Dossier Nº 22

Historia de los jóvenes de América Latina

 
History of the Young people of Latin America

             

La historia de la juventud como grupo de edad y, por tanto, como grupo social, se está convirtiendo en una de las áreas de investigación más dinámicas en la historiografía (entendida como disciplina que estudia la historia) contemporaneísta de Europa Occidental. A pesar de ello, ha tenido un desarrollo desigual en los diferentes países, siendo especialmente importante en el mundo anglosajón y alemán. Sin embargo, ya estamos lejos de la época en que se consideraba que las culturas juveniles habían aparecido, casi súbitamente, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, y que la primera oleada de movilización juvenil se produjo en torno a los diferentes mayos de 1968. En el año en que se conmemora el 50 aniversario de éstos, no está de más destacar que históricamente, la movilización juvenil en general - y estudiantil en concreto- ya habían adquirido un carácter internacional y de masas en los años treinta del siglo XX. Así, como se recoge en el primer artículo que conforma este monográfico, firmado por Sandra Souto Kustrín, en la actualidad se considera que “la edad dorada de la juventud, con sus aspectos positivos y negativos, no comenzó en los años cincuenta, sino (…) en los treinta y primeros cuarenta” y terminó durante la crisis económica de los setenta.[1] En el desarrollo de este interés científico en los jóvenes, como se refleja en ese mismo artículo, ha influido la misma evolución de la historiografía: la juventud ha pasado a ser objeto de estudio historiográfico, en primer lugar, de manos de una historia social que amplió su campo de estudio a diferentes grupos y movimientos sociales y, después, desde las diferentes perspectivas de la historia socio-cultural o de la nueva historia cultural.

En el ámbito latinoamericano (Argentina, Brasil, México, Colombia, …) se ha producido también en los últimos años un importante desarrollo de estudios sobre la juventud. Sin embargo, como se destaca en varios artículos de este dossier (en concreto, los de Carlos Arturo Reina Rodríguez y Laura Monacci), probablemente más centrados en la segunda mitad del siglo XX y en el papel de los jóvenes en los conflictos sociopolíticos que sacudieron el continente en dicho periodo, destacando el movimiento estudiantil.[2] 

Por esta razón, en este número monográfico nos planteamos analizar en primer lugar la historiografía sobre la juventud para después tratar la historia de los jóvenes en diferentes países representativos de los diversos contextos de América, como Argentina, México, Chile o Colombia, y que, más allá de las escalas nacionales, pueden contribuir a reflejar las influencias recíprocas que se dieron entre diversos países y continentes. Estas influencias, junto con las semejanzas encontradas en los estudios de caso de los diversos países, justifican aún más la propuesta de estudiar a los jóvenes en un marco comparativo que se realiza en el primer artículo de este monográfico

Al proyectar teóricamente este dossier, nos planteamos también la necesidad de que las distintas aproximaciones se centraran en diferentes periodos históricos y en diferentes aspectos de la realidad juvenil, para poder exponer diversos aspectos: en primer lugar, el surgimiento de la juventud como grupo social definido; también su evolución a lo largo de lo que llamamos edad contemporánea y, finalmente, su relación con los cambios asociados al desarrollo del capitalismo y de los estados liberales constitucionales. Frente a visiones antropológicas y sociológicas, la historia muestra que la conformación de la juventud como grupo social y, por tanto, como posible actor colectivo, fue un proceso histórico y cultural que se inició en Europa entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX y que se puede dar por completado, obviamente no sin matizaciones, en el primer tercio del siglo XX. Y frente a algunas historias de los jóvenes que hablan de éstos en otras épocas históricas en función de los límites de edad establecidos con la contemporaneidad,[3] hay que decir que muchas de las “marcas” que fijan las fronteras contemporáneas entre niños, jóvenes y adultos y las instituciones que delimitaron y delimitan al sector juvenil no existían o estaban organizadas de forma diferente e incluían a sectores mucho más limitados de población, tanto por edad como por origen social, antes de lo que llamamos modernidad. Esto dificultaba la definición de las características propias de una edad juvenil y, por tanto, la configuración de una identidad propia y la organización y actuación de forma independiente de los jóvenes.

