Movilización política e identidad partidaria en los inicios de la Unión Cívica Radical
Movilización política e identidad partidaria en los inicios de la Unión Cívica Radical[1]
Political mobilization and the formation of party identity in the Unión Cívica Radical's beginnings
María José Navajas
Instituto Ravignani,
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina)
https://orcid.org/0000-0002-1603-3638
Resumen
Este artículo analiza el ciclo de movilización iniciado tras la ruptura de la Unión Cívica en 1891 y clausurado tras las elecciones legislativas de 1892, con la ciudad de Buenos Aires como escenario principal. Centrándose en la actuación de los radicales, examina la organización de los clubes parroquiales y las actividades desplegadas en la esfera pública para disputar los comicios. El análisis privilegia la escala local para dar cuenta de la organización territorial y las dinámicas vecinales en una ciudad en plena expansión.
Se explora la reorganización de los comités locales y las etapas de la disputa electoral: inscripción, selección de candidatos, comicios y cierre del ciclo de movilización. En cada instancia, se pondera la importancia de la calle como ámbito principal de la movilización, junto con otros espacios como teatros, salones, parques y canchas. También se delinean los perfiles de los participantes y se examinan las consignas y referencias simbólicas que guiaron la acción pública de los radicales, definiendo su identidad partidaria.
Palabras clave: Elecciones; movilizaciones; identidad partidaria; partidos políticos; radicalismo.
Abstract
This article explores the cycle of mobilization sparked by the breakup of the Unión Cívica in 1891, culminating in the legislative elections of 1892, with the city of Buenos Aires as its central stage. Focusing on the actions of the Radical group, it examines the organization of neighborhood political clubs and their activities within the public sphere as part of the electoral contest. The analysis privileges the local scale to shed light on territorial organization and neighborhood dynamics in a rapidly expanding city. The study delves into the reorganization of local committees and the key stages of the electoral struggle: registration, candidate selection, voting, and the closing of the mobilization cycle. At each phase, it assesses the prominence of the street as the principal space of mobilization, alongside other venues such as theaters, halls, parks, and sports fields. Finally, it outlines the profiles of participants and examines the slogans and symbolic references that guided the Radicals’ public actions, shaping their partisan identity.
Keywords: Elections; mobilizations; partisan identity; political parties; radicalism.
Introducción
Tras la Revolución del Parque (26 de julio de 1890) se abrió una etapa de intensa agitación política: los gobernantes debieron afrontar el impacto de una profunda crisis económica y la amenaza recurrente de motines y levantamientos. Así, los primeros años de la década de 1890 estuvieron marcados por la zozobra y la incertidumbre acerca del rumbo general del país, afectado por la pérdida del valor de su moneda, los pagos a los acreedores externos y la fragmentación de su dirigencia política. La movilización de amplios sectores de la sociedad fue una expresión contundente de tales circunstancias que no pasó inadvertida para los contemporáneos, pero que solo recientemente ha sido tematizada por la historiografía. Una parte significativa de esa movilización se produjo en el marco de las estructuras de partidos políticos que comenzaban a establecerse como actores permanentes de la vida pública argentina. En los últimos años, varias investigaciones han abordado ese protagonismo, examinando el cambio en las concepciones sobre la representación y el papel de los partidos como instancias mediadoras entre un siempre inasible “pueblo” y los cuerpos de gobierno (Alonso, 2017; Hirsch, 2021).
Este artículo examina el ciclo de movilización iniciado tras la ruptura de la Unión Cívica a mediados de 1891, cuyo escenario principal, aunque no exclusivo, fue la ciudad de Buenos Aires.[2] Se trató de un periodo acotado, vinculado al calendario electoral nacional que determinaba dos fechas clave: la primera, en febrero de 1892 para la elección de diputados nacionales, y la segunda, en abril, cuando debían votarse electores presidenciales. Sin embargo, tal como veremos luego, la movilización quedó limitada a esa primera instancia electoral. El foco estará puesto en la actuación del sector antiacuerdista, es decir, los “radicales” quienes, bajo la conducción de Alem, mantuvieron el rol de oposición y se organizaron para disputar los comicios. El propósito es reconstruir la formación y funcionamiento de los clubes parroquiales, y analizar las actividades desplegadas en la escena pública de la capital nacional. La instalación de las agrupaciones y la disposición de recursos para afrontar el alejamiento de los partidarios que adhirieron al acuerdo requirieron una labor continua y ardua para asegurar la subsistencia de la agrupación y dotarla del vigor suficiente para competir en los comicios.
Aunque el tema de los partidos políticos y las elecciones ha sido ampliamente estudiado, para el período aquí considerado no existen enfoques que privilegien la escala local y examinen la participación y movilización en sus aspectos materiales y simbólicos.[3] Este tipo de análisis destaca la importancia de la organización territorial, sus dinámicas de funcionamiento, y pone en primer plano a una diversidad de sujetos cuyo capital político se construyó a través de la articulación y movilización de los ciudadanos en el ámbito vecinal, en el contexto de una ciudad en plena expansión.
El texto sigue un orden cronológico: en primer lugar, aborda el escenario de excepcional incertidumbre post levantamiento de julio de 1890, examinando el impacto del anuncio del acuerdo entre Mitre y Roca, y el proceso de ruptura de la Unión Cívica. Luego, analiza la actuación de los radicales para reorganizar los comités locales y competir por el triunfo en los comicios. Finalmente, considera las distintas etapas de la disputa electoral: inscripción en los padrones, selección de candidatos, comicios, disputa por los resultados y cierre del ciclo de movilización. En cada instancia podrá apreciarse la importancia de la calle como ámbito principal de la movilización, pero también otros espacios como teatros, salones, parques y canchas.[4] Asimismo, quedarán delineados los perfiles de los participantes, analizando las consignas y referencias simbólicas que ordenaban su acción pública al tiempo que iban definiendo una identidad partidaria.
