta posición fue concomitante con el interés que manifestaron de participar en espacios institucionales y su negativa, por otro lado, a contribuir en la elaboración y la promulgación de leyes sociales desde su bancada parlamentaria[37].

Es necesario señalar que la legilación laboral, aprobada en 1924 y codificada en 1931, impactó significativamente entre los trabajadores. Según Jorge Rojas, la progresiva proliferación de los “sindicatos legales” respondió a las expectativas generadas por los mecanismos legales e institucionales en torno a la posibilidad de mejorar las condiciones laborales[38].

Si bien la legislación social fue presentada por la clase dominante como la gran solución a la crisis social, desde la perspectiva del antifascismo comunista, esta política resultaba demagógica.

La política sindical impulsada por Mussolini, informaba Justicia, consistió en generar un acuerdo entre los sindicatos fascistas y patronales, definiéndolos como los únicos organismos representantes de obreros y patrones respectivamente[39]. Este nuevo sindicato, según declaraciones del Duce, era anti revolucionario, pues estaban supeditadas al Partido Fascista y al ministro de Corporaciones[40]. A juicio del PCCH, este afán por controlar los sindicatos para apaciguar su combatividad hacía que la legislación laboral chilena fuese equivalente a la italiana: no había libertad de discusión en las asambleas sindicales (dado que todo era controlado por los patrones), las condiciones de trabajo habían empeorado, no había derecho a huelga y era permanente la amenaza del despido[41]. De ahí que a los sindicatos que reconocían la legislación laboral[42], fuesen llamados “sindicatos fascistas” por los comunistas.

A fines de 1926, a la idea de la funcionalidad del sindicalismo legal a los intereses de los industriales y el gobierno, se agregó un nuevo elemento. Una vez que el PCCH advirtió del advenimiento de una dictadura fascista, la del ese entonces ministro coronel Carlos Ibáñez, se denunció que los sectores reformistas utilizaban la misma demagogia que los fascistas y que hacían oídos sordos frente a lo inminente[43]. Esta idea, como veremos más adelante, será desarrollada en correspondencia a la tesis social-fascista, aprobada por X Pleno del Comité Ejecutivo del Komintern (1929).

 

b. Represión

 

Las referencias sobre el uso de la violencia contra la oposición, en particular contra los comunistas y los trabajadores en Chile, Italia y Alemania, es significativa. Definitivamente, es uno de los tópicos que se aborda con más frecuencia en la prensa partidaria, lo que no deja de ser casual. La represión y la violencia política fueron las primeras referencias que el PCCH tuvo del fascismo europeo.

Según Hugo Frühling, desde 1925, la legislación chilena fue otorgando a los militares una creciente participación en la mantención del orden público frente a la posibilidad de subversión interna[44]. Asimismo, señala el autor, los gobiernos tendían a recurrir a instrumentos legales de carácter extraordinario frente a conflictos políticos y sociales, como una forma de frenar la influencia de la izquierda chilena. Siguiendo esta línea, Elizabeth Lira y Brian Loveman sostienen que, durante gran parte del siglo XX, se creó y aplicó sistemáticamente una legislación destinada a reprimir a organizaciones populares y partidos de izquierda, bajo el entendido que sus demandas por cambios radicales constituían amenazas a la gobernabilidad y la estabilidad política[45]. Frente a esto, el PCCH denunció sistemáticamente que los comunistas estaban siendo perseguidos y que en Chile se estaba articulando la reacción contra las fuerzas revolucionarias.

Para el PCCH, el asesinato de Matteotti por las hordas fascistas fue, en este marco, un hecho ejemplar de la persecución a la oposición. La absolución de los asesinos del diputado socialista por los tribunales italianos confirmó la complicidad del gobierno con estos atentados. A partir de ese momento, las publicaciones sobre los crímenes del fascismo italiano tuvieron mayor regularidad. En particular, una vez publicada la tesis del SSA sobre de la inminencia de la reacción[46], este tipo de informaciones aumentó sustancialmente. Estos documentos dieron cuenta de la persecución contra opositores, para lo cual también se recurrió al montaje (a propósito del atentado contra Mussolini), el encarcelamiento arbitrario y asesinato de cientos de trabajadores organizados, además de la censura de la prensa. Siguiendo esta línea, se llegó a sostener que Italia era el país donde las libertades estaban coartadas y la justicia era un mito[47].