Entre los cambios que favorecieron la conformación de la juventud como grupo social destacan la concentración de la población en las ciudades, la regulación del acceso al mercado laboral y de las condiciones de trabajo de niños y adolescentes, el establecimiento de un periodo de educación obligatoria que se fue ampliando con el paso del tiempo y que se hizo cada vez más importante para el acceso al trabajo y el ascenso social, la formación de ejércitos nacionales a través del servicio militar obligatorio -que se empezó a establecer en toda Europa tras la guerra franco-prusiana (1870-1871)- la regulación del derecho de voto, la creación de sistemas judiciales específicos para los jóvenes delincuentes, o los diversos cambios culturales provocados por la modernización. En cuanto a estos últimos, destaca el desarrollo del ocio comercial que se dirigió principalmente hacia los jóvenes y dio lugar a grandes ansiedades sociales por la supuesta degradación moral de la juventud que provocaban ya desde finales del siglo XIX.[4] Algunos análisis antropológicos sugieren que la existencia de un mercado de consumo juvenil o la internacionalización de las culturas juveniles fueron procesos desarrollados después de la segunda posguerra mundial.[5] Frente a ellos, los estudios historiográficos muestran que las nuevas formas de ocio comercializadas, surgidas desde mediados del siglo XIX, se dirigieron principalmente hacia los jóvenes, y que ya en el periodo de entreguerras se desarrollaron bandas juveniles obreras y culturas juveniles que se extendieron por diferentes países -el ejemplo del jazz sería en este sentido paradigmático, con el movimiento swing en Alemania o los zazous en Francia.[6]

Sin embargo, la definición de la juventud como grupo social tuvo diversos ritmos y cronologías en los distintos países occidentales. Hubo también importantes diferencias entre el mundo rural y el urbano, entre las diferentes clases sociales y entre los géneros y etnias o razas. La juventud surgió en primer lugar como un fenómeno urbano, de clases medias y altas y masculino. Y esto se refleja en los artículos sobre Colombia de Carlos Reina Rodríguez y Luisa Fernanda Cortés.

El artículo de Carlos Reina nos plantea el desarrollo y la ampliación de los grupos juveniles en Colombia desde inicios del siglo XIX hasta finales del siglo XX. Se destaca el rol de los jóvenes ilustrados y de clase alta en la llamada “juventud noble del reino”, que protagonizaría la independencia del dominio español, y el de los jóvenes reclutados para los ejércitos que se enfrentaron en el convulso siglo XIX colombiano. Pero este siglo vería también el surgimiento del “estudiante, que participó activamente en la llamada “Guerra de las Escuelas” (1876) pero que tuvo un ascendiente mucho mayor como factor de movilización social y en el mundo cultural a lo largo del siglo XX, cuando se celebraron los primeros congresos de estudiantes colombianos (1909 y 1910); y surgieron diversos grupos de jóvenes en torno a revistas, coincidiendo con el desarrollo del movimiento estudiantil inspirado en el Cordobazo de 1918 en Argentina y que dio inicio a las actividades de un estudiantado organizado a partir de 1920. El movimiento estudiantil jugaría también un papel importante en la caída de la dictadura de los años 50 y en el movimiento que llevaría a la reforma constitucional de 1986.Las organizaciones juveniles vinculadas a los partidos políticos florecieron en los años treinta y, posteriormente, destacaría el peso de los jóvenes en las guerrillas, surgidas a la vez que se desarrollaban contraculturas juveniles, mientras que los más excluidos socialmente se convertirían en los sicarios de los carteles de la droga y llevarían a una gran preocupación por la juventud.

