Mujeres de ayer y de hoy (1909), de Zoila Aurora Cáceres: redes, genealogías y trazas para la articulación de un archivo feminista divergente del Perú de entre siglos
Mujeres de ayer y de hoy (1909), de Zoila Aurora Cáceres: redes, genealogías y trazas para la articulación de un archivo feminista divergente del Perú de entre siglos[1]
Zoila Aurora Cáceres’ Mujeres de ayer y de hoy (1909): Networks, Genealogies and Traces for a Divergent Feminist Archive in Peru’s Turn of the Century
Ainaí Morales-Pino
Pontificia Universidad Católica del Perú (Perú)
lmoralesp@pucp.edu.pe
https://orcid.org/0000-0001-9339-5731
Resumen
Mujeres de ayer y de hoy (1909) de la escritora y asociacionista Zoila Aurora Cáceres (Lima 1872- Madrid 1958) es un ensayo que reorganiza la historia de la humanidad desde la visibilización de la presencia de las mujeres, mientras comenta asuntos de actualidad en el temprano siglo XX: el feminismo, el sufragio femenino, los congresos internacionales de mujeres y su participación en el campo socioliterario, artístico y político. El texto construye un archivo e ilumina una tradición, no unidimensional ni continua, sobre los feminismos trasatlánticos del temprano siglo XX, sus pliegues y constelaciones; mientras articula una cartografía compleja con respecto a la cual la autora-- en su ética e ideología feminista situada en una doble otredad, como mujer y como latinoamericana operando en arenas europeas-- entabla una relación controversial. Esto permite ahondar en la práctica de la escritura histórica desde una perspectiva feminista que quiebra los relatos unidimensionales y las jerarquías geoculturales validadas por la intelectualidad latinoamericana—masculina—del momento, y, también sobre los imaginarios de las redes, las genealogías y los legados cuyas dinámicas de poder son extrañadas por Cáceres en este ensayo. Ponderado en diálogo con el archivo trasatlántico que pone en circulación y con la producción literaria de la autora, este ensayo da un marco para abordar la inestabilidad epistémica que ha motivado simplificaciones de una producción intelectual, estética y política no complaciente, alejada de la propaganda o el panfleto, pero clave para la (re)construcción del disgregado archivo feminista peruano de entre siglos.
Palabras clave: Mujeres de ayer y de hoy; Zoila Aurora Cáceres; feminismos; redes; archivos divergentes.
Abstract
Zoila Aurora Cáceres (1872-1958)’ essay Mujeres de ayer y de hoy (1909) reorganizes the history of humanity by foregrounding women’s agency and visibility. It also engages with early twentieth-century current affairs, including feminist movements, women’s suffrage, women’s congresses, and women’s participation in literature, the arts, and politics. Cáceres’s essay articulates an archive and illuminates a tradition of transatlantic feminisms that is neither unidimensional nor continuous, attending instead to its folds and constellations. At the same time, it traces a cartography with which the author—writing from a situated locus of enunciation marked by a double otherness as a Latin American woman in Europe—establishes a contentious relationship.
The essay enables an examination of historical writing from a feminist perspective that breaks with the monolithic narratives and accompanying cultural hierarchies upheld by Latin American male intellectuals of the period. Moreover, it complicates imaginaries of networks, genealogies, and legacies, as well as their implicit power dynamics, which Cáceres explicitly challenges. Read in dialogue with both the transatlantic archive assembled in the text and Cáceres’s broader literary production, Mujeres de ayer y de hoy offers a framework for addressing the epistemic instability that has contributed to the simplification of an intellectual, aesthetic, and political body of work that is uncompromising yet central to the (re)construction of Peru’s fragmented early twentieth-century feminist archive.
Keywords: Mujeres de ayer y de hoy; Zoila Aurora Cáceres; feminisms; networks; divergent archives.
For history, too, creates its meanings through differentiation and in this way organizes knowledge about the world. The form that knowledge has taken-the remarkable absence or subordination of women in the narratives of the "rise of civilization," their particularity in relation to Universal Man, their confinement to studies of the domestic and private-indicates a politics that sets and enforces priorities, represses some subjects in the name of the greater importance of others, naturalizes certain categories, and disqualifies others. It is not a conspiratorial politics, nor is it narrowly self-interested; rather it protects an established corporate tradition. Nonetheless, the discipline of history, through its practices, produces (rather than gathers or reflects) knowledge about the past generally and, inevitably, about sexual difference as well. In that way, history operates as a particular kind of cultural institution endorsing and announcing constructions of gender. (Scott, 1999: 29-30)
Los feminismos críticos hispanoamericanos pueden no solo
reapropiar el lenguaje que el masculinismo se adjudicó con derechos exclusivos, sino también cuestionar los sistemas simbólicos que hasta ahora han sido aceptados como variables conocidas y dadas en la ecuación literaria-estética-cultural. en este sentido, “lo femenino” rescata su situación en forma paralela, aunque no similar, a la recuperación que de su lugar histórico efectúan los grupos marginados por su raza/ etnia y clase social. Ambos poseen la alternativa de los discursos contestatarios, subversivos, enmascarados y desenmascaradores. (Rivero, 1994: 31)
Los planteamientos de Mary Louise Pratt (1998) sobre el ensayo escrito por mujeres brindaron un marco conceptual y analítico para comprender las estrategias de adquisición de poder desplegadas por las escritoras que “interrumpieron el monólogo masculino o, al menos, desafiaron su monopolio sobre la cultura” (87) y el trabajo intelectual desde un género claramente patriarcal como el ensayo: “It would be hard to find a literary corpus more androcentrically constituted tan the Latin American essay. Its anthologies (those great mirrors of canonicity) are veritable monuments to male intellectuality” (1998, 87). Según la filósofa feminista Celia Amorós (2005: 25), conceptualizar es politizar. Así, conceptos como el del “ensayo de género” o el “catálogo histórico”, formulados por Pratt, pusieron de relieve la dimensión política y transformadora de los gestos de las autoras que intervinieron el discurso histórico y, al hacerlo, desemnascararon sus lógicas—y sesgos-- de organización. El “catálogo histórico” es un concepto que permite nombrar los frecuentes ejercicios de escritura genealógica que modificaba el pasado en respuesta a los imperativos de ciertos grupos en el presente (Hobsbawm, 1983; Cornejo Polar, 1989) para crear una tradición que les diera anclaje y, sobre todo, viabilidad para el futuro.