Estos fueron los elementos que permitieron a los comunistas chilenos caracterizar su lucha frente a la inminente “dictadura militar fascista” del coronel Ibáñez. El Comité Ejecutivo del PCCH declaró que “si en las actuales circunstancias y con el ejercicio del Parlamento se puede relajadamente gozar de algunas libertades públicas, derechos de organización y expresar sus ideas, derechos indispensables para la clase trabajadora, con el establecimiento de la dictadura militar fascista todos los derechos enumerados serían coartados brutalmente”[48]. De ahí que el PCCH privilegiaría la defensa de las libertades civiles, además de sus conquistas producto de las luchas de antaño[49].

3. El fascismo como régimen político (1927-1934)

Desde 1927, el fascismo fue percibido por el PCCH como régimen político. La dictadura de Ibáñez fue considerada como un gobierno fascista por el Komintern y su sección chilena, estableciéndola como modelo para comprender el fenómeno del fascismo en Chile. Bajo esta referencia, la prensa comunista juzgó los gobiernos de Juan Esteban Montero, la República Socialista y la dictadura de Carlos Dávila, definiendo las características específicas de la dictadura fascista, además de su relación con los militares y el golpismo fomentado por el llamado Frente Único Civil Fascista (FUCF). No obstante, el retiro de los militares del gobierno y la elección de Alessandri en 1932 inauguró una segunda fase de la lectura antifascista, la progresiva fascistización del Estado.

 

a. Dictadura militar fascista y golpismo, 1927-1932

 

La dictadura de Ibáñez coincidió con el momento en que los contactos entre el Komintern y su sección chilena fueron más estrechos, a diferencia de la intermitencia del periodo anterior. Según Olga Ulianova, las condiciones de adversidad que generó el paso a la clandestinidad, facilitó finalmente la bolchevización del PCCH. Este hecho explica la continuidad entre el diagnóstico del Komintern para los años 1927-1931 sobre la situación chilena, y las percepciones de los comunistas chilenos sobre el fascismo para los años siguientes.

De acuerdo al Komintern, en una carta enviada al PCCH en marzo de 1927, la dictadura militar fascista de Ibáñez instauró un régimen de terror y fue producto de un golpe de Estado de los salitreros[50]. Esta tesis se apoyó en la idea que ésta fue la forma en que la burguesía del salitre estaba afrontando la crisis, procurando estabilizar la economía a costa de las libertades políticas y de la organización de la clase trabajadora. En ese sentido, otra carta enviada en agosto de 1929 al partido señaló que el aparato estatal se fue adaptando a la penetración imperialista[51]. Los métodos utilizados por la dictadura para lograr estos fines fueron, además de la persecución sistemática y el espionaje, la sindicalización legal forzosa, la creación del Instituto de Cooperación Obrera y la cooptación de dirigentes obreros[52]. Básicamente, a propósito de lo que señalamos antes, el Komintern dio cuenta a su sección chilena del perfeccionamiento de los llamados métodos fascistas. Para el PCCH, estos fueron una parte importante de los referentes para señalar la continuidad del fascismo en Chile.

En la prensa comunista posterior a la caída de la dictadura ibañista (julio de 1931), los comunistas identificaron que había una continuidad entre los gobiernos de Montero y Dávila, además de la República Socialista, con la dictadura de Ibáñez. Como adelantamos, una parte consistió en los métodos fascistas. Al respecto, los comunistas denunciaron la demagogia para conquistar a las masas, además del carácter fascista del Código del Trabajo y la legislación represiva (Leyes de Seguridad del Estado, Estado de Sitio y la Ley Marcial). Por otro lado, se referían a la relación entre la burguesía y la oficialidad militar.

La insurrección de la Marinería y la ola de huelgas que le sucedió, según el PCCH a fines de 1931, generaron alarma. Frente a la radicalización de las masas, las clases dominantes y los altos mandos del Ejército (generales ibañistas) buscaron imponer una dictadura[53]. Desde su perspectiva, el fascismo nuevamente se estaba organizando a partir de esta complicidad, la cual fue inaugurada con Ibáñez y ahora renovada bajo un gobierno que se decía “civilista”. Si bien el FCUF denunciaba el peligro de un golpe militar, según Bandera Roja, lo que menos le interesaba era defender la Constitución. Para salvaguardar el sistema capitalista, a la burguesía le era imprescindible el militarismo[54]. En ese sentido, su complicidad con la oficialidad militar se percibió como el eje medular de una dictadura fascista, cuya particularidad era la desconfianza hacia marineros y carabineros. Esto justificaba, desde su perspectiva, que el gobierno creara huestes civiles o llamara a la intervención del Ejército. Bajo estos referentes, los comunistas acusaron a Montero y a Dávila de querer instaurar el fascio, porque creaban las condiciones para que se diera un golpe militar. De esta manera, la República Socialista también fue considerada como una dictadura fascista.