Luisa Fernanda Cortés Navarro nos acerca a los sectores políticos juveniles organizados en los clubes Escuela Republicana, de carácter liberal, y Sociedad Filotémica, abiertamente conservadora, durante las reformas políticas de mediados del siglo XIX en la Nueva Granada. Nos muestra también las influencias de las corrientes europeas generadas en torno a las revoluciones de 1848, en lo que se puede considerar inicios de la primera globalización: los jóvenes liberales hasta adaptarían elementos del socialismo utópico francés. Estos clubes integraron a jóvenes estudiantes (hombres) de las grandes ciudades, procedentes de las clases altas y de sectores aristocráticos. Estas ideas y estos clubes brindaron a sus miembros una nueva identidad –muchas veces en contraste con sus familias- y fomentaron su reconocimiento como actor autónomo. Los jóvenes conservadores, a pesar de sus diferencias, tuvieron varios puntos de convergencia con los liberales, en aspectos importantes como la abolición de la esclavitud, la mejora de la educación, la desarticulación del militarismo y, sobre todo, su interés en situar a la juventud como la esperanza y bastión fundamental para el establecimiento de la nueva nación. Como nos muestra la profesora Cortés Navarro estos grupos tenían no solo un carácter de edad, sino que la clase y la ideología eran factores importantes de cohesión. La autora también resalta que fueron idealizados por algunos y vistos con preocupación por otros, por su defensa de la realización de reformas en el sistema político. Sin embargo, con su ascenso al poder, su reformismo radical, reflejado en su alianza con el pequeño artesanado típico de una sociedad todavía no industrializada como era la colombiana de ese momento, se diluiría.

Tanto el texto de Carlos Reina como el de Luisa Fernanda Cortés Navarro muestran que, prácticamente en todo el mundo los primeros movimientos juveniles independientes surgieron en el ámbito de la enseñanza superior: en Alemania se empezaron a crear organizaciones estudiantiles universitarias a principios del siglo XIX, tras las guerras napoleónicas, que destacarían en la conformación del nacionalismo alemán y en la unificación de este país. En Francia, la primera tentativa estudiantil asociativa conocida se remonta a 1828, aunque la legislación francesa mantuvo limitaciones especiales para el asociacionismo estudiantil hasta 1883.[7]

En muchos casos, estas asociaciones de estudiantes fueron el origen de la movilización política juvenil y de movimientos de protesta más amplios. Tanto el surgimiento de los movimientos juveniles independientes entre los estudiantes como el importante papel de éstos en la movilización juvenil más general se deben, en primer lugar, al carácter desigual del desarrollo de la juventud como grupo social, a la concentración de jóvenes en los centros educativos -lo que facilita la difusión de ideas y la organización-, y a la mayor libertad de que disfrutan de las tutelas familiares. Además, los estudiantes, por su educación, pueden ser más receptivos a las ideologías entendidas en sentido amplio. También pueden llegar a considerarse, como en el caso colombiano, una élite intelectual que debe inspirar la regeneración de la sociedad o a la realización de los cambios que se considere que esta requiere. Hay que destacar, además, que, en sus orígenes en una universidad muy elitista, la protesta estudiantil era difícil de tratar por parte de gobiernos y fuerzas de orden público: el estudiantado pertenecía “casi en exclusiva a los estamentos pudientes de la sociedad”, que se enfrentaba a la protesta de “sus hijos”, por lo que podía reaccionar con menos dureza que contra otros movimientos de protesta, lo que facilitaba la acción estudiantil.[8]

Y, como cita Luisa Fernanda Cortés Navarro, “la palabra Europa significaba, más que un ámbito geográfico, un ámbito cultural”:[9]  las costumbres políticas y económicas modernas de Francia e Inglaterra daban a las élites latinoamericanas otros referentes para construir o redefinir una identidad nacional mientras que París se consideraba el primer centro cultural del mundo. Esto queda claramente reflejado en el texto de Tatiana Jiménez Bustos, que nos muestra el desarrollo de las entonces llamadas pensiones chilenas (subvenciones educativas para jóvenes estudiantes –por tanto, de clases altas- en Europa) desde mediados del siglo XIX hasta inicios del siglo XX, poniendo especial atención en cómo se fueron implementando con el paso de los años, bajo la influencia de diferentes factores. Estas pensiones se dieron a conocer en 1841, casi en coincidencia con la creación de instituciones educativas en todo el país. Aunque los pensionados fueron pocos en los primeros años y fueron principalmente ingenieros y artistas –se valoraba especialmente el dibujo como medio de inmortalizar y reforzar la construcción de la nueva nación-, a partir de 1886 su número se incrementó diversificándose sus áreas de estudio (arquitectura, medicina, educación o leyes, por ejemplo). Y una inmensa mayoría iría a Francia.