La Unión Cívica: del triunfo moral a la ruptura
Luego de la derrota militar de los cívicos en el Parque de Artillería, y tras algunas jornadas cargadas de dudas y temor, se produjo la renuncia del presidente Juárez Celman y su reemplazo por el vicepresidente Pellegrini (Navajas y Rojkind, 2021). La noticia cambió el estado de ánimo de la población que salió a las calles a celebrar, convencida de que el cambio en el Ejecutivo nacional auguraba una nueva era política y una pronta recuperación de la economía. Así, aunque la revolución había fracasado, la dimisión presidencial se tradujo en el discurso público como un triunfo moral que trascendía el resultado en el campo de batalla e inauguraba un ciclo de reparación cimentado en la virtud republicana (Rojkind, 2012 y 2016). En ese contexto, la Unión Cívica se organizó para disputar las elecciones nacionales de 1892 y colocar en la presidencia a una figura que honrara su bandera “principista”. Siguiendo la carta orgánica partidaria, se llevó a cabo, en enero de 1891, la Convención en Rosario que proclamó la fórmula Bartolomé Mitre – Bernardo de Irigoyen.[5]
Pero la perspectiva de una confrontación electoral no era saludada con entusiasmo por una parte considerable de la dirigencia política. El gobierno, en particular, veía con preocupación la persistencia de los problemas económicos y las turbulencias que presagiaba un ciclo electoral signado por la conflictividad, por lo que decidió ensayar una fórmula ya conocida: un acuerdo entre las cúpulas partidarias para afrontar la sucesión presidencial y la renovación de la Cámara de Diputados. Apenas arribado Mitre a Buenos Aires fue convocado por el ministro del Interior, Julio A. Roca, para entablar negociaciones. La anuencia de Mitre con la propuesta significó un súbito cambio de escenario para la Unión Cívica y un nuevo y definitivo factor de tensión entre sus principales dirigentes (y presumiblemente también entre las bases partidarias).[6] A mediados de mayo, el presidente del partido, Leandro Alem, se pronunció en contra de cualquier tipo de acuerdo, pero las tratativas para resolver la situación en las instancias formales del partido siguieron unas semanas más. Finalmente, la ausencia de los acuerdistas en la reunión pactada para el 27 de junio fue la señal definitiva. Los antiacuerdistas – que ya empezaban a adoptar el mote de “radicales” – definieron ese acto como la “escisión mitrista” responsabilizando al expresidente y a sus acólitos por la ruptura.[7] A partir de entonces, la agrupación surgida en abril de 1890 quedó fracturada: los cívicos nacionales, respaldando el acuerdo con el oficialismo, y los radicales, rechazando todo pacto que evitara la competencia en las urnas.
En la ciudad de Buenos Aires la situación fue particularmente dramática porque la mayoría del comité central había adherido a la propuesta oficialista, provocando desconcierto en los clubes parroquiales, base de la organización partidaria y engranajes clave de la participación electoral. Las noticias provenientes de la cumbre partidaria configuraron un clima de agitación en los comités barriales y la inmediata movilización de estudiantes universitarios que en menos de diez días llevaron adelante tres manifestaciones.[8] La primera ocurrió el domingo 28 de junio: a las dos de la tarde partieron desde el local del comité nacional en procesión hasta la casa de Alem para expresarle su completa adhesión. Unos “ochocientos jóvenes de la Universidad, …dominados por el más ardiente entusiasmo, dieron vivas al Dr. Alem y á la Unión Cívica, prorrumpiendo de cuando en cuando en gritos de ¡Abajo el acuerdo! ¡Mueran los traidores!”.[9] Al día siguiente, un grupo de estudiantes concurrió a la reunión del comité nacional que decidió separar a los delegados y convencionales pronunciados a favor del acuerdo, y reorganizar los comités de la provincia de Buenos Aires y de la Capital. La participación de los estudiantes generó controversia en la prensa política: ¿cuántos eran?, ¿a quiénes representaban?, ¿qué valores defendían?[10] Tanto los cívicos nacionales como los radicales afirmaban contar entre sus filas con la mayoría de los jóvenes y estudiantes, esos mismos que ya habían alzado su voz contra el régimen juarista en septiembre de 1889.
El 2 de julio, otro grupo de jóvenes convocó a una reunión en un salón de la calle Tacuarí para aprobar un documento que expresara el respaldo de los estudiantes al acuerdo y desmintiera la representación que se arrogaban los radicales.[11] Cuando comenzaban a debatirse los pormenores de la declaración, ingresaron al salón, “vivando á la Unión Cívica y al Dr. Alem”, unos doscientos jóvenes que se habían movilizado desde el comité nacional. La irrupción provocó “una gran confusión” y los miembros de la comisión que presidía la reunión “fueron desapareciendo poco a poco”.[12] Los antiacuerdistas dieron por concluida su misión:
“Después del espléndido triunfo que acabamos de obtener debemos estar satisfechos y dispuestos á tomar una determinación tranquila sobre el asunto que aquí nos ha reunido. Vamos á declarar públicamente que la manifestación celebrada el último domingo en honor del doctor Alem fue realmente producida por la juventud universitaria con el propósito bien meditado de hacer una declaración de ideas francamente opuesta á la política del acuerdo.”[13]
De inmediato se resolvió desalojar el salón, que ya se encontraba custodiado por la policía para prevenir desórdenes y tumultos, y los jóvenes que habían interrumpido la reunión volvieron a reunirse en el comité nacional.
Nuevamente, surgieron versiones encontradas en la prensa, exacerbando la disputa en torno a la representación de la juventud. Los radicales decidieron convocar a una nueva manifestación con el pretexto de rendir homenaje a Leandro Alem y a Bernardo Irigoyen: el 5 de julio la comitiva partió desde el comité hacia la residencia de Irigoyen y luego marchó a la casa de Alem. Durante el regreso al comité, los manifestantes se cruzaron con la policía y hubo incidentes menores. Los organizadores, a través de los “comisarios” nombrados para mantener el orden, se ocuparon de deslindar responsabilidades y atribuyeron el alboroto a “elementos extraños… cuya intervención no ha podido impedirse”. La reiteración de ese tipo de situaciones sin duda expresaba un clima de tensión e inquietud, pero también la preocupación de los participantes por demostrar una conducta de apego al orden y contraria a la violencia.
Si prestamos atención a la fisonomía de los actos, no se advierten variaciones importantes: primero, la ocupación de la calle y la procesión hasta el punto de encuentro con los dirigentes partidarios, generalmente sus residencias particulares o, a veces, el comité nacional. Luego, ya en el punto de llegada, era el momento de los discursos, que solían convertirse en un diálogo entre los líderes – Alem e Irigoyen – y la juventud congregada. La oratoria reafirmaba los motivos primigenios de una movilización iniciada casi dos años atrás y también nutría una identidad radical en ciernes.[14] Allí la palabra “intransigencia” fue reiterada en varios pasajes vinculada a distintos registros discursivos, pero siempre con una connotación virtuosa. Por una parte, el valor de la intransigencia se vinculaba con una matriz cristiana que glorificaba la idea de sacrificio y martirio para la salvación de la República: “qué fue Jesucristo sino un gran intransigente de la idea, que no vaciló en beber el cáliz simbólico, la copa del martirio?”.[15] Por otra parte, la intransigencia era la condición cívica requerida para la salvaguarda de la constitución y la defensa de las “heroicas provincias… oprimidas y esclavizadas”.[16] El diagnóstico reiterado era que, a pesar de la derrota militar en el Parque, la revolución persistía en el espíritu público. Sin embargo, la situación era igual o peor a la vivida en los meses previos al levantamiento del 26 de julio, y por lo tanto, no era admisible la claudicación que expresaba el acuerdo. Esas expresiones enfervorizaban al público que aplaudía y aclamaba a sus dirigentes.