 

b. Hacia la “fascistización” del Estado, 1933-1934

 

El segundo gobierno de Alessandri no lo persiguió el fantasma del militarismo en su fase golpista, sino la acción represiva. En noviembre de 1932, el periódico Bandera Roja denunció que “los criminales que ejecutaron esas espantosas masacres de Coruña, San Gregorio, Vallenar y Copiapó, están impunes y los que no gozan de pensión de retiro desempeñan puestos de confianza en el gobierno alessandrista. Ya esos crímenes debe agregarse los cometidos en la Alameda el 25 y en Osorno el 27, donde han caído atravesados por balas de carabineros numerosos hombres, mujeres y niños”[55].

A esta política de represión le siguió, denunciaba la prensa partidaria, un refinamiento de los mecanismos coercitivos, como forma de paliar la agudización de la lucha de clases. En este marco, el PCCH consideró que las Milicias Republicanas, si bien todavía ilegales, jugaba un rol crucial para el gobierno en su propósito de frenar los avances del movimiento obrero[56]. La crítica sistemática a estas organizaciones se realizó una vez que éstas se consolidaron legalmente en mayo de 1933. Antes de esa fecha, sólo se denunció su organización. Según el periódico El Comunista, el surgimiento de las milicias civiles, entendiéndolas como “guardias blancas”, también apuntaban a sofocar una posible subversión de soldados y carabineros[57].

Frente a la radicalización de las masas y la ampliación estratégica del PCCH hacia la adhesión de marineros, soldados y carabineros tras la sublevación de la Marinería, las milicias republicanas cumplieron una labor netamente contrarrevolucionaria: atacaron organizaciones obreras, disolvieron huelgas y guardias rojas, entre otras acciones. A esto se sumaban las denuncias de persecuciones y flagelaciones. Para los comunistas, éste era el primer paso hacia la implantación del fascismo en Chile, lo que encontró su correlato en las referencías que tenían de la Alemania de Adolf Hitler.

Las percepciones de la Alemania nazi se enfocaron en la represión sistemática que se ejerció contra el avance revolucionario, además de las tareas del Partido Comunista alemán en su lucha contra el régimen. En marzo de 1933, El Comunista informaba que el régimen nazi buscó salvar del caos a la clase capitalista imponiendo el peso de la crisis económica sobre los obreros a través del terror. Para ello, Hitler organizó “hordas de asesinos”, tropas creadas para “asesinar en masa a obreros descontentos con su pésima situación”[58]. A esto se sumaba la realización de montajes, como el incendio del Reichstag, para justificar la persecución de comunistas y obreros alemanes[59]. La prensa, asimismo, enfatizó tanto la masividad de los asesinatos de trabajadores, que llegó a plantear que la guerra que preparaba el régimen apuntaba a ese objetivo[60]. No obstante, todo era encubierto por una política demagógica. Frente a esto, el PC alemán debía desenmascarar a Hitler y constituir un Frente Proletario Antifascista. Esta estrategia seguía los lineamientos del Komintern, y ese fue el énfasis que dio la prensa comunista chilena a las informaciones que difundía.

Desde fines de 1932, los comunistas percibieron elementos de continuidad que se remontaban al primer gobierno de Alessandri. Además de las Milicias Republicanas y el uso de Facultades Extraordinarias, la demagogia, el Código Laboral y la legislación social fueron los principales elementos que articularon la interpretación antifascista que el PCCH tuvo durante este período.

Pese a múltiples similitudes identificadas por los comunistas, ¿por qué aún no consideraban el gobierno de Alessandri como un régimen fascista? Porque Alessandri no basó su régimen en la oficialidad militar. Esta carencia distanció significativamente a Alessandri de Hitler, Ibáñez y Mussolini. De ahí que, para el PCCH, la inminencia del régimen fascista radicó en la reanudación de la complicidad entre los imperialistas y los militares ibañistas. Por esta razón, este partido llegó a sostener –en junio de 1933– que el fascismo como régimen estatal se estaba instalando y, consiguientemente, llamó a la constitución de un Frente Antifascista[61].