Las escrituras genealógicas de las mujeres a ambos lados del Atlántico apuntaban a mostrar la historicidad de su presencia desde una reinstrumentalización (Ahmed, 2017: 2) de la construcción genérica de lo femenino y la articulación de una identidad colectiva estratégica. Esta identidad, como lo refiere Joan W. Scott (1999), no “preexiste a demandas políticas” sino que surge como una respuesta ante las mismas (130). En consecuencia, las genealogías y el catálogo histórico son formas de construir archivo, un espacio-tiempo “donde las cosas comienzan” (Derrida, 1995 [1997]: 9) y, también, de transgredir el “principio nomológico” (Derrida, 1996 [1997]: 9) que naturalizaría la exclusión y atomización de las mujeres y su producción de estos repositorios que, como lo refiere Scott, son la base de la historia y la memoria:
Archives provide the stuff of memory, the raw materials out of which collective identity and a place in history are fashioned. And so is not surprising that archives became the concern of those preoccupied with women’s collective identity, a preoccupation that took the form, in the early years of the twentieth century, of a movement for education, employment and the vote. (Scott, 1986: 2)
Así, el catálogo histórico, como ejercicio de construcción de archivos y genealogías, negocia con la narrativa ambivalente de las excepcionalidades que ensalzan individualidades aisladas y descontextualizadas, al apuntar a construir un sujeto colectivo. Continuando el diálogo con Scott, la reflexión sobre la historia desde una perspectiva feminista, es decir, una perspectiva que reconozca las jerarquías, las subordinaciones estructurales y las omisiones naturalizadas (Ahmed, 2017: 27), en especial, cuando se trata de las mujeres, permite convertir “los análisis críticos del pasado y del presente en una operación continua [en la que] se puede interpretar el mundo mientras se intenta cambiarlo” (Scott, 1999: 25).
Mujeres de ayer y de hoy, publicado en 1909 bajo el sello editorial Garnier por la escritora, periodista y activista feminista peruana, Zoila Aurora Cáceres (1872-1958)[2], es un ensayo que plantea esta reinterpretación transformadora de la historia mediante la articulación de una genealogía crítica que ilumina la presencia y agencia de las mujeres en el curso de “la humanidad culta y sus organizaciones sociales” (Cáceres, 1909: 2). El ensayo crea un marco para ponderar el protagonismo de los sujetos femeninos en los campos del arte, la literatura y la política en el presente, tanto en América Latina como en Europa.
En este trabajo, considero el ensayo de Cáceres como exponente del feminismo académico de la autora, el cual contrasta con el tipo de ideario feminista que plasma en su obra artística (la escritura literaria) y está atravesado por una serie de tensiones, tales como la defensa del feminismo desde su negación y la complejización de los imaginarios de las redes, las genealogías y los legados dentro de un debate mayor centrado en la modernidad y sus bemoles con un posicionamiento ético e ideológico latinoamericano. La intricada relación que entabla Cáceres con los feminismos europeos, sus juicios y silencios, al igual que las divergencias que atraviesan sus propuestas académicas y artísticas cuando se trata del feminismo como movimiento y como concepto, ponen de relieve la inestabilidad epistémica de este texto y su relevancia para el divergente y disgregado archivo de los feminismos del Perú de entre siglos.
Mujeres de ayer y de hoy interpela y expone las formas de escritura de la historia, al tiempo que es un espacio de reflexión sobre el feminismo (sus líderes en la arena metropolitana, los congresos y las asociaciones), el progreso y las propuestas artísticas e intelectuales de las mujeres europeas y latinoamericanas (principalmente peruanas y argentinas), ponderadas en clave de universalidad[3]. Igualmente, desde una perspectiva que cuestiona la visión celebratoria de la modernidad y la tendencia dominante a ver el pasado como sinónimo de atraso, la autora muestra la decadente situación de las mujeres en su presente, particularmente en las capitales europeas consideradas por buena parte de la intelectualidad latinoamericana del momento, como epítome del progreso y la civilización:
Si el feminismo ha tomado un aspecto ostensible y reclama las leyes y derechos que no preocuparon a nuestras abuelas, lo debemos más que a la ignorancia y menosprecio en que nos antojamos suponer las tenían sometidas los hombres, a la condición general de las civilizaciones antiguas que jurídicamente estaba sometida a la tutela del hombre, en la práctica de la vida y por la tolerancia de las costumbres, gozaba de mayores privilegios de los que hoy disfruta. (Cáceres,1909: 3)
Este posicionamiento expone las temporalidades disruptivas de las que habla Rita Felski (2000) cuando se refiere a los ritmos divergentes—aunque no ahistóricos ni paralelos-- de las mujeres y su dimensión epistemológica angular para la reflexión historiográfica. También, dialoga con lo que será una constante en las propuestas estético-ideológicas de Cáceres, es decir, la representación de una temporalidad rebelde o démodé (Bottaro, 2022: 5), como posicionamiento crítico frente a las líneas dominantes en el campo socioliterario de su tiempo.[4]
Desde la perspectiva de Cáceres en este ensayo, las sociedades modernas no hicieron sino sumar a “la misión maternal” de los sujetos femeninos, las nuevas tareas del mundo industrializado: “La mujer no se queda en la casa cuidando el hogar, también ella tiene que desertar del santuario de la familia e igualar a su compañero en la tarea de las fábricas, para procurarse el alimento” (Cáceres, 1909: 41), lo que la convirtió en una “heroína del hambre en el proletariado y una heroína de abnegación en las clases directoras” (1909: 8). Si bien aparenta afirmar la diferencia sociosexual – de allí su crítica a las feministas radicales europeas que usurparían espacios y derechos entonces asumidos como masculinos--, Cáceres da por sentado que la mujer está capacitada para ejercer las mismas funciones que los hombres e, incluso, ser su competidora: “[e]n verdad, pocos son los oficios y profesiones que no ejerce la mujer” (41). De esa forma, dialoga con las mujeres que trabajaron por causas feministas desde la negación del feminismo, quizás como posicionamiento estratégico debido a las polémicas que el término concitaba (5); pues, la misma Cáceres fundará, a lo largo de su vida, distintas asociaciones centradas en brindar medios de instrucción y trabajar en la conquista de derechos para las mujeres[5].
En contraste con los intelectuales latinoamericanos que articularon proyectos de modernidad desde la replicación de los modelos europeos y, posteriormente, lamentaron sus desencuentros (Ramos, 1989), Cáceres funge como una suerte de intérprete crítica que reconoce las particularidades de la realidad latinoamericana – y peruana-- y su idiosincrasia y, en consecuencia, la inadecuación de ciertos paradigmas o prácticas metropolitanas. Igualmente, las relaciones tensionales que plantea con las redes de mujeres que son fundamentales para su propio accionar feminista exponen otras dimensiones de este complejo posicionamiento de la autora y su relevancia para complejizar los imaginarios y las relaciones de poder implícitas en los conceptos de las redes, las genealogías y los legados, pero, sobre todo, para ahondar en los pliegues y reveses del feminismo de la autora en relación con los feminismos peruanos del temprano siglo XX.
Mujeres de ayer y de hoy y las tensiones de las redes y las genealogías
En el ensayo de Cáceres, la dimensión genealógica funciona en varios niveles. En primer lugar, la dedicatoria del texto a la escritora Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851- Madrid, 1921), evidencia una doble operación ideológica: expone un vínculo de admiración y continuidad y apunta a una legitimación intelectual (fig. 1).