La implementación de las pensiones fue un proceso paulatino y diversificado en las áreas de conocimiento que se precisaban y no fueron ordenadas hasta un decreto de 1888, con un reglamento que se fue modificando en función de la experiencia práctica. Su objetivo era formar el capital humano que necesitaba el país con el propósito de que, a su regreso, contribuyeran a su avance gracias a los conocimientos adquiridos y así contrarrestar la falta de mano de obra cualificada nacional. Y la contribución de los pensionados de Bellas Artes, medicina, farmacia, ingeniería y arquitectura, música o instrucción pública, como se indica en el artículo, muestra que el sistema fue decisivo para el proyecto de modernización del país, mejorando el hacer nacional en las diferentes disciplinas y permitiendo la circulación de ideas y conocimientos europeos. La conformación de la juventud como grupo social fue acompañada por el desarrollo de políticas hacia ella tanto desde los gobiernos como desde diversas instituciones, con intereses y objetivos variados.

Desde otra perspectiva temática y temporal se estudian los estudiantes latinoamericanos en Europa en el artículo de Gloria Lisbeth Graterol Acevedo, pero Francia sigue mostrando su rol de referente cultural de las élites latinoamericanas. La Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos (AGELA) se creó en 1925 -al parecer después de varios intentos e iniciativas fallidas- como soporte y defensa de los estudiantes de América Latina que se encontraban en la Universidad de la Sorbona (París). Buscaba proporcionarles información fidedigna sobre la documentación necesaria para comenzar los estudios y el funcionamiento o los procedimientos académicos de la institución de acogida. Estaba formada por estudiantes de entre 20 y 30 años, provenientes de diversos países, como Cuba, Guatemala, Uruguay o Perú. En su mayoría formaban parte de una clase media y clase media alta que tenía el interés y los recursos económicos familiares para completar su formación en Europa, pero había también algunos becados y otros que trabajaban para cubrir sus estudios y así disfrutar del mundo cultural y bohemio que ofrecía en aquel momento la capital francesa.

Pero esta asociación les permitió posicionarse con perspectiva crítica sobre la realidad latinoamericana y establecer relaciones con intelectuales de Europa y América Latina que promovían el ideal unionista y antiimperialista latinoamericano. Así, buscaron hacer conocer en París la situación de América y velar por la defensa de la integridad territorial y de la soberanía política de los países latinoamericanos”, en un contexto en que Estados Unidos, tras haber sido visto como modelo a seguir durante casi todo el siglo XIX, se había ya empezado a considerar una amenaza. Aunque había diversidad de ideales e intereses y se produjeron algunos enfrentamientos ideológicos internos, se idealizó una América Latina unida. La AGELA fue una etapa relevante para la formación política de los jóvenes que allí se congregaron, algunos de los cuales fundaron partidos políticos al regresas a sus países.

Este artículo nos pone en contacto con el desarrollo de una plétora de organismos supranacionales e internacionales durante el periodo de entreguerras: el avance de los medios de comunicación y transporte y de las relaciones entre los diferentes países hicieron cobrar importancia a los contactos internacionales y dieron lugar también a influencias recíprocas entre las organizaciones juveniles de diferentes países –como muestra la influencia de la Juventud Obrera Católica belga en la creación de otros organismos similares. Fue en el periodo de entreguerras cuando se sentaron las bases de las organizaciones estudiantiles internacionales. En 1919 se formó la Confederación Internacional de Estudiantes, que se expandió hasta incluir no sólo a los países europeos sino también a algunos latinoamericanos, como México y Brasil. Su carácter “apolítico” llevó al desarrollo de organizaciones estudiantiles vinculadas a diferentes opciones ideológicas. En 1926 se formó la Federación Internacional de Estudiantes Socialistas, que durante la guerra civil española se unió al Secretariado Internacional de Estudiantes Comunistas en la llamada Alianza Internacional de Estudiantes por el Socialismo. Habría también, por ejemplo, una Unión Mundial de la Juventud Judía, otra de la juventud católica o una Federación de Mujeres Universitarias Católica. Y muchos de estos organismos, al igual que la AGELA, apenas han sido estudiados.[10]