 

4. Los cómplices de la vía fascista

 

Desde la instauración de la dictadura de Ibáñez hasta la inflexión de la política sectaria de “clase contra clase” a mediados de 1933, hubo una diversificación de quienes fueron considerados por el PCCH como cómplices de la burguesía y de su vía fascista. Esta diversificación desplazó el eje de las críticas desde los partidos “traidores” que apoyaron a Ibáñez en 1926 a la disidencia comunista y, en general, a los demás sectores de la izquierda chilena.

A fines de octubre de 1926, Carlos Contreras Labarca declaró ante la Cámara de Diputados que, además de la derecha, la Unión Social Republicana de Asalariados de Chile y el Partido Demócrata eran cómplices del –entonces– ministro Ibáñez en su disputa con el Congreso, siendo este conflicto un pretexto para asentar una dictadura fascista[62].

A partir de 1931 esta percepción cambió radicalmente, una vez que la fracción que obtuvo la dirección del Partido Comunista adscribió a la teoría social-fascista. Según Fernando Claudín, esta teoría adoptó la perfecta asimilación entre fascismo y socialdemocracia. Esta tesis enfatizó la equivalencia de los fines entre ambos sectores políticos, si bien se diferenciaban en consignas y métodos. El ala izquierda del social-fascismo, según esta tesis, tenía la misión de manipular las consignas de los sectores revolucionarios y por otro lado, su desarrollo inevitablemente la llevaría al “fascismo puro”. Por esta razón, este sector sería considerado más peligroso que la derecha.

En virtud de lo anterior, la fracción oficial desarrolló campañas que buscaron desenmascarar el supuesto carácter social-fascista de los disidentes comunistas, anarquistas y socialistas. De esta manera, Manuel Hidalgo, uno de los principales dirigentes de la fracción comunista disidente, fue acusado de reformista y haberse adaptado a la política de la dictadura de Ibáñez, además de haber preferido sus vínculos con Alessandri, Montero y los elementos “contrarrevolucionarios” (trotskistas, anarquistas y demócratas ibañistas). A los demás disidentes se les acusó de colaborar con el imperialismo y el grovismo, al desarrollar un trabajo sindical inscrito en el marco legal. A varios se les acusó –sin evidencias– de haber entregado información durante la dictadura. Después que este grupo fundó la Izquierda Comunista en marzo de 1933, el PCCH declaró que su trotskismo era la ideología contrarrevolucionaria que buscaba aplastar, junto a la burguesía, a los “verdaderos luchadores por las reivindicaciones obreras”[63].

Como es posible apreciar, el argumento del PCCH oficial se basó en la premisa del carácter contrarrevolucionario de todo sector no-comunista y, consiguientemente, denunció sus supuestas motivaciones en querer engañar a las clases trabajadoras a través de un discurso de tinte reformista o revolucionario. Para los comunistas, el mejoramiento de las condiciones inmediatas de los obreros por medio de la legislación social encubría un fin perverso: el retroceso del movimiento revolucionario. En definitiva, esto justificaba su actitud hacia los demás sectores de la izquierda chilena.

A nuestro parecer, esta actitud hacia otras formas de trabajo sindical es necesario entenderla en el marco de la disputa por la hegemonía del movimiento obrero. En ese sentido, para el PCCH fue conveniente plantear una posible colaboración entre estas organizaciones y la burguesía, bajo el entendido que no se admitían términos medios. En consecuencia, estas acusaciones estuvieron respaldadas por hechos y apreciaciones que respondían a su forma particular de entender el fascismo en Chile, a saber: a colaborar con la represión, o realizar un trabajo sindical bajo el marco legal, o manifestar algún vínculo –como los grovistas– con la oficialidad militar. A partir de esto, el PCCH declaró que su principal enemigo era el grovismo, dada su relación con la República Socialista y el coronel Marmaduke Grove.

Estas percepciones se correspondieron a la tesis planteada por el Komintern. Como señalamos, la asimilación de la social democracia al social-fascismo ratificó finalmente el carácter sectario de las políticas de “clase contra clase”. De esta manera, la estrategia del “Frente Único por abajo” excluyó el pacto político con la social-democracia y otros partidos reformistas. Así, el PCCH desarrolló compañas de desprestigio que apuntaban a desenmascarar la complicidad de estos sectores con el fascismo.