Imagen 1: Dedicatoria del libro Mujeres de ayer y de hoy, a la escritora española Emilia Pardo Bazán. Fuentes Históricas del Perú y The Internet Archive (https://dn720002.ca.archive.org/0/items/zoila-aurora-caceres-mujeres-de-ayer-y-de-hoy/Zoila%20Aurora%20Caceres%20-%20Mujeres%20de%20ayer%20y%20de%20hoy.pdf )
La referencia a la amistad, por un lado, y la nobleza, por el otro, visibiliza la potencia de una red que, en tanto red social, está atravesada por relaciones de poder y vínculos institucionales y funge como una “estructura puente” (Requena Santos: 1989: 149) angular para adquirir “peso funcional” y capital intelectual (Bourdieu, 1966 [2002)), en especial si consideramos que se trata del primer libro de la autora. Con esta dedicatoria Cáceres pone de manifiesto que la existencia de la red no es suficiente: debe hacerse expresa y visible.
En segundo lugar, el texto se inserta en una genealogía conformada por los ensayos escritos por mujeres que, mediante el “catálogo histórico” intentaban construir y exponer una tradición que respaldara su accionar presente y futuro. Por ejemplo, “El patriotismo de la mujer” (1876), de Mercedes Cabello, ensayo que visibiliza la presencia de las mujeres en arenas tradicionalmente vistas como masculinas; o el ensayo de Clorinda Matto, “Las obreras del pensamiento en la América del Sud” (1895), que traza un mapa de autoras e intelectuales en América Latina y, desde la apelación al colectivo, labra las condiciones de posibilidad para un reconocimiento público y político de las mujeres como sujetos que estaban construyendo modernidad y civilización mediante el pensamiento y creación no reproductiva, al tiempo que se distancia del imaginario del intelectual masculino que operaba, desde la comodidad o la torre de marfil, en el mundo abstracto de las ideas. Matto inserta el trabajo de las mujeres, sin aliados ni privilegios, en un imaginario fabril y desgastante-- no en balde el término obrera[6].
En tercer lugar, construye una genealogía que visibiliza la presencia de las mujeres en las sociedades antiguas y, en consecuencia, justifica los reclamos de mejores condiciones para los sujetos femeninos en el presente. Habla de la vida de las mujeres en el antiguo oriente, en Grecia, en Roma y en periodos histórico-culturales claves como el Renacimiento. Luego, dedica capítulos a las mujeres contemporáneas, reseñadas por gentilicio (las intelectuales alemanas, las argentinas, las peruanas, las francesas) o por labor y rubro (las novelistas, las artistas, la literatura femenina). Otros apartados discuten asuntos de relevancia en el momento, como los congresos feministas, la participación de las mujeres en las convenciones políticas y las luchas de las feministas inglesas. Con este gesto genealógico, labra, en medio de las tensiones, lo que Elena Grau-Lleveria denomina una “comunidad ideológica y política” (2022) en la que cada agente, anterior o coetáneo, funge como condición de posibilidad y visibilidad—aunque sea por contraste-- para el otro.
En este apartado, abordo las tensiones de las redes feministas trasatlánticas, la genealogía y el legado centrándome en las secciones dedicadas a los tiempos contemporáneos de la autora: el capítulo sobre las intelectuales alemanas, el de las feministas inglesas y el dedicado a los congresos internacionales de mujeres y los políticos. Estos resultan tan angulares como disruptivos, pues constituyen el principal referente polémico (Amorós, 2005: 39) para Cáceres en su diálogo crítico y situado con los modelos metropolitanos[7].
Las páginas dedicadas a las intelectuales alemanas son parte de su tesis doctoral presentada al Instituto de Altos Estudios de la Universidad de La Sorbona, titulada “Feminismo en Berlín” [8]. Aquí, cristaliza su postura reticente con respecto a las aspiraciones “más o menos excesivas” de las agrupaciones feministas y brinda pautas epistemológicas y metodológicas para reflexionar sobre el ejercicio intelectual femenino y el género mismo del ensayo. Cáceres comenta que realizó su investigación sobre el feminismo alemán mediante “interviews” con preguntas de “palpitante actualidad” y abiertas a la discusión (Cáceres, 1909: 139). Más allá del homenaje a Pardo Bazán implícito en el adjetivo “palpitante” mediante el cual caracteriza la vigencia y agudeza del cuestionario,[9] destaca la importancia del diálogo y el intercambio en contraste con el monólogo masculino, es decir, el “criollo identity essay” del que habla Pratt el cual también reafirma una jerarquía geo cultural obviada por Cáceres en su relación horizontal y dinámica con las intelectuales germánicas.
El modo dialógico también es estructural en el apartado, pues Cáceres pareciera contestar de forma anticipada las interpelaciones que podrían generar sus reseñas sobre las feministas alemanas y sus sujetos, objetos y agendas. En consecuencia, despliega una reorganización relacional del saber y el decir (Ludmer, 1984) que evidencia la conciencia sobre su lugar enunciativo y el espacio-tiempo divergente que ocupa como mujer latinoamericana que escribe para un público latinoamericano y que hace vida intelectual en arenas europeas. Así, comprendemos, por un lado, las intervenciones de Cáceres y los juicios valorativos articulados desde un “nosotros” que reafirma la distancia y la identidad estratégica articulada por contraste (Scott, 2006: 142) y, por el otro, la mirada patriarcal internalizada por la autora, la cual emerge en sus comentarios sobre la apariencia física y las características afectivas y morales de las entrevistadas.
Lina Morgernstern, Elena Lange, Mina Cauer, Alice Salomon, Anita Augspur, son algunas de las intelectuales y políticas alemanas reseñadas en Mujeres de ayer y de hoy. Son editoras, periodistas, escritoras, asociacionistas, maestras y militantes políticas y al entrevistarlas, Cáceres construye un archivo que ilumina condiciones de posibilidad al tiempo que expone las divergencias ideológicas de un movimiento feminista que desborda los rótulos y los genéricos. Según Cáceres, las discrepancias entre estas intelectuales las llevó a fundar distintos partidos y órganos de prensa, aunque todas luchaban en contra del “oscurantismo retrógrado que [pretendía] entorpecer la acción de la mujer” (Cáceres, 1909: 146):
Cuando el movimiento feminista social tomó cuerpo en la capital del imperio, era indispensable que demostrase que este organismo tenía miembros dispuestos a obrar. A pesar de que el ideal y el fin concebido es el mismo en todos los Leaders, sin embargo, hay divergencia en los medios de llegar á obtenerlo; y desgraciadamente en la sociedad feminista sucede lo mismo que en las agrupaciones de hombres. Desde su origen se separan en diferentes bandos. Elena Lange, Lina Morgenstern, y Mina Cauer, cada una dirige sus huestes hacia la misma meta, pero por diferente camino, a pesar de que las alienta un ideal único. (Cáceres, 1909, 114).
El conflicto que la autora identifica entre las feministas alemanas será, también, una constante en las agrupaciones de mujeres en otros contextos, como en América Latina (Barrancos, 2020). Esto pone de relieve en qué medida, como lo refiere Sarah Ahmed (2017), el trabajo descriptivo – típico del catálogo—es también un trabajo epistemológico, pues produce conocimiento e informa sobre sujetos—y cuerpos—que no terminan de sentirse a gusto en el mundo (12), mientras ilumina las estrategias desplegadas para abrirse espacios tanto en sus contextos, como en el discurso histórico al que interpelan en clave de ampliación.