Más allá de los estudiantes, tras la Gran Guerra la participación política de la juventud alcanzó el carácter propio de la nueva sociedad de masas, dando lugar a lo que probablemente fuera la primera gran oleada de movilización juvenil. Es un lugar común decir que la Gran Guerra creó una “nueva generación” en Europa y fue tras éste que en Alemania la idea de generación se equiparó a la de juventud.[11] Pero el texto de Laura Monacci nos muestra que Argentina tampoco estuvo exenta de este proceso y proliferaron agrupaciones juveniles de diversas tendencias políticas, especialmente en los complejos años treinta y cuarenta en el que las problemáticas locales se verían exasperadas por el contexto internacional.

El artículo se basa en periódicos nacionalistas argentinos que muestran la activa participación en política de la juventud a través de movimientos de diferentes ideologías y cómo los jóvenes eran interpretados como actores autónomos y se confrontaban de igual a igual con sectores de la política anteriormente detentados exclusivamente por sus mayores. El artículo destaca, además, cómo los jóvenes nacionalistas tomaron las riendas de la acción directa, convirtiéndose en el brazo armado de sus agrupaciones, en tensión con sus coetáneos de otras posturas ideológicas. A lo largo de la que Daniel Lvovich llama “la larga década del nacionalismo” (1932-1943),[12] se expandió un nuevo movimiento nacionalista que endureció sus posiciones tras el comienzo del segundo conflicto bélico mundial y que vio en los jóvenes a los verdaderos defensores de la patria y depositarios del futuro nacional, especialmente moral, pero también a los más vulnerables a las ideas de izquierda en sentido amplio. Esto les llevó también a mostrar su  desconfianza hacia los espacios educativos y recreativos, especialmente la universidad y los llamados “hipócritas de la FUA”, de forma no muy diferente a como ya se había expresado en España, desde Religión y Cultura,  revista de los padres agustinos que tenía su sede en el simbólico monasterio de El Escorial, ante la movilización estudiantil contra la dictadura del general Miguel Primo de Rivera: la “nueva juventud” no estaba todavía “bien definida”, y “amparados por el pabellón de la juventud nueva, vegeta (…) una serie de majaderetes (sic), de incircuncisos y vividores”, por lo que “urge precisar los términos y los ideales renovadores de la nueva juventud, de la juventud auténtica, legítima, selecta, y separar la ganga de la juventud apócrifa, (y) parasitaria”[13].

Igualmente, las dificultades puestas a la participación de los jóvenes por los partidos “tradicionales”, que la autora ejemplifica, para el caso argentino, en el Partido Radical, se pueden relacionar con los problemas que la búsqueda de autonomía por parte de la juventud provocó en la Europa de entreguerras entre partidos y organizaciones juveniles en países diversos y en sectores políticos variados, desde Checoslovaquía al Reino Unido, y desde la organización juvenil del Partido Radical francés a las Juventudes de Acción Popular, la organización juvenil de la Confederación Española de Derechas Autónomas.[14]

Y se habla de jóvenes (hombres) porque en las páginas de los periódicos que utiliza Monacci, no se hace mención a las mujeres jóvenes, como destaca la misma autora: las mujeres nacionalistas ocupaban un rol doméstico, acompañando a sus hombres en cenas de camaradería o cumpliendo funciones de benefactoras sociales… Y si bien es cierto que las organizaciones de derechas fomentaban en todo el mundo el papel tradicional de la mujer, la incorporación de la mujer joven a la movilización juvenil fue también más tardía y, en gran medida, se le dieron funciones secundarias, aunque hubiera algunas (pocas) excepciones. El papel adquirido por las mujeres durante la Primera Guerra Mundial o el desarrollo de asociaciones como la Federación Internacional de Mujeres Universitarias no fue acompañado por la ocupación de puestos importantes en las organizaciones políticas en la Europa de entreguerras. Hay que tener en cuenta, además, que el carácter militar de la extensión del uso del uniforme o el carácter fundamentalmente masculino de muchos deportes, favorecían valores como la dureza, la disciplina y la camaradería, pero también lo que se podría denominar dominación masculina.[15]