En este punto aparecen ya delineados varios elementos que permiten caracterizar al sujeto colectivo que dará cuerpo a una nueva agrupación política dispuesta a disputar los comicios nacionales. En primer lugar, la unidad en oposición a un otro que ha desertado del compromiso fundacional expresado en el manifiesto de julio de 1890, aquél que había justificado el recurso a la violencia para derrocar al gobierno de Juárez. Esa oposición a quienes secundaban el acuerdo quedó materializada en la ocupación de las calles y en los rituales allí desplegados que cimentaron los vínculos entre quienes participaban de esos actos, reivindicando la bandera de la intransigencia y denunciando las promesas incumplidas por el presidente. A su vez, la idea de intransigencia entroncaba con una retórica propia del cristianismo que glorificaba el sacrificio altruista exigido para la salvación de la patria (tópico reiterado en varios momentos de la acción política). Esa intransigencia encontraba su justificación en un diagnóstico de la situación donde los males que habían motivado el levantamiento de julio se habían agudizado. Por ello resultaba inadmisible todo pacto con los responsables de la ruina del país, pero también la pasividad y la resignación. En este sentido, la figura de los jóvenes, representando la integridad y la virtud, así como la virilidad y el fervor, se recortaba como el estereotipo del militante ideal del naciente radicalismo.[17]
La reorganización partidaria
La efervescencia en las calles se nutría del protagonismo de los jóvenes e involucraba una abierta disputa por la representación de la Unión Cívica y su capital simbólico. Un aspecto clave de esa disputa acontecía en el ámbito más pedestre de los clubes políticos barriales que constituían la estructura de base de la organización partidaria. Por esa razón, la decisión de contender en los comicios nacionales volvía urgente la tarea de recomponer los comités de cada parroquia y el comité de la Capital.[18] Desde finales de la década de 1880, la ciudad estaba dividida en dieciséis parroquias que funcionaban como distritos electorales; el territorio que comprendía cada uno era dispar en cuanto a extensión y densidad poblacional. Sin embargo, se trataba de una ciudad sin segregaciones marcadas y con una población socialmente heterogénea distribuida en todos sus sectores.[19]
En algunas parroquias –San Cristóbal, La Piedad, San Miguel, Montserrat y Pilar– la adhesión al comité nacional presidido por Alem fue inmediata y prácticamente unánime. A través de comunicados al comité nacional o mediante “manifiestos” dirigidos a los vecinos (y publicados en la prensa partidaria), los integrantes de los clubes expresaron su respaldo y el rechazo absoluto por el accionar de los acuerdistas. En el caso de San Cristóbal, la comisión directiva decidió retirar a sus delegados del comité Capital y emitir una proclama, fechada el 28 de junio, para justificar esta decisión. Allí señalaba a los acuerdistas como un “grupo diminuto” dentro de la dirección del partido, compuesto en su mayoría por “logreros” que no habían participado en la lucha “por las libertades perdidas”. Además, invocaba la causa de las “provincias oprimidas”, frente a la cual no era posible permanecer indiferentes. El argumento, reiterado en varios discursos, refería a conflictos que estaban afectando a Córdoba y a Catamarca, pero también funcionaba como una alusión general e inclusiva dentro de la contienda retórica contra los acuerdistas, al tiempo que otorgaba a la movilización de la UCR en la Capital Federal un carácter de liderazgo solidario y magnánimo con respecto al resto del país. Además, el tema formaba parte de la doctrina fundacional de los cívicos que en sus proclamas habían exigido el “respeto de las autonomías federales” y habían acusado al juarismo de haber “escarnecido” el régimen federal consagrado por la Constitución Nacional.[20]
La cuestión no quedó reducida a un tópico discursivo. En el caso de Catamarca, había denuncias sobre diversas maniobras fraudulentas en la elección de gobernador, por lo que el comité nacional resolvió enviar a Oscar Liliedal “para estudiar la situación” (Etchepareborda, 1968: 128).[21] Al llegar a la provincia, Liliedal y varios miembros de la Unión Cívica de Catamarca fueron arrestados bajo la acusación de conspiración. Esta imputación pareció confirmarse poco después por el estallido de un levantamiento cívico en la madrugada del 23 de junio que logró la destitución del gobernador y el establecimiento de una Junta Revolucionaria. Pero el éxito de los revolucionarios fue breve: el Ejecutivo nacional consiguió aprobar en pocas horas una ley de intervención federal que dispuso la reposición del mandatario. Unas semanas más tarde, Liliedal fue liberado y regresó a Buenos Aires. Su llegada coincidió con el acto de reorganización del comité de La Piedad.
Examinemos la escena: frente a una multitud que desbordó la capacidad del teatro Goldoni, el presidente del club, Miguel A. Páez, inauguró el acto evocando la lucha de la Unión Cívica, que “santificó con sangre de sus mártires los principios democráticos”, logrando derrocar “el funesto gobierno de Juárez Celman y, con él, todo el ignominioso régimen implantado en la república por su progenitor, D. Julio Roca”. Lamentablemente, ese preciado logro había quedado trunco, los cívicos se encontraban otra vez en el punto de partida porque las esperanzas depositadas “en el hombre que representaba una promesa de gloria para la felicidad de la patria han sido defraudadas”. Ese hombre era Mitre, quien, según Páez, había aceptado el “beso de Judas” al aliarse con el oficialismo que él mismo había combatido durante veinte años.[22] Al concluir los discursos, fueron proclamadas las autoridades del club en las distintas comisiones y quedó formalizada la reorganización de la agrupación. Entonces, Páez invitó a los asistentes a sumarse a la manifestación que llegaba desde la estación de tren. Allí habían concurrido a recibir al Dr. Liliedal, la “Juventud Nacional Principista” y el club “Mariano Moreno”.