En diálogo con la conceptualización de Karen Offen (1988) sobre el feminismo relacional, el cual “propuso una visión basada en el género, pero igualitaria, de la organización social” (135), estas intelectuales convergían en la defensa de la educación, la justicia social y el trabajo para las mujeres, concebidas como parte de un proyecto mayor de mejora de la humanidad[10], pero, también, como una extensión de los roles y espacios de acción doméstica y afectiva asignados a los sujetos femeninos. De hecho, el texto de Cáceres pareciera encomiar la diferencia sociosexual para legitimarse, pero, también, para dislocar ideológicamente las jerarquías y reinstrumentalizar los esencialismos que vinculan a las mujeres con la bondad, la caridad, la maternidad y la pureza[11]. Sin embargo, como lo expone la cita anterior, no son infrecuentes los alegatos sobre la igualdad de las mujeres con respecto a los hombres, en particular cuando se trataba del ámbito de la política o las relaciones de poder. Estratégicamente, la autora lamenta que las sociedades femeninas compartan los vicios de las agrupaciones políticas masculinas: “desgraciadamente en la sociedad feminista sucede lo mismo que en las agrupaciones de hombres” (1909: 144) y, al hacerlo, plantea la igualdad a los hombres no como una aspiración, sino como una realidad problemática debido a las falencias identificadas en las masculinidades. Además de quebrar la narrativa sobre la superioridad masculina, con estos planteamientos acerca de la conducta de hombres y mujeres en la política, la autora inserta a las mujeres dentro de la categoría universal de la humanidad, categoría de la que habrían sido excluidas mediante la desigualdad estructural establecida por el patriarcado (Amorós, 1991: 24); y las libera del mandato de bondad, entendido como una forma de idealización despolitizadora (Valcárcel, 1994: 77).
Ahora bien, como se ha mencionado en la introducción, Cáceres expone una internalización de la mirada patriarcal que la lleva a detenerse en las características físicas y emocionales de las intelectuales europeas. Al hablar de Lina Morgenstern, una de las principales líderes del movimiento feminista, reconocida por fundar los “kindergarten”, participar en centros de asistencia social, periódicos feministas y ligas de mujeres por la paz; Cáceres se siente impelida a mencionar su felicidad doméstica y darle un anclaje sentimental, incluso más que intelectual, a su accionar político, como si fuese necesario enfatizar que este no estaba reñido con la maternidad o el matrimonio:
En la vida matrimonial es feliz, en su esposo ha encontrado un colaborador. Su numerosa familia no ha sido obstáculo para el buen éxito de las múltiples sociedades de beneficencia que ha fundado. Además, ha escrito varios libros apropiados para la juventud y referentes á las instituciones que ha organizado, con admirable acierto.
[…]
Su corazón, sensible ante la desgracia del proletariado, se sintió conmovido en la época de la guerra Austro-Prusiana y fue entonces, al ver la desgracia popular, la que le sugirió la feliz idea de las cocinas populares “Volfsfuchen” que llegaron a establecerse el año de 1866 y desde entonces hasta la época actual, permanecen bajo la dirección de Lina Morgenstern.
[…]
La dulzura del carácter de Lina Morgenstern, la amabilidad y cortesía de su trato, hacen de ella una persona encantadora, cuyo recuerdo no es fácil olvidar (140).
Aunque sería posible leer en esta ambivalencia una escritura palimpséstica, en el sentido feminista propuesto por Gilbert y Gubar (1979), pues el refuerzo de los valores normativos va de la mano con el planteamiento, no tan soterrado, de los aspectos disruptivos de estas mujeres y su agencia política; también podemos comprender las referencias a la afectividad o dulzura de las luchadoras feministas como estrategias mediante las cuales la autora confronta lo que Eliana Rivero denomina la tradicional “desvalorización de la ternura, la intuición y el interiorismo como no representativos [ni políticos]” (1994: 33). Este enfoque permite ahondar en la dimensión política del campo semántico y visual de lo femenino hegemónico al que apela Cáceres para describir a Alice Salomon como un “florecimiento intelectual en la primavera del campo feminista”:
Alice Salomón, [sic] es un florecimiento intelectual en la primavera del campo feminista: blanca, pálida, de ojos azules y cabellos de oro, la flexibilidad y gracia de su cuerpo y su risa juvenil, hace olvidar la aridez de los serios estudios á que se dedica, con edificante laboriosidad. (Cáceres, 1909: 148).
Cáceres repolitiza el imaginario de las flores para referirse a las mujeres activas en los ámbitos sociopolíticos e intelectuales (187) y resignifica el archivo ideológico modernista coetáneo que ensalzaba la palidez, la bondad y la belleza femeninas al codificarlas como marcas de pasividad. La autora disloca semántica e ideológicamente estas características y las reconcilia con el logos, la política, pero, también, con el ethos burgués tan denostado por los modernistas (Gutiérrez Girardot, 1983 [1988]: 37). Es lo que vemos en sus comentarios sobre Maria Mellien:
Su corazón tierno, se ha interesado vivamente por la suerte de las desgraciadas prisioneras, y trata de aliviarse su triste situación por cuantos medios le es posible. Ha estudiado las reformas que se podrían introducir en las cárceles, y sobre tan laudable tema da conferencias interesantes. También escribe importantes artículos que son publicados en la prensa diaria del Imperio. Igual competencia demuestra cuando trata de arte, dedicándose de preferencia á la historia: Vive feliz al lado de su familia, trabajando como luchadora apasionada y probando con su buena salud, que la mujer no es el ser nervioso que se agota fácilmente, como pretenden describirla en nuestros días, los que no desean verla libre de tutela. (Cáceres, 1909: 159).
Según Elena Grau-Lleveria (2008), las escritoras de entre siglos no crearon nuevos modelos de feminidad, sino que resignificaron los “propuestos por el imaginario masculino” (34). Este ejercicio de resignificación es transgresor al iluminar los límites del poder y sus mecanismos de funcionamiento (Foucault, 1981: 10). Así, en la pluma de Cáceres, lo que sería una mirada patriarcal internalizada puede leerse, también, como una estrategia de resignificación que torna la domesticidad, la maternidad, la palidez y la bondad en marcas genuinas de la acción política e intelectual femenina. Este enfoque nos permite leer en las incisivas referencias de Cáceres a la afectividad de las alemanas, su ternura, sensibilidad y domesticidad, un reconocimiento de la centralidad de la esfera privada para comprender, como lo refiere Felski (2000) las complejas y hasta contradictorias formas de participación de las mujeres del macroproyecto moderno:
The so-called private sphere, often portrayed as a domain where natural and timeless emotions hold Sway, is shown to be radically implicated in patterns of modernization and process of social change. The analysis of modern femininity brings with it a recognition of the profoundly historical nature of private feelings. (3)
Otros casos, como el de Mina Cauer o Anita Augspur resultan más problemáticos para la perspectiva conciliadora y repolitizadora que plantea la autora en su constante negociación entre el feminismo europeo, el ethos burgués y las realidades latinoamericanas. Cáceres se torna más crítica del feminismo “bullicioso” y “popular” que reconoce en personajes como Augspur quien, además, era blanco de burlas y caricaturas en la prensa de la época. Lejos de confrontar tales apreciaciones, parece justificarlas al detenerse en la apariencia física de la activista con su cabello corto, sus accesorios masculinos y su deliberado disimulo de las formas femeninas, aunque, seguidamente, refuerce “el encanto femenino” que trasluce esta joven en su mirada, el cual desaparece su aspecto varonil; mientras justifica sus posibilidades de acción y movimiento en la ausencia de hijos:
Alta y delgada, de cabello corto, con un sombrero masculino y un vestido “reforme” que oculta las formas femeninas, causa tal asombro á la gente de provincia, que en varias ocasiones ha sido detenida por la policía. Si es cierto que en su persona se nota un ligero aspecto varonil, este desaparece bien pronto ante la sonrisa y mirada llena de encanto femenino.