En este marco, la lucha de los comunistas alemanes frente al régimen nazi llamó la atención del PC chileno. A fines de 1932, Bandera Roja informaba, de forma optimista, que el PC alemán se estaba fortaleciendo y que, consiguientemente, las masas se estaban alejando del nazismo[64]. El triunfo de los alemanes, el cual se atribuyó al cumplimiento de la línea política del Komintern, demostraba que los comunistas no requerían establecer pactos con los dirigentes social demócratas, y que, por otro lado, la estrategia planteada por el trotskismo estaba equivocada. Por su parte, en agosto de 1933, El Comunista recalcó nuevamente que el PC alemán no necesitaba pactar con los social-demócratas, quienes eran –además– considerados traidores por haber apoyado a Hitler en su ascenso al poder[65]. Siguiendo con esta línea, y ratificando la radicalidad de la tesis del “Frente Único por abajo”, se publicaron las resoluciones del XIII Comité Ejecutivo de Komintern, tituladas “O la toma del poder por el proletariado o la implantación del fascismo para salvar en parte el capitalismo”[66].

En este contexto, resulta notable que una de las iniciativas antifascistas más relevantes (y de la que se tiene mayor registro), desde la caída de la dictadura de Ibáñez, fue la constitución del santiaguino Frente Antifascista (FAF) en junio de 1933, cuyo comité estuvo formado por la Izquierda Comunista, la anarquista Confederación General de Trabajadores (CGT), el PCCH y su sección juvenil, entre otras organizaciones. En su Conferencia Nacional del mes siguiente, los comunistas justificaron su participación ante los emisarios del BSA presentes, resolviendo que entendían que dicha plataforma podían utilizarla para disputar la base social de las demás organizaciones del FAF[67].

En uno de sus primeros manifiestos, el FAF declaraba que su constitución obedecía a la “defensa de las organizaciones, de los salarios y de las mejores condiciones de vida de clases trabajadoras”[68]. Si bien reconocía que aún no se organizaba el fascismo en Chile, justificaba su constitución argumentando que el Estado burgués se estaba transformando en una máquina reaccionaria frente a las conquistas del movimiento obrero. En función de esto, se habían formado “guardias republicanas” en tanto guardias de asalto. Por esta razón, era necesaria la unidad sin importar las diferencias ideológicas. El programa que defendía el FAF era la disolución de las Milicias Republicanas, la derogación de la legislación represiva y la ampliación de las libertades. Asimismo, las reivindicaciones por la jornada de seis horas y el aumento de las remuneraciones, la prohibición de lanzamientos de arrendatarios, la derogación de los impuestos a los artículos de primera necesidad, etc. La incorporación de estos tipos de reivindicaciones nos expresa que la actividad antifascista proyectaba, en general, demandas que derivaban de la relación represión-capitalismo-fascismo y, por tanto, de la particular forma de enteder –desde el comunismo– el fenómeno fascista en Chile. Consiguientemente, cuando la CGT decidió marginarse del FAF, el PCCH acusó a los anarcosindicalistas de abandonar a los obreros a las garras del fascismo, lo que demostraba que eran cómplices de la burguesía[69].

Si bien el PCCH justificó su participación apelando a las políticas de “clase contra clase”, como lo ha señalado Rolando Álvarez, las iniciativas unitarias desarrolladas por el PCCH y su plataforma sindical, la Federación Obrera de Chile, fueron parte del proceso de reunificación del movimiento sindical que finalmente culminó con la fundación de la Confederación de Trabajadores de Chile en 1936. En ese sentido, la retórica beligerante de “clase contra clase” constituyó una estrategia de diferenciación del comunismo respecto a los demás sectores de la izquierda chilena, en el marco de la disputa por la hegemonía del movimiento sindical y la amenaza que significó la represión contra la subsistencia del partido. Esto demuestra que, si bien el PCCH suscribió formalmente a la línea política komintereana, su implementación respondió, como lo sostiene Álvarez, al sentido común de una militancia que transitaba por una experiencia de represión y a la necesidad del PCCH en rearticular su tejido social.