El contingente, encabezado por dos bandas de música, marchaba por Rivadavia hacia el sur en dirección al teatro. Ahí se formó una columna de aproximadamente 4.000 personas, que recorrieron las calles de la parroquia “dando vivas entusiastas y recibiendo… los aplausos y las flores que les arrojaban las distinguidas damas que ocupaban los balcones”. Como en otras ocasiones, la casa de Alem fue la parada establecida. Allí, la multitud entonó el himno nacional antes de escuchar los discursos del presidente de la Unión Cívica y del héroe del momento, Liliedal. Alem celebró la fundación de un nuevo club radical y el regreso de su correligionario, “el animoso porteño y patriota cívico que no trepidó en ir a ayudar en la contienda por la libertad a una provincia oprimida”. Su conducta se identificaba con la de los ciudadanos que se manifestaban en las calles de Buenos Aires y desde allí debía “partir la voz de aliento para las provincias oprimidas… las provincias que luchan por la reconquista de sus libertades”. Esa unidad de la causa fue ratificada por Liliedal: “todos estamos obligados a concurrir a la salvación de las libertades, sea cual fuere el sitio de la República donde peligrasen”.
El cierre de la manifestación estuvo marcado por un incidente menor frente a la casa del general Manuel J. Campos, una figura denostada por los radicales, señalada como responsable de la derrota militar en el Parque. Según la versión recogida por el diario partidario, las provocaciones habían procedido de la casa del propio Campos. Desde los balcones, algunos individuos no identificados lanzaron gritos contra los manifestantes: “¡Mueran los mazorqueros! ¡Mueran los radicales!”. Pero una vez más, los comisarios designados por los organizadores intervinieron para controlar la situación y evitar que la violencia escalara.
La reorganización de los comités parroquiales siguió adelante: aunque con un ritmo dispar y algunos retrasos, los clubes lograron completar la elección de delegados y la Convención se realizó en la fecha estipulada para proclamar la fórmula Irigoyen-Garro y rechazar formalmente el acuerdo. A partir de entonces, el movimiento en los comités no cesó: se establecieron nuevos clubes en todo el territorio de la capital y se multiplicaron las actividades. Además de las tareas propias de las instancias electorales, se cumplieron otras relativas a la conmemoración de las efemérides cívicas. Ambas resultaban fundamentales para consolidar la estructura partidaria y afianzar el vínculo de pertenencia de sus adherentes.
Plano 1: distribución de clubes y comités radicales a fines de 1891[23]
Entre la liturgia partidaria y la acción proselitista
La Convención de agosto convalidó la ruptura, pero la imposibilidad de la convivencia entre cívicos nacionales y radicales ya había quedado expuesta durante el aniversario de la Revolución del Parque. El intento de realizar una ceremonia unificada en honor a los caídos fracasó ante la postura inflexible del sector alemnista.[24] La convocatoria de la UCR apeló al “pueblo de Buenos Aires”, sin distinciones partidarias, pero la organización se estructuró en los comités barriales. Los correligionarios fueron citados a las sedes de sus clubes parroquiales para marchar juntos hacia la Plaza de Mayo. Este espacio emblemático de la historia nacional fue el punto de partida de una procesión cívica que culminó en el cementerio de la Recoleta, donde se depositaron coronas en las tumbas respectivas. El evento se desarrolló ordenadamente y con el carácter solemne propio de una ceremonia luctuosa.[25]
Semanas después tuvo lugar una conmemoración festiva: el 1 de septiembre, marcado por el protagonismo juvenil. La fecha evocaba la primera convocatoria pública que había desafiado la uniformidad juarista y simbolizaba el heroísmo de la juventud que los radicales reivindicaban como propio. Así, la disputa con los acuerdistas no solo continuaba abierta, sino que cobraba mayor vigor. La agrupación “Juventud Nacional Principista” se ocupó de invitar al acto en el Teatro Politeama:
La juventud que no tiene por altar una imprenta y por evangelio un diario; […] la que es leal al programa de principios que la ilumina y guía, y fuerte por la fe que en ellos tiene, va a renovar su protesta enérgica contra aquellos que prometiendo al pueblo en momentos solemnes honradez administrativa y libertad de sufragio han conducido a la república por el mismo sendero de miseria y vergüenza que hizo que esa misma juventud se congregase en aquel día de recuerdos gloriosos.[26]
Aquí aparecía otra vez el reclamo por las promesas incumplidas y la imagen del regreso a un punto de partida que exigía fortalecer los vínculos y no claudicar en la lucha. La fisonomía del acto, por su parte, tuvo características diferentes: más estructurado y con un programa sinfónico ejecutado por una orquesta. Los discursos alternaron con las piezas musicales, entre ellas, una marcha compuesta especialmente para la ocasión, titulada “Redención” y dedicada a Alem. Los oradores rememoraron los inicios de la agrupación, la lucha y los sacrificios realizados, que se proyectaban sobre el presente para quienes sostenían los “ideales” y las “promesas” enarboladas tiempo atrás. Para el presidente de la juventud, la disputa generacional era entre los “viejos partidos” y el “personalismo”, por una parte, y un “verdadero partido de principios”, por otra. La dicotomía, a su vez, se asociaba a la forma de tramitar los conflictos y resolver el dilema de la representación popular: mientras la UCR se disponía a emprender un camino de “lucha y sacrificio” hacia las urnas, el oficialismo, aliado con el mitrismo, defendía la vía de la negociación y un acuerdo que sólo tendría por resultado el “ataque de las libertades y de las autonomías de las provincias”. En ese último punto se reforzaba la misión que la UCR asumía desde Buenos Aires como bastión de defensa de la libertad y paladín solidario frente a los dolores y opresiones que afectaban a las provincias.[27] Y aunque se anticipaban fraudes y violencias para impedir el triunfo del pueblo en los comicios, para los radicales resultaba un estímulo:
“Si mañana las puertas de la legalidad están cerradas, conocemos el camino; no habrá obstáculo que nos detenga ni barrera que no salvemos. Somos la vanguardia, combatimos los primeros; los primeros nuevamente, entraremos en pelea.
Juventud! a luchar por la patria cumpliendo el más sagrado de los deberes, o morir por la libertad conquistando los lauros inmarcesibles de la gloria.”[28]
Así se concatenaban varios elementos retóricos y prácticos que cimentaban un sentido de la palabra radical: el rechazo al acuerdo y la reivindicación de la intransigencia adquirían una valoración positiva y virtuosa en contraste con un sistema político que había llevado al país a un escenario de profunda perturbación. Los jóvenes, dispuestos a la lucha y al acto sacrificial una vez más, expresaban esas cualidades que se materializaban en la escena pública en cada uno de los actos y movilizaciones.