Como no tiene familia, pasa su vida recorriendo las diferentes ciudades de Alemania, dando conferencias referentes á la importancia de la labor femenina: concreta su acción a los trabajos políticos, como medio eficaz para alcanzar el triunfo del feminismo. (Cáceres, 1909: 152)
Cuando se trata de las sufragistas en Londres, emergen las reticencias de Cáceres frente a un comportamiento al que concibe como excesivo por su cariz anti-institucional. Aunque la autora vea en las líderes del movimiento feminista inglés una continuación del “apostolado” de Mary Wollstonecraft, se muestra suspicaz frente a las mujeres que intentaron entrar a la fuerza en el Parlamento y que, en la protesta de Hyde Park (The Mud March, 1907, fig. 2), se atrevieron a romper las ventanas de la edificación. fig. 2),
Imagen 2. Portada de The Daily Mirror con la noticia de “The Mud March” de las sufragistas inglesas (11 de febrero de 1909), https://www.alamy.com/680-front-page-of-the-daily-mirror-reporting-the-mud-march-image212842753.html
Cáceres condena el fanatismo de las jóvenes movilizadas por un “beático ensueño”, enceguecidas y vehementes que, gracias a la institucionalidad moderna y la humanidad de los magistrados, no las haría protagonistas de un calendario hagiográfico:
El meeting de las feministas inglesas tiene un epílogo, es un epílogo triste que principia con aspecto grotesco, para terminar con un desenlace doloroso. Veintiocho mujeres se encuentran en la prisión por haber roto los vidrios del Parlamento; dos están condenadas de hecho a dos meses de prisión, a las demás les está permitido conmutarla con una multa de fr. 625; todas prefieren sufrir la condenación abriendo así la lista del martirologio feminista. Serán las mártires del sufragio, cuya actitud recuerde la mística abnegación de los antiguos cristianos, aunque solo por el gesto de beático ensueño y el espíritu de sacrificio, porque seguramente los ministros ingleses, son más humanos que los magistrados del paganismo, y no permitirán que una causa que encierra un clamor de justicia social llegue a constituir un calendario de víctimas voluntarias, enceguecidas por su fanatismo y su vehemencia. (1909)
Acá sale a relucir otra dimensión de su concepción divergente de la temporalidad y, sobre todo, de su cariz relacional. Cuando se trata de las inglesas, parece encomiar los tiempos presentes, más civilizados que los años del paganismo en los que estas mujeres, mártires anacrónicas, habrían sido castigadas sin clemencia. Esto contrasta con lo que refiere en la introducción, cuando plantea al feminismo como una consecuencia no necesariamente celebratoria de la modernidad.
Cáceres afirma que el sufragio “es el aspecto menos simpático de las modernas aspiraciones [feministas]” a las que concibe como contrarias a “nuestro empirismo social” (Cáceres, 1909: 314). El “nosotros”, identidad colectiva, es el recurso al que apela la autora cuando aborda asuntos más controversiales. A esto se añade la ironía y la ridiculización de la apariencia física de las luchadoras feministas, como lo hace con Flora Drummond, a la que llama, en masculino “el Director General” del movimiento feminista y de quien comenta, con sorpresa y alivio, su ausencia de vergüenza y sentido del ridículo:
[B]ajo las órdenes del Director General, señora Flora Drummond, quien sin duda conociendo el espíritu de su raza, que no se presta a la burla, no teme ponerse en ridículo, al investirse de las insignias de su alto grado: lleva un casco militar galoneado con los colores de la liga, charreteras, un echarpe blanco con borlas de oro y su título escrito sobre el pecho con letras bordadas: General Director. (Cáceres, 1909).
Es posible leer una ironía en la referencia al rango de Drummond en castellano y en masculino, al igual que en la ridiculización de la apariencia de la luchadora. La ironía posibilita la ambivalencia estratégica para negociar con la mirada patriarcal mientras expone sus puntos de fuga. Al no adaptar al femenino el rango de “Director General”, capitaliza la potencia de la traducción para exponer la naturalizada separación entre “mujer y poder” (Valcárcel, 1991). Entretanto, hace un guiño a la mirada patriarcal y participa de los múltiples discursos escrito-visuales que caricaturizaban a las luchadoras feministas en la prensa del momento.
En el diálogo constante de Cáceres con la modernidad, resulta particularmente incisivo su comentario acerca de la democratización del feminismo o, más bien, su devenir en una moda. Aunque la autora celebra que el feminismo inglés haya logrado convocar en sus manifestaciones a mujeres de todas las clases sociales, oficios y profesiones (1909: 316), cuestiona la proliferación de alianzas performativas en el campo socioliterario y artístico del momento:
Si hoy está de moda ser feminista, y grandes literatos creen, al defender los intereses jurídicos de la mujer, asumir una actitud magnánima, de gran señor, algo así nos recuerda la caballería medioeval, aunque ciertamente la moderna sería menos quijotesca y más humana: los jóvenes literatos, escritores, periodistas, poetas y todos los artistas, en general, siguen esta tendencia é imponen la moda. Un gomoso en el mundo aristocrático dejaría de serlo si no fuese feminista; una broma, una opinión en contra de la reivindicación de la mujer, se considera de mal gusto, y los elegantes se cuidan bien de pronunciarla. (Cáceres, 1909: 314).
En el marco de la reflexión mayor sobre la modernidad, la cuestión de las modas ideológicas constituye un punto controversial. Cáceres condena la frivolización del feminismo y lo que concibe como sus excesos improductivos o, incluso, contraproducentes. De allí que, como lo hará en su labor asociacionista (Pachas Maceda, 2019), opte por los pactos con el poder y con las distintas instancias patriarcales, en lugar del idealismo y la romantización revolucionaria de la lucha. Esto es lo que vemos en sus comentarios suspicaces sobre la participación de las mujeres en los congresos feministas y políticos en Europa:
En vano las feministas que visten pantalones, ó las que recorren las calles blandiendo estandartes, e invaden, en corporaciones, los pasillos de los ministerios, pretenderían atribuirse la promulgación de dicha ley [del divorcio que autoriza a la mujer a contraer matrimonio trescientos días después de separarse], ni aun el haber sido las inspiradoras. Los hombres que la han dictado, obedecen a un sentimiento más elevado, más noble: el de la equidad humana; el de la justicia.