Por último, Bettina Favero nos pone en contacto con las opiniones y actitudes de los jóvenes ante cuestiones de la vida democrática, a partir de una encuesta titulada “Opiniones y actitudes de la población urbana frente a las elecciones generales del 7 de julio de 1963”. Se contrastan y comparan los datos y la información de esta encuesta, conservada en la Universidad de San Andrés y realizada por el grupo encabezado por José Enrique Miguens, sociólogo católico y defensor de los proyectos políticos de las fuerzas armadas, con los de otra encuesta realizada por Gallup Argentina por las mismas fechas.

Miguens consideraba jóvenes a los menores de 30 años y su encuesta muestra que éstos eran los que tenían una actitud más democrática y que eran más optimistas sobre el resultado electoral, siendo los más dispuestos a aceptar dichos resultados, es decir, que mostraban una mayor lealtad democrática. Estos resultados se pueden comprender por la correlación entre instrucción recibida y lealtad electoral y democrática, dado que los jóvenes habían tenido más acceso a la educación que sus padres. También estaban entre los que veían más negativo el papel de las Fuerzas Armadas, y se mostraban contrarios a la proscripción de partidos políticos. Eran, como concluye la autora, una “inmensa minoría”, que era la que le daba mayor importancia le daba a la vida democrática y republicana. Esto nos pone en contacto con la idea de algunos sociólogos de que uno de los objetivos fundamentales de una parte importante de los movimientos juveniles desarrollados en el mundo contemporánea ha sido la lucha por la ciudadanía, a pesar de la existencia de organizaciones juveniles de signo contrario.[16]

En último término, como plantean Carlos Reina Rodríguez y Luisa Fernanda Cortes Navarro, y apoya Laura Monacci, es más adecuado hablar de “juventudes" en plural al emprender estudios sobre ellas. Y es que los jóvenes no han formado nunca un todo homogéneo, sino que han reflejado las divisiones económicas, sociales y políticas existentes en la sociedad.[17] Por esto, no siempre los conflictos en los que participan los jóvenes tienen un carácter generacional, y más allá del uso del término de generación equiparado al de grupo de edad, como hacen algunos participantes en este monográfico, es difícil aceptar la idea de generación tal y como fue desarrollada desde la Europa de entreguerras, que tendía a verlo como un grupo de edad caracterizado por un conjunto amplio de creencias y respuestas ante problemas comunes. Aunque exista un contexto generacional uniforme en el sentido de un conjunto de problemas compartidos,[18] las respuestas pueden ser muy variadas en función de las demás divisiones sociales y la interacción entre los grupos de edad puede incluir no solo el conflicto sino también la solidaridad entre ellos. Y hay que insistir en que la conformación de los jóvenes como grupo social es un fenómeno cultural e histórico, y, por tanto, sus características probablemente sigan transformándose: Incluso en una fecha tan reciente históricamente como 1997 se podía decir que “para una gran proporción de la población joven mundial la idea de juventud como un estadio universal de desarrollo era y sigue siendo un concepto inapropiado”.[19]

Solo nos queda dar las gracias al Consejo de Redacción de la revista por aceptar la propuesta de publicación de este monográfico, a su secretaria, Natalia Alarcón, por todo el trabajo llevado a cabo para su publicación, y especialmente, a los participantes, por haber aceptado sin ninguna duda contribuir en él y por la novedad e interés de los trabajos que presentan.

 

                                                       

Sandra Souto Kustrín

Instituto de Historia,

Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, Madrid

sandra.souto@cchs.csic.es

Marcela Lucci

Universitat de Girona e Instituto de Historia de España

Pontificia Universidad Católica Argentina

luccim@gmail.com

 

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[1] Oded Heilbronner. “From a Culture for Youth to a Culture of Youth: Recent Trends in the Historiography of Western Youth Cultures”. Contemporary European History. vol. 17, nº. 4. Cambridge-Nueva York, 2008, pp. 575-591, p. 590.