Previo al inicio de la inscripción, el comité nacional organizó visitas a los clubes parroquiales encabezadas por Leandro N. Alem. Esos convites funcionaron como actos proselitistas para galvanizar la adhesión de los ciudadanos con el partido: entre el 11 y el 19 de septiembre hubo una decena de eventos, algunos en los locales de los clubes parroquiales, otros, con una concurrencia más numerosa, en los teatros barriales (el Doria en Balvanera, el Iris en San Juan Evangelista y el Edén en La Piedad).[29] La descripción de la prensa partidaria enfatizó el carácter concurrido y apasionado de los encuentros, asegurando que las asambleas habían resultado “mucho más numerosas, selectas y entusiastas que las realizadas al instalarse los clubs”. De esa manera quedaba demostrado que las filas de la UCR “se ensanchan” y que sus ideales “se han encarnado en el pueblo”.[30]
Ya fueran cientos o miles los asistentes, el protocolo del acto era casi idéntico: entonación del himno nacional y luego los discursos, empezando por las autoridades del club parroquial y cerrando con las palabras del presidente del partido, el Dr. Alem. En algunos casos, como el de Balvanera o el de la Concepción, el evento concluía con una nutrida procesión callejera.[31] Los discursos recorrieron algunos tópicos comunes: además de insistir en el cumplimiento de los deberes cívicos para hacer valer los derechos ciudadanos “en todo terreno”, enfatizaron el rol principal de la ciudad de Buenos Aires que habría de mantenerse “firme” para acompañar a las “infortunadas provincias”. El acuerdo entre Mitre y Roca era duramente cuestionado: no sólo se trataba de un “engaño”, de una “nueva farsa” y un “fingido lazo de unión” para mantener sin cambios el régimen impugnado en el 90, sino que era una verdadera “afrenta” que “ultrajaría la dignidad nacional, porque lleva en sí el germen maldito de humillación ante el que manda”.[32] La retórica contra la política acuerdista se articulaba, además, con la noción de partido de “principios” que se diferenciaba claramente de la conducta de mitristas y roquistas. En esa noción los liderazgos tenían una connotación diferente también: aunque Alem era reconocido como un dirigente destacado, sus atributos lo convertían en un par antes que en un jefe: “amigo leal”, “hombre probo y austero”, que batallaba “con tesón y entusiasmo en los clubs, en los comicios y en los parlamentos por la causa popular y la estabilidad de nuestras instituciones”.[33]
La inscripción: “nadie tiene el derecho de ser neutral”
El primer casillero de la competencia electoral era la inscripción en el Registro Cívico. La tarea requería de una prolija organización de los clubes para reclutar adeptos y movilizarlos al sitio fijado en cada una de las parroquias. Así comenzaron semanas de actividad incesante: el diario partidario publicaba todos los días avisos invitando a los vecinos a manifestar su adhesión a “los principios de la Unión Cívica que preside el Dr. Leandro N. Alem” y dejar sus datos – nombre y domicilio – en el registro del club parroquial. Esa información resultaba de vital importancia para la instancia final de conformación de los padrones, ya que permitía refutar las impugnaciones por inscripciones indebidas.[34] Los avisos incluían la dirección de la agrupación y los horarios de atención, y los días de reunión de las comisiones de propaganda. A medida que transcurrían las semanas se sumaban más clubes al trabajo de los comités parroquiales, llegando a superar las tres decenas.
En las jornadas de inscripción comenzaban a definirse las posibilidades de triunfo de los contendientes. Aunque la ley electoral regulaba el proceso, las autoridades de las mesas inscriptoras mantenían cierto margen de discrecionalidad. Como ya era costumbre, y con el propósito de evitar tumultos durante la inscripción, se estipuló que los ciudadanos se organizaran según su pertenencia partidaria para cumplir el trámite alternadamente. Los representantes del acuerdo exigieron que sus partidarios fuesen considerados de manera independiente (afiliados a la Unión Cívica Nacional y afiliados al Partido Autonomista Nacional por separado). Los radicales, claramente perjudicados por ese criterio, se opusieron firmemente. Pero más allá de la disputa, es interesante notar que tanto desde los clubes como desde las autoridades se promovía la identificación partidaria. A pesar de la retórica acerca de los deberes cívicos y de la figura del ciudadano como sujeto clave del sistema de representación, el ejercicio efectivo del derecho al voto involucraba la adscripción a un partido político que actuaba como mediador de facto, aunque la legislación vigente no lo reconociera como tal. La tensión entre ambas nociones estaba muy presente en la prensa partidaria que exhortaba enérgicamente a los ciudadanos a cumplir con el requisito de inscripción, aunque no estuviesen adscriptos a ningún partido:
“El derecho de la inscripción es inviolable y constituye uno de los deberes más grandes del ciudadano, porque con su cumplimiento se prepara el camino de una elección libre y de su olvido dependerán las desgracias que en adelante aflijan al país.
Nuestros amigos hasta ahora han llevado debidamente ese mandato del patriotismo, pero una parte numerosa de la población se abstiene de concurrir a ese acto, quizá por un injustificable egoísmo, que en esta época es lamentable, porque todo sacrificio es poco ante la anormal situación que impera en la república y que exige el contingente de todos los hombres de bien para mejorarla.
En los centros parroquiales se hacen activos trabajos a fin de que a la inscripción de mañana concurra el mayor número posible de ciudadanos; pero no basta esto solamente, deben asistir a inscribirse todos aquellos que se titulan pomposamente neutrales, porque deben tener presente que nadie tiene el derecho de ser neutral cuando circunstancias como las actuales reclaman el concurso decidido del ciudadano.”[35]
La etapa de la inscripción estuvo signada por la inestabilidad de las candidaturas del oficialismo y por rumores de levantamientos armados.[36] La prensa radical desmentía estas acusaciones y, a su vez, denunciaba las acciones del gobierno que destinaba dineros públicos a la adquisición de armamento y la movilización de tropas. Los mismos periódicos informaban reyertas puntuales, vinculadas a la inscripción y a la actividad de los clubes, que involucraron dosis variables de violencia. El incidente más grave se produjo entre radicales del Club Defensores del Pueblo y vigilantes de la policía que intentaron llevarlos detenidos bajo la acusación de disturbios callejeros en las cercanías del comité central. Según El Argentino, los correligionarios sólo estaban respondiendo a los saludos de “varias señoritas” que desde un balcón vivaban al Dr. Alem y a la UCR, cuando se resistieron a la pretensión de los agentes. El diario celebró la actitud resuelta de los radicales, reseñando como saldo del enfrentamiento “dos presos y tres o cuatro vigilantes magullados”.[37] Así, el relato reafirmaba la imagen que tenían los radicales de sí mismos y las cualidades requeridas para ejercer y reclamar los derechos ciudadanos: virilidad, espíritu de sacrificio, coraje, fervor y perseverancia marcaban el deber ser del militante.