[…]
Los feministas que desean tanto mejorar la condición de la mujer, podrán observar que el mejor medio de obtener reformas es confiarlas a los hombres. Ellos saben lo que conviene a las mujeres, y les conceden los derechos que creen necesarios a las mayorías, cuando las mujeres se hacen acreedoras de ellos, mostrando con la evidencia de la práctica, que son dignas de apreciar y utilizar los derechos que les confieren. (303)
Cáceres recomienda confiar en los varones para tomar las decisiones angulares para las mujeres alegando su saber mientras niega el propio y el de sus congéneres—saber que, empero, ha expuesto a lo largo del ensayo. Es posible leer en este planteamiento una forma estratégica de la práctica situada que Ludmer (1984) definió como el “[d]ecir que no se sabe, no saber decir, no decir que se sabe, saber sobre el no decir”, con el objetivo de entablar el juego entre “acatamiento y enfrentamiento” (Ludmer, 1984) siempre relacional. Estos pliegues y repliegues son la base de la inestabilidad epistémica del ensayo y la complejidad ideológica que lo alejan del manifiesto o el panfleto.
De hecho, Cáceres rechaza la dimensión performativa de un tipo de feminismo
que opta por la extravagancia en el discurso y la indumentaria, como también lo expone su crítica a la participación de las mujeres en los congresos políticos europeos, tales como el Congreso Socialista de Nancy (1907): “El solo hecho de que [las mujeres] se encuentren presentes nos desagrada, desearíamos verlas discretas, al menos, pero sucede lo contrario”, (Cáceres, 1909: 309).
Apelando al colectivo, “nosotros”, cita las palabras de Geoges Grosjean, aliado de las causas feministas, para refrendar su postura crítica frente a ciertas formas de acción política que quebraban los imaginarios y espacios asociados con lo femenino: “Grosjean piensa como nosotros, que las mujeres, en política, dan prueba de su frivolidad y de un apasionamiento que llega á la impertinencia” (Cáceres, 1909: 310). Aunque sería posible leer aquí una forma de sumisión o apelación a la autoridad masculina, con la referencia a Grosjean desde un “nosotros”, Cáceres invierte la tradicional práctica de la ventriloquización en la que los hombres hablaban por las mujeres-- concebidas como seres histéricos, exentos de logos e inhabilitados para el discurso articulado (Dijkstra, 1986)--, pues es la mujer quien pone al hombre a hablar por ella – y por el colectivo que articula en su interlocución-- y es ella quien administra y regula su discurso (para decirlo con Pratt, interrumpe y reorganiza el monólogo masculino).
Así, Cáceres deviene una feminista inconforme e, incluso “aguafiestas” (Ahmed, 2017: 11) con respecto al feminismo metropolitano, sus excesos y banalidades. El ejercicio genealógico, de construcción de redes y de visibilización de legados, se complejiza, pues la autora no traza líneas unidireccionales que asociarían las dinámicas propias de las capitales europeas con la modernidad y el progreso dignos de celebración y replicación, sino que expone sus reticencias y, en especial, su desconfianza hacia proyectos reivindicativos a los que concibe como inadecuados, performativos o insostenibles. El legado feminista metropolitano es, para Cáceres, un referente polémico, es decir, un punto constante de contraste e interpelación que ilumina universos de lo posible, mientras funge como un ejemplo concreto de lo que no se desea para el caso peruano.
Mujeres de ayer y de hoy: piezas incómodas para el inestable archivo feminista del Perú de entre siglos.
El texto de Cáceres ilumina zonas incómodas del inestable y, con frecuencia, ilegible, archivo feminista del Perú de entre siglos. Su postura conciliatoria con el orden institucional y las estructuras patriarcales y su constante apelación a los imaginarios esencialistas de lo femenino – aunque sea desde su reinstrumentalización—muestran su participación de lo que Eliana Rivero ha denominado un “feminismo femenino”, concepto fundamental para comprender las formas de adquisición y ejercicio de poder desplegadas por las mujeres latinoamericanas en el tránsito a la modernidad y, sobre todo, para descolonizar nuestros feminismos mediante el reconocimiento de la doble otredad de las mujeres (Rivero, 1994: 24). El feminismo femenino se refiere a los proyectos reivindicativos que se mantienen dentro de los límites de los imaginarios patriarcales de lo femenino e ilumina una praxis propiamente hispanoamericana en la que
[L]lo femenino se instaura—compleja y problematizadamente—como la reafirmación de una situación histórica-personal-cultural-social, común a las mujeres […] de cualquier situación, que representan en sus textos una aceptación de los roles que el patriarcado les asigna, o que subvierten dichos papeles en la ironía de sus discursos, a contrapelo humoroso de la “tradición”. (40)
No en balde el “nosotros” tan enunciado por Cáceres en sus referencias a las feministas europeas a las que concibe como radicales o excesivas: la primera persona plural pone de relieve una mirada situada capaz de tornar la Otredad en una identidad que resquebraja la jerarquía sociocultural.
Asimismo, el abanico de mujeres feministas, sus sujetos, objetos y agendas en el ámbito metropolitano es angular para la reflexión y negociación de Cáceres con el feminismo que promulga, concebido como parte de un proyecto mayor y de reforma de la modernidad. Este proyecto estaría adecuado a la especificidad cultural peruana, un contexto en el que prioriza el orden institucional aún endeble y el ethos burgués que es, desde su reinstrumentalización, la condición de posibilidad para el tipo de trayectoria política e intelectual desplegada por la autora: sostenida y sin estridencias, en contraste con la bohemia latinoamericana establecida en Europa (Miseres, 2017: 413). Esto es lo que vemos en sus comentarios sobre el Centro Social de Señoras que fundaría en 1905 y cuya dirección asigna a Matilde Guerra de Miró Quesada, “una de las más ilustres damas de nuestra sociedad, por su notable inteligencia, por su origen aristocrático y por la familia notable que ha sabido formar, pues sus hijos figuran en los más altos puestos de la república” (203). El propósito de esta institución era brindar a las mujeres herramientas educativas y laborales que les permitieran modos dignos de subsistencia, no obstante, sin atentar contra el establishment limeño del periodo:
El Centro Social, [sic] de Señoras no se propone prodigar conocimientos tan vastos como los que abarcan los colegios de varones en la enseñanza secundaria; ni preparar señoritas para que lleguen al doctorado. Esto sería desconocer nuestra sociedad y encaminar a la mujer hacia la misma huella seguida por los hombres, con tan perjudiciales resultados, desorientándola, desde luego, de su elevada misión de madre y educadora de sus hijos. (Cáceres 1909: 12)
Este pasaje expone la repolitización y capitalización de la diferencia sociosexual: no se desea la igualdad de las mujeres ante los hombres, al menos no en clave de imitación, porque estos distan de ser un modelo para la sociedad. También, evidencia las interseccionalidades y los puntos ciegos del tipo de feminismo sociopolítico de Cáceres, concebido como una versión modernizada e institucionalizada de las acciones caritativas desplegadas por señoras acomodadas. El Centro Social es dirigido por una mujer de clase alta y, además, tiene en las burguesas su principal objetivo. Para Cáceres, este grupo sociosexual y socioracial sería el más afectado porque a la ausencia de educación y medios de instrucción laboral se le añaden los prejuicios vetustos de una clase social en decadencia:
Los trabajos del Centro Social de Señoras representan la mejor expresión de la caridad cristiana y llenan un vacío, puesto que divulgan la educación moderna, con aplicación práctica a las necesidades de la vida. es libertar a las víctimas de la aguja y desvanecer el ya tenue prejuicio de que el trabajo deshonra. (Cáceres, 1909: 211)
En lo tocante a los silencios gestionados por la autora, es elocuente la ausencia de menciones a las mujeres indígenas o racializadas en el programa del Centro Social[12]. Así, si en otros ámbitos, como el inglés, Cáceres destaca el carácter interclasista del feminismo; para el caso peruano propone un feminismo con solidaridades de clase, en lugar de transversales. También es importante la mención expresa a un tipo de formación que no busca doctorar a todas las mujeres, aun cuando la misma autora haya obtenido este grado académico en el Instituto de Altos Estudios de La Sorbona. Esto resulta menos una tensión ideológica que una demostración de la conciencia de la autora acerca de la parcelación entre las distintas facetas de su identidad intelectual y política – la construcción estratégica de la identidad que menciona Scott—y, también, su capacidad de adecuar su discurso a sus agendas e interlocutores.