[2] Véanse, solo a modo de simples ejemplos, Oscar Dávila (ed.). Ser joven en Sudamérica. Diálogos para la construcción de la democracia regional. Rio de Janeiro/Valparaiso, IBASE/PÓLIS/CIDPA, 2008; Mariana Chaves. Estudios sobre juventudes en Argentina 1. Hacia un estado del arte. La Plata, Universidad Nacional de la Plata, 2009; Pablo Buchbinder, Pablo Augusto Bonavena, Juan Sebastián Califa, Mariano Millán, Natalia Vega y Erica Yuszcczyk. Apuntes sobre la formación del movimiento estudiantil argentino. Buenos Aires. Final Abierto, 2010; Patricia Botero, Héctor Fabio Ospina y José Rubén Castillo. “Producción académica sobre la relación historia, juventud y política en Colombia: una aproximación a su estado del arte desde mediados del siglo XX”, en AA. VV. Jóvenes, cultura y política en América Latina: algunos trayectos de sus relaciones, experiencias y lecturas. (1966-2000). Rosario, CLACSO, 2010; Valeria Manzano. The Age of Youth in Argentina: Culture, Politics, and Sexuality from Perón to Videla, Chapel Hill The University of North Carolina Press, 2014 ; Pablo Vomaro. Juventudes y política en la Argentina y en América Latina. Tendencias, conflictos, desafíos. Buenos Aires, GEU/CLACSO, 2015; Laura L. Luciani. Juventud en dictadura. Representaciones, políticas y experiencias juveniles en Rosario (1976-1983). La Plata, Los Polvorines, Misiones. Universidad Nacional de la Plata, Universidad Nacional General Sarmiento, Universidad Nacional de Misiones, 2017; Valeria Manzano. Una Historia de la juventud en la Argentina del siglo XX. Buenos Aires, Siglo XXI, 2018.

[3] Giovanni Levi y Jean-Claude Schmitt, (eds.). Historia de los jóvenes, 2 vol. Madrid, Taurus, 1996.

[4] Sandra Souto Kustrín. “Juventud, teoría e historia: la formación de un sujeto social y de un objeto de análisis”. Historia Actual Online, nº. 13. Cádiz, 2007, pp. 171-192, pp. 171-175. Aunque algunas instituciones - como el ejército o la escuela- no eran nuevas, sí lo era su extensión a todos los estratos sociales y su forma de organización.

[5] Carles Feixa. De jóvenes, bandas y tribus. Antropología de la juventud. Barcelona, Ariel, 1998, p. 43.

[6] Kaspar Maase. Diversión ilimitada. El auge de la cultura de masas (1850-1970). Madrid, Siglo XXI, 2016; Stephen Humphries. Hooligans or Rebels? An Oral History of Working-Class Childhood and Youth, 1889-1939. Oxford, Basil Blackwell, 1981, pp. 174-208. Eve Rosenhaft.  “Organising the “Lumpenproletariat”: cliques and Communists in Berlin during the Weimar Republic”, en Richard J. Evans, (ed.). The German Working Class 1888-1933: The Politics of Everyday Life. Londres, Croom Helm, 1982, pp. 174-219; Detlev J. K. Peukert. Die Edelweisspiraten: Protestbewegungen jugendl. Arbeiter im Dritten Reich: e. Dokumentation, Colonia, Bund-Verlag, 1980 e Inside Nazi Germany. Conformity, Opposition, and Racism in Everyday Life., New Haven y Londres, Yale University Press, 1987, pp. 145-174; Marie-Madeleine Malochet. Zazous et résistants. Nos vingt ans. Souvenirs. Cusset, Editions Du Chemin de Ronde, 1995; Michael H. Kater. Different drummers: jazz in the culture of Nazi Germany, Nueva York-Oxford, Oxford University Press, 1992.

[7] Pierre Moulinier. La naissance de l´étudiant moderne (XIXe siècle). París, Belin, 2002, pp. 164-165.

[8] Philip G. Altbach. “Students and Politics”, en Joseph R. Gusfield, (ed.). Protest, Reform, and Revolt: A Reader in Social Movements. Nueva York, John Wiley & Sons Inc., 1970, pp. 225-244, p. 230; José Cepeda Adán. Los movimientos estudiantiles. Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1985, pp. 6-7, de donde es la cita.