Al cierre de las jornadas de inscripción, el presidente del comité capital informó al comité nacional que una parte significativa de los inscriptos por los partidos del acuerdo eran fraudulentos, estimando que podrían restar más de tres mil votantes a los acuerdistas mediante el proceso de impugnación. Además, explicó que los radicales no habían logrado más inscriptos debido a “las obstrucciones puestas por las mesas”, pero certificó la autenticidad de los ciudadanos ya registrados, ponderando la labor realizada por los clubes parroquiales.[38] Mientras el trámite de la conformación de padrones seguía su curso, el comité nacional convocó a una asamblea extraordinaria para “dar cuenta de los trabajos del partido y de su situación en la república”. El anuncio adoptó un tono épico: “la asamblea del 20 será un segundo 13 de abril”, allí los ciudadanos podrían “hacer oír, una vez más, la enérgica protesta” contra los responsables de la situación económica y política del país.[39]
“Vivimos en perpetuo 13 de Abril”
Un año y ocho meses después, la movilización contra el gobierno volvía a concentrarse en el Frontón de Buenos Aires. Las esperanzas aparecían renovadas bajo el liderazgo de los dirigentes que habían rechazado el acuerdo y convocaban una vez más a la lucha. El evento pretendía ser una reedición de la gesta heroica que había concluido con la Revolución del Parque, pero que ahora cifraba sus expectativas en las urnas. Alem, principal orador, resolvió, “en vista del entusiasmo del público” y “del anhelo general”, prescindir de la reseña que tenía preparada sobre la actividad partidaria – “un trabajo laborioso y largo” – y proponer al cierre de la asamblea una manifestación por las calles de la capital “para mostrar quiénes somos nosotros y cómo estamos organizados”. El multitudinario desfile, con Alem y los dirigentes al frente, quedó delimitado por los clubes parroquiales, que organizaron sus contingentes y mostraron sus banderas, uno de ellos, el “Defensores del Pueblo”, portaba una enseña igual a la del Parque. La fisonomía de la procesión no desentonó con las grandes manifestaciones propias de la escena porteña: la alegría y el fervor se expresaron en los vivas a la dirigencia partidaria, a los candidatos y a la juventud argentina con gritos jubilosos que “atronaban en el espacio”. Desde azoteas y balcones, “damas, niñas y jóvenes” aplaudían a los concurrentes y arrojaban flores. Por último, la crónica apuntó un dato importante: “En el trayecto muchos mitristas se adhirieron al meeting ya sea incorporándose a la columna cívica o vivando desde los balcones”.[40]
La descripción del evento en la prensa partidaria (pero también en los diarios afines) y la oratoria de los dirigentes reforzaron algunos tópicos que ya habían circulado durante los meses previos en los actos organizados por los clubes parroquiales. Por una parte, la apropiación de la gesta del Parque y de la bandera original de la Unión Cívica. En clave bíblica, Alem exclamó: “este movimiento… tiene su página escrita en la historia y no debemos cederlo a nadie: somos los mismos que hemos guardado el arca santa, el arca sagrada en donde están depositadas las aspiraciones del pueblo”.[41] Por otra parte, el diagnóstico de la situación: el escenario era peor que antes de la renuncia de Juárez, las promesas de Pellegrini no se habían cumplido y los dineros públicos, en un contexto económico que seguía siendo crítico, estaban financiando armamentos y tropa para reprimir al pueblo y sostener al “régimen”. La única salida era ofrecida por la Unión Cívica –en su versión radical e intransigente– y demandaba un sacrificio inclaudicable en nombre de la libertad y el honor de la patria, porque un nuevo triunfo del oficialismo sería una humillación para el país. En ese punto la legitimidad de la violencia comenzaba a esbozarse nuevamente en la imagen de un pueblo que tenía el derecho y el deber de resistencia frente a un sistema de abusos y degradación de la república. Durante las semanas siguientes, ya en la antesala de los comicios, dicho argumento se hizo cada vez más explícito como corolario de las denuncias por el despliegue de fuerzas y de maniobras fraudulentas para asegurarse un triunfo en las urnas.
Al mismo tiempo, las tareas partidarias se cumplían con precisión y denuedo. La instancia de inscripción culminó con una demanda de los radicales ante el juez federal. Dos días antes de la votación, el magistrado emitió su fallo y envió a las mesas electorales el listado de individuos inhabilitados para votar. Esta decisión afectaba especialmente a los partidos del acuerdo y no fue acatada por la mayoría de las mesas que, bajo control oficialista, procedieron con padrones sin depurar. Por otro lado, el comité de la capital había logrado reunir su convención para seleccionar candidatos a diputados y senadores, y coordinar los actos de proclamación en los clubes parroquiales. Aunque el ámbito –teatros, clubes, parques– y las actividades variaban, el propósito era común: cada club buscaba “desplegar a la vista del jefe del partido las poderosas fuerzas de opinión que cuenta el radicalismo” e incentivar la participación de sus afiliados en las urnas. En cada acto participaba Alem, candidato a senador, junto con algunos candidatos a diputados.[42] No hay demasiadas referencias sobre las cualidades particulares de los postulantes. La prensa partidaria señalaba que encarnaban “los deseos de la mayoría”, y que eran el resultado de elecciones democráticas, “hombres probos, patriotas probados, formados en la lucha diaria”. Pero fundamentalmente se trataba de “representantes genuinos de nuestro partido” que habrían de asegurar “la fiscalización diaria de los actos gubernativos, la normalización financiera” y el procesamiento judicial “de los que se han alzado con los dineros del pueblo y han expoliado la fortuna nacional”.[43]
“Cada cívico debe ser mañana un voto y un soldado”[44]
La jornada electoral se desarrolló bajo un importante despliegue de agentes policiales, cada comisario pudo disponer de hasta cien vigilantes armados para evitar tumultos y agresiones entre votantes, asegurando que “cada agrupación de los partidos en lucha” se mantuviera “a una distancia regular una de otra”.[45] La prensa radical advirtió que se trataba de una violación de la normativa vigente que prohibía cualquier “ostentación de fuerza durante el acto electoral”. Pero el jefe de Policía justificó su decisión por los rumores que anticipaban la posibilidad de disturbios, y aseguró que las armas sólo se usarían “en el caso extremo de que aquellos rumores se realizaran.”[46] Bajo un clima similar, el comité radical de la provincia de Buenos Aires optó por la abstención electoral, pero las autoridades de la capital ratificaron la decisión de competir y movilizaron a sus correligionarios en todas las parroquias. Al finalizar la votación y el escrutinio provisorio, Alem envió un telegrama a los presidentes de los comités provinciales celebrando “un espléndido triunfo” de la UCR que era, además, un aliciente “para seguir luchando por la libertad de las provincias esclavizadas”. En el mismo texto denunciaba al gobierno por convertir los comicios en un “campamento de operaciones militares” y permitir “el más escandaloso fraude de que haya memoria, amparados por la policía”.[47] Esa lectura contenciosa de los comicios aparecía claramente expresada en los titulares de la prensa partidaria: “fraude sobre fraude” y “triunfo radical” se destacaban en medio de otros epígrafes que resumían la intensidad que había adquirido la disputa en las mesas electorales.