En este marco, el FAF podía coexistir con el discurso sectario, incluso cuando las referencias sobre la lucha antifascista alemana eran de ese tenor. De esta manera, la política antifascista desarrollada por los comunistas no fue una emulación. Se trató de una política que, a partir de una categorización propia sobre lo fascista, agrupó el repertorio estratégico que el PCCH articuló durante estos años: la defensa de la democracia y las libertades civiles, además de programa de reivindicaciones inmediatas del movimiento sindical.

 

Conclusiones

 

Los hechos de violencia cometidos por los fascistas en Italia y en Alemania no dejaron indiferentes a los comunistas chilenos. A los pocos meses de su fundación, el Partido Comunista se abocó a difundir informaciones sobre quienes estaban figurando como un nuevo enemigo del movimiento comunista internacional y, en general, de los movimientos por la emancipación social. Así, una vez que Benito Mussolini llegó al gobierno italiano, la prensa partidaria puso especial atención para identificar las características de un régimen fascista. De esta manera, el PCCH fue agrupando referencias que le permitió definir qué era el fascismo, cuál era la política de los fascistas y cómo había que desarrollar la lucha antifascista. En este marco, el informe sobre la experiencia italiana, redactado por los komintereanos José Penelón y Juan Greco jugó un rol relevante para conceptualizar estas referencias a partir de la relación entre el fascismo y el capitalismo. Así, surgió la posibilidad de reproducción de la experiencia italiana en otros lugares del mundo. Esto, ciertamente, significó un dilema para el PCCH y de ahí su necesidad de evaluar si el fascismo se estaba organizando en Chile o si llegaría desde el extranjero.

En la medida que se fue desplegando el régimen de Mussolini, los comunistas advirtieron que no había tantas diferencias con los gobiernos chilenos. La legislación del mundo del trabajo y la represión sistemática, siendo las principales preocupaciones del PCCH a la hora de evaluar su influencia en el movimiento sindical, fueron conceptualizadas como un modus operandi fascista. Posteriormente, se consideraron otros elementos como la relación mantenida con los militares o la creación de tropas paramilitares. En esta reflexión, como lo señalamos, contribuyó significativamente las tesis del Komintern, en la medida que profundizó la reflexión teórica sobre la relación entre el fascismo, el capitalismo, los gobiernos burgueses y la social-democracia. De esta manera, no era necesario que ciertas organizaciones se reivindicaran como fascistas, para que en Chile hubiera fascismo.

Estas percepciones sobre el fascismo europeo, por cierto, encontraron en el PCCH un terreno fértil en la medida que este partido se enfrentaba a la impronta represiva que caracterizó a los gobiernos de turno. Como se sabe, desde 1925, en Chile se empezó a crear e implementar una legislación destinada a reprimir a las organizaciones populares y a sofocar la influencia de la izquierda en el mundo del trabajo. De ahí que las referencias sobre los fascistas europeos y las tesis del Komintern hayan sido tan relevantes para la lectura de la realidad chilena en clave antifascista.

Como es posible apreciar, la política antifascista transitó por los cambios que experimentó la reflexión sobre el fascismo y, en particular, sobre el caso chileno. Desde la oposición a los regímenes fascistas del mundo, el eje se desplazó hacia la lucha por la democracia, las libertades públicas y las reivindicaciones históricas del movimiento sindical, en suma, al programa estratégico del PCCH. Este desplazamiento, por supuesto, también se inscribió en las tensiones generadas entre la adscripción a una línea política sectaria y la necesidad del PCCH en rearticular su tejido social a partir de sus tradicionales prácticas políticas. De esta manera, la política antifascista constituye un ejemplo de la intersección entre lo local y lo internacional en el comunismo. Así, una política construida a partir de la experiencia internacional e impulsaba bajo las directrices del Komintern, adquirió en Chile un contenido y una significación marcada por la impronta local.

El antifascismo comunista lograría constituirse como un elemento identitario importante en la cultura política del PCCH durante su fase más sectaria, para establecer sus diferencias respecto a los demás sectores de la izquierda chilena. No obstante, como es posible proyectar, en el marco del viraje hacia la política frente-populista y hacia el “sindicalismo legal” en lo partidista y sindical respectivamente, el antifascismo se posicionará como un espacio común de convergencia política, cuya culminación será –finalmente– la constitución del Frente Popular en 1936.