De hecho, mientras el ensayo feminista de Cáceres no concibe una posibilidad más allá del “feminismo femenino” (Rivero, 1994) o el feminismo relacional (Offen, 1988), sus textos literarios exponen horizontes individualistas con protagonistas transgresoras que, incluso desde el ethos burgués y católico (como lo vemos en Mi vida con Enrique Gómez Carrillo, 1929), emprenden trayectorias impensables labradas desde la ruptura radical con cualquier forma de abnegación y de comunidad (expresa en el “nosotros” al que, con tanta frecuencia, apela Cáceres en su escritura ensayística). Se trata de feminidades individualistas y egoístas (Grau-Lleveria, 2008) que lidian por márgenes de libertad para ellas mismas en donde poco importa la bondad o la lucha social. Laura, la protagonista de La Rosa muerta (1914), es hostil al matrimonio y a la maternidad y está decidida a vivir una vida estética anclada en el goce individualista del cuerpo y la sexualidad no des intelectualizada – pues también irrumpe contra el arquetipo de la femme fatale (Grau-Lleveria, 2018; Morales-Pino, 2021). En Las perlas de Rosa (1914), Cáceres presenta a un personaje femenino que resignifica su muerte al tornarla la manifestación de su propio poder ético-estético (Grau-Lleveria, 2024). Si para la autora, en su feminismo académico, resultan incómodas las bulliciosas feministas alemanas, las que rompen vidrios o usan pantalones en el marco de una gesta por mayores reivindicaciones; o, incluso, celebra a las escritoras “que además de un raro talento, tienen la alta cualidad de comprender y proclamar, sin timidez, la sabia moral del catolicismo; pidiendo á la mujer que no olvide su corazón hecho de sacrificio, ni la bondad infinita que necesita en su misión de compañera del hombre” (Cáceres, 1909: 344-345); sus obras literarias muestran a sujetos femeninos que quiebran el mandato de bondad, abnegación y subordinación y que se desvinculan de la lucha social o el apoyo a los sectores populares. Al respecto, resultan centrales los planteamientos de Grau-Lleveria (2024) sobre las discrepancias entre la escritura narrativa y la ensayística de las escritoras del tránsito al siglo XX:
[L]a práctica novelística siempre fue, para las madres republicanas también, el espacio donde los discursos que no podían articularse en el ensayo feminista femenino encontraban las grietas para crear designaciones ilegítimas y cuerpos indóciles a las distintas hegemonías. (8)
El abordaje crítico de la producción intelectual de las mujeres desde las grietas, en lugar de las constantes o continuidades es clave para la legibilidad de los textos de autoras como Cáceres y para ponderar críticamente y en clave de complejidad, la inestabilidad epistémica que atraviesa sus textos. Reconocer las distancias y los recorridos divergentes entre los posicionamientos públicos y políticos de la autora-- en sus conferencias, su praxis asociacionista y sus escritos vinculados con estos ámbitos-- y su producción artística, permite revisitar los pliegues incómodos del archivo feminista del Perú del entre siglos que permanecen soslayados por su cariz inquietante o no complaciente y, especialmente, por su resistencia a las clasificaciones y simplificaciones orientadas a sistematizar y organizar, en clave unidimensional, una densa y discontinua historia intelectual.
Revisar el ejercicio genealógico desplegado por Cáceres en sus escritos, los distintos manejos que hace de las redes intelectuales vinculadas por el proyecto ideológico feminista, al igual que los desdoblamientos que plantea frente al imaginario tradicional del legado y las jerarquías geoculturales entre Europa y América Latina en el temprano siglo XX, permite reconstruir las rutas divergentes de los feminismos de Cáceres, sus dobleces, agendas y estrategias. Es decir, el feminismo relacional que defiende y hasta idealiza la diferencia sociosexual, el feminismo feminista y conciliador con el sistema patriarcal de consentimiento, el feminismo estratégicamente ambivalente, el feminismo burgués y católico (Araujo, 2009), y el feminismo individualista que identificamos en los personajes femeninos impensables que protagonizan su producción artística. Estas divergencias o, como diría Rita Felski (2000), “representaciones en competencia” (7) de imaginarios femeninos y feministas y de modernidad, exponen también las formas que adquiere la transgresión vehiculizada desde una clara conciencia escrituraria y del posicionamiento ideológico-político en el que la autora plasma, como lo referiría Josefina Ludmer (1985), la dimensión relacional del saber y del decir en clara conciencia de los “lugares y prácticas y, sobre todo, de los interlocutores. Esto se enmarca en una reflexión (des)constructiva sobre la modernidad que es profundamente moderna, articulada por un sujeto moderno, como Cáceres, que entiende la necesidad de superar la linealidad unidimensional – o no contradictoria—para, por un lado, construir universos posibles en los que tengan cabida las mujeres desde la negociación con sus especificidades socioculturales, pero, también, para iluminar “los roles activos de las mujeres y sus contribuciones [aunque complejas y contradictorias] a los procesos históricos” (Felski, 1995: 7).
El texto de Cáceres, ponderado en diálogo con su producción artística, expone las múltiples y no convergentes capas del disgregado archivo feminista de entre siglos. La simultaneidad divergente entre los feminismos metropolitanos y los locales, pero, también, entre el mismo corpus de la autora, ilumina la temporalidad feminista (Felski, 2000), con sus distintos sujetos y ritmos que desbordan las periodizaciones tradicionales (2) y las categorías reductivas. Reconocer esta divergencia e inestabilidad y nombrarla es angular para iluminar las zonas grises del archivo y desenmascarar sus lógicas organizativas.