Además, las crónicas periodísticas resaltaron el ímpetu y la tenacidad de la competencia en los atrios, que se prolongaría durante semanas para asegurar las bancas en la instancia final: la Cámara de Diputados, responsable de dictaminar sobre la validez de los diplomas de sus miembros. A pesar de las declaraciones iniciales del presidente de la UCR, el resultado de la votación tardó en definirse. En varias parroquias, la diferencia de votos había sido mínima y en otras hubo enfrentamientos violentos que alteraron el desarrollo de los comicios. El comité de la capital designó una comisión de abogados, uno por parroquia, para recibir denuncias y testimonios que fundamentaran la presentación ante la justicia. Se solicitó la colaboración de quienes tuvieran “conocimiento de falsificaciones, fraudes u otras violaciones”, apelando al deber ciudadano de castigar los “escandalosos abusos cometidos por el oficialismo”.[48]
Por otra parte, El Argentino anunció una suscripción para socorrer a los heridos y víctimas de la violencia, y planteó la idea de un “meeting de indignación” por los abusos policiales cometidos durante la jornada electoral.[49] Pero el fervor ya demostrado por las movilizaciones radicales y la intensificación de la retórica de la resistencia alertaron al gobierno que desautorizó la marcha. Entonces sólo pudieron concretarse dos actos públicos: una velada literaria en un teatro, organizada por la Juventud Principista para reunir fondos para las víctimas, y un cortejo fúnebre por la muerte de un correligionario, herido en un enfrentamiento con la policía durante la votación en La Piedad.[50] Los dirigentes del partido y los afiliados del club parroquial participaron del velatorio y la procesión que llevó el féretro “a pulso desde la casa mortuoria” hasta el cementerio de la Recoleta, un recorrido de poco más de dos kilómetros. El sentido político de esa muerte fue explícito: no solo se despedía al “compañero querido”, sino que se protestaba “contra el oficialismo victimario”. El fallecido era una víctima más de un régimen despótico y también un mártir, “alevosamente asesinado por las seides de Caín”. Su partida, sin embargo, no debía propiciar tristeza y aflicción entre sus correligionarios, porque se trataba de la “más hermosa de las muertes”, ocurrida en combate por la libertad y la honra de la patria. Por lo tanto, la tumba de los caídos debía convertirse en un templo donde consagrar un compromiso eterno por la libertad, jurando “vencer o morir”.[51]
Así, la procesión y el acto en el cementerio operaron como una ceremonia partidaria. Aunque podría considerarse un episodio menor comparado con los enfrentamientos ocurridos poco tiempo antes en el Parque, la ritualidad adoptada situó esta muerte en el martirologio radical que poco tiempo después quedaría materializado en el monumento a los caídos situado en el mismo cementerio de La Recoleta.[52]
Aunque la movilización quedó desactivada por la actitud represiva del gobierno, las denuncias por los hechos de violencia y las irregularidades en la formación del padrón electoral llegaron a los jueces, que, en algunos casos, fallaron a favor de los reclamos radicales. Sin embargo, el cómputo definitivo de los comicios fue verificado por la Cámara de Diputados a mediados de junio y asignó las bancas a los candidatos del acuerdo.[53] La certeza de la derrota llegó en un contexto muy distinto para el radicalismo: los comicios presidenciales ya habían tenido lugar, pero a diferencia de las elecciones de febrero, la competencia había sido inexistente debido a que los principales dirigentes de la UCR estaban encarcelados bajo la acusación de conspiración contra el gobierno. No obstante, esta primera experiencia desafiando el control oficialista sobre los comicios dotó al partido de destrezas y capacidad organizativa que se pondrían nuevamente a prueba en las elecciones de 1894, con resultados más auspiciosos.
Plano 2: lugares de referencias de actos y movilizaciones[54]
Consideraciones finales
El análisis del ciclo de movilización iniciado tras la ruptura de la Unión Cívica en 1891 revela la complejidad del proceso de reorganización que dio origen a la Unión Cívica Radical como agrupación partidaria autónoma. La fractura provocada por el acuerdo Mitre-Roca implicó una división en las dirigencias – analizada extensamente por la historiografía – y, al mismo tiempo, desencadenó una intensa labor en las agrupaciones de base a cargo de jefes de comités y clubes parroquiales, que hasta ahora no había merecido un examen equivalente. Esas agrupaciones redefinieron adhesiones y reconstruyeron sus propias estructuras para alinearse con el comité central bajo el liderazgo de Alem. El proceso no fue uniforme: mientras algunas parroquias expresaron su respaldo inmediato al sector antiacuerdista, otras requirieron un trabajo más arduo de reorganización. El calendario electoral nacional impuso el tono de urgencia a la recomposición y puso a prueba la habilidad organizativa de los dirigentes locales, así como su capacidad de convocatoria entre los vecinos de cada barrio.
En ese contexto, el papel de las movilizaciones callejeras y de los actos públicos fue central para cimentar lealtades y obtener adhesiones, transformando al espacio público porteño en escenario de disputa política. La calle se constituyó en ámbito principal de la acción partidaria y su ocupación se articuló con otros lugares significativos: teatros, parques y salones reunieron a grupos de variada magnitud bajo la consigna de rechazo al acuerdo. Este despliegue en la geografía urbana expuso la eficacia y el vigor de los radicales y configuró una ritualidad que combinó la demostración de fuerza numérica con la articulación de una discursividad que definió rasgos fundamentales de la identidad partidaria.
Dicha identidad retomó los fundamentos doctrinarios de la Revolución del Parque para legitimar una retórica de la intransigencia que funcionó como el núcleo conceptual que diferenció a los radicales tanto del oficialismo como de los cívicos nacionales. La impugnación a la propuesta acuerdista recogió nociones de una matriz cristiana que postulaba la sacralidad del sacrificio, cuyo altar era la patria y cuyos primeros mártires provenían de la lucha en el Parque. A partir de esa escena primaria se moldeó la imagen de revolución inconclusa y el reclamo por las promesas incumplidas que encontró una de sus consignas en la figura de las "provincias oprimidas", aún bajo el yugo de gobiernos que habían sobrevivido a la caída de Juárez. Esa figura funcionó como elemento unificador para proyectar la lucha porteña hacia una dimensión nacional y dotar al movimiento de una misión histórica trascendente.