 

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Recibido: 08/05/2017

Evaluado: 27/07/2017

Versión Final: 24/08/2017

 



[1] Damián Lo, “Entre el fascismo y la guerra: elementos para una historia política de la colonia italiana de Iquique, 1927-1943” (inédito). Mis agradecimientos al autor por facilitarme el manuscrito.

[2] Hernán Venegas, “El Partido Comunista de Chile y sus políticas aliancistas: del Frente Popular a la Unión Nacional Antifascita, 1935-1943”, Revista de Historia Social y de las Mentalidades, Vol. XIV, Nº 1, Santiago, 2010, p. 92; Boris Yopo, “Las relaciones internacionales del Partido Comunista”, en Augusto Varas (comp.), El Partido Comunista en Chile. Estudio multidisciplinario, Santiago, CESOC-FLACSO, 1988, p. 378; Andrew Barnard, “The Chilean Communist Party, 1922-1947”, Tesis doctoral, Universidad de Londres, 1977, pp. 172-174.

[3] Andrés Bisso, “El antifascismo latinoamericano: uso locales y continentales de un discurso europeo”, Corea. Revista de Estudios de América Latina, Nº 3, 2000, pp. 91-116.

[4] Bruno Groppo, “El antifascismo en la cultura política comunista” en Elvira Concheiro, Massimo Modonesi y Horacio Crespo (coordinadores), El comunismo: otras miradas desde América Latina, México, UNAM, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, 2007, p. 94.

[5] De ahí que el marco temporal de este artículo se sitúe fuera del “periodo del antifascismo”, a propósito del estado de la cuestión que hemos esbozado.

[6] François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, España, FCE, 1995, caps. 7 y 8.

[7] Joaquín Fernández, “En lucha contra el ‘pulmón de la conspiración fascista en América Latina’. Los comunistas chilenos ante el proceso político argentino y el Gobierno de la Revolución de Junio (1943-1946)”, Historia, Vol. XI, Nº 48, Santiago, 2015, pp. 435-463. Del mismo autor, “Orígenes de un desencuentro: el Partido Comunista de Chile ante el Movimiento Nacionalista Revolucionario y la dictadura de Villarroel en Bolivia (1943-1946)”, Revista de Historia Social y de las Mentalidades, Vol. XIX, Nº 19, Santiago, 2015, pp. 9-39.

[8] Ulianova, Olga y Alfredo Riquelme (editores). Chile en los archivos soviéticos, 1922-1991. Tomo I: Komintern y Chile, 1922-1931, Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005.

[9] El proceso de bolchevización, iniciado en 1926, significó la división del PCCH en dos fracciones. Desde 1931, aparecieron a la luz pública, después de años en la clandestinidad producto de la dictadura de Carlos Ibáñez, dos “Partidos Comunistas de Chile (sección chilena de la Internacional Comunista)”: una fracción oficial, apoyada por el Komintern y su secretariado o buró para América Latina; y otra disidente que, en 1933, terminaría por adscribir al movimiento de oposición internacional de izquierda y reafirmar sus posiciones trotskistas. Véase: Olga Ulianova, “El PC chileno durante la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931): la primera clandestinidad y bolchevización estaliniana”, Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº111, Santiago, 2002, pp. 385-436; Sergio Grez, “Un episodio de las políticas del “Tercer Periodo” de la Internacional Comunista: elecciones presidenciales en Chile, 1931”, Historia, Vol. II, Nº48, Santiago, 2015, pp.465-503; Ximena Urtubia, Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924-1933, Santiago, Ariadna Ediciones, 2016.

[10] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 25/05/1922.

[11] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 22/06/1922.

[12] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 01/071922.

[13] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 14/10/1922.

[14] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 20/11/1923.

[15] El Comunista, Antofagasta, 04/05/1923.

[16] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 26/12/1922.

[17] Véase: Sergio Grez, Historia del comunismo en Chile. La era de Recabarren. 1912-1924, Santiago, Lom Ediciones, 2011.

[18] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 4/09/1923.

[19] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 19/06/1924.

[20] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 29/06/1924.

[21] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 21/06/1924.

[22] Ibídem.

[23] Ibídem.

[24] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 11/07/1924.

[25] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 07/07/1924.

[26] Ibídem.

[27] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 13/07/1924.

[28] Para un análisis más detallado de las posiciones del PCCH respecto al movimiento militar, véase: Sergio Grez, Op. Cit., cap. 16.

[29] Justicia, Santiago, 07/09/1924.

[30] Citado en Sergio Grez, Op. Cit., p. 306.