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Recibido: 30/01/2026
Evaluado: 04/04/2026
Versión Final: 14/04/2026
páginas / año 18 – n° 47/ ISSN 1851-992X /2026
[1] Este artículo es posible gracias al apoyo del proyecto CAP PI1104 financiado por el Vicerrectorado de Investigación de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
[2] Con respecto a la biografía de Cáceres y su trayectoria política e intelectual, se sugiere revisar los trabajos de Carmen Ruíz Barrionuevo (2008), Kathia Araujo (2009, 2010) y Sofía Pachas Maceda (2019, 2024), citados en la bibliografía.
[3] Cuando habla de la “literatura femenina”, no hace distinciones geográficas o culturales e, incluso, pone en entredicho la marca diferencial mediante la transcripción de los planteamientos de figuras masculinas reconocidas como Paul Acker, quien comentaría, aunque en tono peyorativo, que “las novelas femeninas no difieren de las que escriben los hombres: son tan osadas, pornográficas, impetuosas y apasionadas como las que produce la pluma masculina” (1909: 343-344).
[4] La apelación a las estéticas y éticas, demodé no fue exclusiva de Cáceres. Otras escritoras latinoamericanas del temprano siglo XX optaron por la mirada hacia atrás y, en suma, una visión del pasado como espacio-tiempo más amable para las mujeres contexto de celebración de la marcha acelerada – o promisoria-- del progreso. Buenos ejemplos los constituyen las obras de autoras como Clorinda Matto, en textos como “La vuelta del recluta” (1887), Virginia Gil de Hermoso, con la novela El recluta (s/f) y, posteriormente, Teresa de la Parra con obras como Memorias de mamá blanca (1929).
[5] Por ejemplo, el Centro Social de Señoras, fundado en Lima 1905 y el colectivo Feminismo Peruano (Pachas Maceda, 2024), establecido en la capital peruana en 1924. El primero brindaba instrucción académica y laboral a las mujeres, lo que era angular en tiempos de posguerra en los que las mujeres debían sacar adelante a las familias antes sostenidas por sus esposos, padres o hermanos. El segundo fue una instancia de lucha por reivindicaciones y derechos, como el del sufragio femenino. Ahora bien, esta defensa del sufragio será posterior en la trayectoria de Cáceres, lo que ilumina los pliegues y las derivas ideológicas de una autora que continúa desafiando los intentos de clasificación parcelada y unidimensional.
[6] Por supuesto, existen referentes anteriores—y posteriores-- en términos cronológicos y provenientes de otras coordenadas geográfico-culturales. Un ejemplo clave, con el que sin duda alguna dialoga el trabajo de Cáceres es el texto de Christine de Pizan (1405), La ciudad de las damas. Como lo refiere Judith M. Bennett, “By focusing on the accomplishments of such notable women, de Pizan used history to argue that the misogynists of her day were wrong when they lambasted the supposedly inherent evils and weaknesses of the female sex. She also used these outstanding examples to spur the women in her own lifetime on to greater virtue and accomplishment. At the very end of her book, she exhorted all women: ‘My ladies, see how these men accuse you of so many vices in everything. Make liars of them all by showing fort your virtue, and prove their attacks false by acting well…” In the hands of Pizan, then, history became a feminist tool; she used history to celebrate women’s past accomplishments, she used history to rebut the accusations of misogynists, and she used history to urge her female contemporaries on to greater goals”. (Bennett 1989, 252).
Los planteamientos de Bennett sobre de Pizan condensan las operaciones ideológicas de la genealogía y, sobre todo, la potencia transformadora de los usos políticos del pasado y la escritura de la historia, como lo identificamos también en el texto de Cáceres.
[7] Nos referimos al concepto del referente polémico propuesto por Amorós, el cual destaca el cariz relacional y dialógico de todo planteamiento que es, antes respuesta que propuesta: “Ningún pensamiento se entiende si se desconoce su referente polémico, si no se sabe con quién, de forma explícita o no, está discutiendo” (Amorós, 2005: 39).
[8] La tesis no está disponible en el repositorio institucional de La Sorbona. Pachas Maceda comenta, en la reedición de Mujeres de ayer y de hoy bajo el sello editorial Heraldos (2022), que la autora publicó una versión de su trabajo de grado en la revista literaria El Ateneo en 1906. (Pachas Maceda 2022: 17).
[9] Nos referimos al diálogo intertextual con el clásico ensayo de Pardo Bazán, La cuestión palpitante, centrado en el naturalismo y la compleja relación entre la literatura, la ciencia y la modernidad.
[10] Las diferencias emergían al momento de definir los caminos para lograr estas reivindicaciones o delimitar el tipo de educación o trabajo que consideraban apto para las mujeres. Este fragmento del texto de Cáceres expone las diferentes posturas en torno a la educación femenina por parte de las intelectuales alemanas: “Al inquirir cuál es la educación que se debe dar a la mujer, Elena Lange opinó porque se desarrollaran todas sus facultades. […] Lina Morgenstern se muestra más amplia, cuando se expresa así: “La mujer debe ser educada de manera que se haga de ella un ser sano, fuerte y bien desarrollado, que conserve la belleza de su sexo; se debe tratar de formarle un carácter enérgico, que la haga capaz de dominarse, sin que por eso la excluya del amor del prójimo y de la fidelidad á sus obligaciones. El mejor medio de llegar a esa educación es el ejemplo y la enseñanza”. Mina Cauer va más lejos en sus apreciaciones: “El problema de la educación quedará resuelto, dice ella, cuando se abra camino á la mujer, de modo que pueda seguir todas las carreras que existen para los hombres; y el único modo de lograrlo es que se le faciliten los mismos medios de educación que a éste; solo así podrá elegir una profesión a su gusto y esta sería la única [forma] de conseguir mejorar la educación de la mujer, haciéndola apta para desempeñar una profesión, como acontece en los Estados Unidos”. Lili Braun, [sic] se manifiesta decidida por la educación mixta, al pedir que las niñas y los niños estudien untos en los colegios: [sic] Alice Salomón, [sic] cree necesario que la mujer obtenga una profesión, para que pueda mantenerse por sí. La doctora Auguspurg, se manifiesta como Lili Braun, partidaria de la coeducación, además, pide que profundice sus estudios hasta donde sea posible. La doctora Raschke, piensa que se deben introducir los principios fundamentales del derecho en los cursos de enseñanza, y en este sentido trabaja activamente. Charlotte Böicher, dice: “Que se dé a la mujer una instrucción sólida según sus cualidades y talento, pero que no se contraríen con sus aficiones”. (Cáceres, 1909: 167).
[11] Esto es lo que harán escritoras como Christine de Pizan y las autoras posteriores, por ejemplo, Mercedes Cabello en “La influencia de la mujer en la civilización”: apelar al discurso de la bondad superior del sujeto femenino para justificar e incluso, celebrar, que las mujeres no participasen en la política, campo corrupto por causa de los hombres.
[12] Aunque Pachas Maceda comenta que el blanco de acción y preocupación del Centro Social eran las mujeres con pocos recursos económicos (2022, 17), resulta relevante la cuestión de la interseccionalidad y el silencio en torno a las mujeres pertenecientes otros grupos socioraciales en el programa de esta institución.