[9] José Luis Romero. Situaciones e ideologías en América Latina. Medellín, Editorial Universidad de Antioquia. 2001, p. 17.

[10] Centrada en cuestiones específicamente estudiantiles, en 1937 representaba a 42 uniones nacionales y era reconocida por la Sociedad de Naciones como la organización internacional estudiantil “oficial”. Philip G. Altbach. “The International Student Movement”, en Walter Laqueur y George Mosse, (Eds.): “Generations in Conflict”, Journal of Contemporary History, vol. 5 (1). Beverly Hills, CA., 1970, pp. 156-174, pp. 158-160; Sandra Souto Kustrín.  “La atracción de las Juventudes Socialistas por el PCE en el contexto europeo de los años treinta”, en Manuel Bueno, José Hinojosa y Carmen García (Coords.), Historia del PCE. I Congreso 1920-1977. Madrid-Oviedo, FIM-Universidad de Oviedo-Principado de Asturias-Fundación Juan Muñoz Zapico, 2007, 2 vol., vol. 1, pp. 113-127, p. 127. William D. Angel. Youth movements of the world. Harlow, Longman, 1990, pp. 11-18.  

[11] Sandra Souto Kustrín. “<<El mundo ha llegado a ser consciente de su juventud como nunca antes>>: Juventud y movilización política en la Europa de entreguerras”, Mélanges de la Casa de Velázquez. vol. 34-1. Madrid, 2004, pp. 179-215, passim; la idea de generación en Alemania en Olivier Galland. Sociologie de la jeunesse. L’entrée dans la vie. París, Armand Colin (4ª. ed), p. 104).

[12] Daniel Lvovich. Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones B Argentina S.A., 2003, p. 295.

[13] Félix García. “El tema de la juventud”. Religión y Cultura, tomo 6. El Escorial (Madrid), abril-junio 1929, pp. 32-46, p. 41.

[14] Sandra Souto Kustrín. “<<Dónde está la juventud de Europa?>> Organizaciones juveniles de izquierda y república en perspectiva comparada”, en Francisco Morente,Jordi Pomés y Josep Puigsech, (eds.). La rabia y la idea: política e identidad en la España republicana (1931-1936). Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016, pp.  289-316, pp. 297-302.

[15] Françoise Thébaud. «La Primera Guerra Mundial: ¿la era de la mujer o el triunfo de la diferencia sexual?», en Ibid. (ed.), Historia de las mujeres. El siglo XX. Madrid, Taurus, 1993, pp. 31-89. Tim Curry. «Varda Burstyn, The Rites of Men: Manhood, Politics and the Culture of Sport». Contemporary Sociology, vol. 30, n.º 5.  Washington D.C., septiembre 2001, pp. 496-497.

[16] Richard G. Braungart y Margaret M. Braungart. “Historical Generations and Citizenship: 200 years of youth movements”. Research in Political Sociology, vol. 6, pp. 139-174. Greenwich (Connecticut, USA) y Londres (UK), 1993.

[17] Luisa Fernanda Cortés Navarro y Carlos Reina Rodríguez. Historia, juventudes y política: de la Escuela Republicana del siglo XIX a las élites y juventudes políticas en los gobiernos del siglo XX en Colombia. Bogotá, Edición Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2014, p. 27. Sandra Souto Kustrín. “Introducción: juventud e historia”. Hispania. Revista española de Historia. Vol. LXVII, Nº 225. Madrid, enero-abril 2007, pp.11-20, p. 13.

[18] Karl Mannheim. “El problema de las generaciones”. Revista Española de Investigaciones Sociológicas. nº. 62. Madrid, 1993, pp. 193-242 (or. 1928); José Ortega y Gasset. En torno a Galileo. Esquema de la crisis, Madrid, Espasa Calpe, 1965. Se basaba en un curso de doce lecciones que Ortega dio en la Universidad Central de Madrid en 1933.

[19] Johanna Win y Robert White, Robert. Rethinking Youth. Londres, Sage Publications, 1997, p. 10.

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