[31] El Comunista, Antofagasta, 13/02/1925.

[32] El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 17/02/1924.

[33] Justicia, Santiago, 26/02/1926.

[34] El Comunista, Antofagasta, 20/03/1925.

[35] Justicia, Santiago, 14/09/1926 y 29-30/11/1926.

[36] Sergio Grez, “El escarpado camino hacia la legislación social: debates, contradicciones y encrucijadas en el movimiento obrero y popular (Chile: 1901-1924)”, Cuadernos de Historia, Nº 21, 2001, p. 47.

[37] Grez, Historia del comunismo…, Op. Cit., p. 273; Urtubia, Op. Cit., pp. 100-101; Rolando Álvarez, “La matanza de la Coruña”, Contribuciones Científicas y Tecnológicas, Vol. XXV, Nº 116, 1997, p. 84.

[38] Jorge Rojas, La dictadura de Ibáñez y los sindicatos (1927-1931), Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1993, pp. 85-102.

[39] Justicia, Santiago, 29/09/1925.

[40] Justicia, Santiago, 02/01/1926.

[41] El Comunista, Antofagasta, 31/10/1926; Justicia, Santiago, 07/10/1926.

[42] En particular, las leyes que establecían los requerimientos para la constitución y funcionamientos de sindicatos, además de las instancias gubernamentales para la resolución de conflictos laborales.

[43] Justicia, Santiago, 07/12/1926 y 03/11/1926.

[44] Hugo Frühling, “Fuerzas Armadas, orden interno y Derechos Humanos”, en Hugo Frühling, Carlos Portales y Augusto Varas (eds.), Estado y fuerzas armadas, Chile, Stichting Rechthulp Chili, FLACSO, 1982, p. 36.

[45] Elizabeth Lira y Brian Loveman, Poder judicial y conflictos sociales (Chile: 1925-1958), Santiago, Lom Ediciones, 2014.

[46] Justicia, Santiago, 20-21/01/1926.

[47] El Comunista, Antofagasta, 21/08/1926.

[48] Justicia, Santiago, 21/11/1926.

[49] Rolando Álvarez, “El Partido Comunista de Chile en la década de 1930: Entre “clase contra clase” y el Frente Popular”, Pacarina del Sur, Nº 31, Año VIII, 2017.

[50] “Carta del Secretariado Sudamericano de Komintern al PC chileno, 19.03.1927”, en Ulianova y Riquelme (eds.), Op. Cit., p. 265.

[51] “Carta del Secretariado Sudamericano de Komintern al Comité de Santiago del PCCH y a todos los miembros del partido”, ídem, p. 406.

[52] “Proyecto de la carta del Comité Ejecutivo de la IC al Comité Central del PC chileno, preparado por J. Humbert-Droz, 27.04.1928”, ídem, p. 322.

[53] Bandera Roja, Santiago, 16/12/1931.

[54] Bandera Roja, Santiago, 20/08/1931.

[55] Bandera Roja, Santiago, 26/11/1932.

[56] Sobre las milicias republicanas, véase: Verónica Valdivia, La milicia republicana. Los civiles en armas. 1932-1936, Valparaíso, Editorial América en Movimiento, Segunda edición, 2016.

[57] El Comunista, Antofagasta, 02/08/1933.

[58] El Comunista, Antofagasta, 13/03/1933.

[59] El Comunista, Antofagasta, 02/04/1934.

[60] El Comunista, Antofagasta, 28/02/1934.

[61] El Comunista, Antofagasta, 30/08/1933.

[62] El Comunista, Antofagasta, 03/12/1926.

[63] El Comunista, Antofagasta, 17/04/1933 y 10/05/1933.

[64] Bandera Roja, Santiago, 12/11/1933.

[65] El Comunista, Antofagasta, 02/08/1933.

[66] El Comunista, Antofagasta, 30/03/1934 y 2-8/04/1934.

[67] Hacia la formación de un verdadero partido de clase. Resoluciones de la Conferencia Nacional del Partido Comunista realizada en julio de 1933, Santiago, Taller Gráfico Gutenberg, 1933, pp. 36-37.

[68] Archivo Histórico Nacional, Fondo de Intendencia de Santiago, Vol. 838, “¡Pie contra el fascismo!”, proclama adjunta a documento Nº 3063.

[69] Justicia, Iquique, 03/09/1933.

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