En tal contexto, los jóvenes, especialmente los estudiantes universitarios, expresaron de manera cabal el estereotipo del militante radical, encarnando sus cualidades esenciales: integridad moral, fervor patriótico, disposición al sacrificio y rechazo a toda forma de claudicación. Esta caracterización no constituyó solo una retórica, sino que se materializó en formas específicas de participación política que combinaron la acción callejera con la deliberación en asambleas, la oratoria exaltada con la organización meticulosa de los actos. De ese modo, la configuración identitaria se nutrió tanto de la experiencia compartida de la movilización como de la elaboración de un relato que resignificaba la derrota militar del Parque como "triunfo moral" y proyectaba la lucha radical como continuidad necesaria de aquella gesta heroica.
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Recibido: 21/04/2025
Evaluado: 09/07/2025
Versión Final: 06/08/2025
páginas / año 18 – n° 47/ ISSN 1851-992X /2026
[1] La autora agradece a los evaluadores anónimos por sus comentarios y sugerencias, que contribuyeron a mejorar significativamente la versión final de este artículo. Asimismo, expresa su reconocimiento a los integrantes del proyecto UBACyT El "orden conservador" en discusión: nuevas hipótesis sobre la política argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, dirigido por Laura Cucchi, por sus aportes y discusiones durante el desarrollo de la investigación. También una mención al colega, Francisco Reyes, por sus generosas y acertadas orientaciones para abordar el tema. Este trabajo contó con el financiamiento de un PICT dirigido por Inés Rojkind, cuyo apoyo resultó fundamental para su realización.
[2] El análisis que propone este trabajo es tributario de las investigaciones sobre usos políticos del espacio público, al respecto: Tato y Rojkind, 2012.
[3] Un trabajo pionero sobre la participación electoral, referencia obligada para nuestro análisis, es Alonso, 1993. La importancia de la escala local para la comprensión de la movilización ciudadana quedó demostrada por Sabato, 1998.
[4] En el plano 2, incorporado antes de las conclusiones, están ubicados esos lugares emblemáticos y puede advertirse la densidad geográfica que adquirió el ciclo de movilizaciones en la etapa bajo estudio.
[5] Como bien apunta Paula Alonso, el procedimiento de la Convención expresaba creencias compartidas acerca del funcionamiento de los partidos en tanto establecía mecanismos de elección democráticos de los candidatos, de ese modo daba respuesta a algunos de los aspectos más cuestionados y conflictivos de la vida de las agrupaciones políticas que, en el caso de la Unión Cívica se derivaban de la heterogénea alianza que le había dado origen. A su vez, la elección de la ciudad de Rosario no fue ajena a esas dificultades y cumplió dos propósitos: “mitigar los recelos sobre un notable predominio porteño y tomar distancia del bastión de Mitre”, (Alonso, 2000: 110 y 114)
[6] Telegrama de Roca a los gobernadores sobre el acuerdo: “En una conferencia con el general Mitre hemos convenido la necesidad de suprimir la lucha electoral para la Presidencia futura, porque ella arrastrará al país, dada su situación actual, el descrédito y a gravísimas complicaciones, cuyo alcance es imposible medir. Espero que Ud. y todos los amigos de esa provincia me acompañen y me ayuden a realizarlo” 21 de marzo de 1891, (Ruiz Moreno, 2018: 179).
[7] El 5 de junio, en el diario El Argentino, fue publicada una columna cuyos párrafos principales son conocidos: “El radicalismo es una palabra de fresca data en nuestro vocabulario político. Nació después del 26 de julio. Hasta entonces, los que combatíamos al gobierno en nombre de la moral y de la Constitución se titulaban opositores o cívicos, y esa divisa bastaba y sobraba para que el pueblo supiera lo que se ofrecía y el gobierno entendiera lo que se reclamaba. Hoy han cambiado los tiempos y con los tiempos el valor de las palabras, a tal punto que pedir ahora lo elemental en materia de libertad y garantías electorales es una intransigencia tan grande y una temeridad tan impertinente que ya no puede hacerse con la sencillez de los tiempos viejos. Para tan poca cosa es necesario titularse radicales”.
[8] Además de estudiantes universitarios, hay referencias sobre la participación de estudiantes del Colegio Nacional y de la Escuela Normal de Profesores. El protagonismo de los jóvenes en general y de los estudiantes en particular fue una característica de origen de la Unión Cívica, que había surgido como “Unión Cívica de la Juventud” en septiembre de 1889.
[9] El Argentino, 29/06/1891.
[10] Los diarios formaban parte de la disputa partidaria, en la etapa aquí estudiada, El Argentino funcionó como el vocero de los radicales, mientras que La Nación fue el portavoz de los cívicos nacionales o mitristas. Otros periódicos, como La Prensa, participaban de los debates políticos, pero desde un lugar de mayor autonomía respecto de los alineamientos partidarios.
[11] No es posible desarrollar aquí la movilización de los jóvenes acuerdistas, pero hay varias referencias en La Prensa y La Nación sobre la organización de agrupaciones integradas por estudiantes que adhirieron al acuerdo.
[12] La Prensa, 3/7/1891.
[13] La Prensa, 3/7/1891. El orador fue Adolfo Mujica, de 24 años, integrante de la Unión Cívica de la Juventud, había participado del levantamiento de 1890, y oficiaba de secretario de Alem en el Comité Nacional.
[14] El uso del término “identidad” pretende abarcar distintos aspectos que dieron sentido a la agrupación política constituida en esos meses, entre los que cabe destacar las cuestiones relacionales y posicionales, las experiencias recientes y las narrativas históricas y, por supuestos, las variables simbólicas y afectivas. Esos distintos aspectos quedaron expresados y articulados en las escenas aquí consideradas, pero también fueron analizados por otros autores. Para el caso del radicalismo destaco el libro de Francisco Reyes, 2022.
[15] Fragmento del mensaje de Ramón J. Agüero, riojano y estudiante de quinto año de derecho, a Alem: “Representáis la incompatibilidad eterna entre la idea pura, entre el principio inmaculado y el bastardo interés material, …incompatibilidad en que se han colocado todos los grandes intransigentes, todos los grandes caracteres, todos los grandes innovadores”. El Argentino, 28/06/1891.
[16] El discurso era de Enrique Prack, estudiante de derecho, y cerraba así: “Somos intransigentes, porque no queremos abrazarnos con los que condujeron á nuestra patria al descrédito y á la ruina. Por eso somos principistas, por eso somos radicales, por eso somos intransigentes.” En menor medida aparecían también referencias a la responsabilidad del gobierno en la crisis económica. El Argentino, 6/07/1891. Sobre las movilizaciones previas de los estudiantes y la importancia del ejercicio oratorio: Hirsch, 2012.
[17] Estas cualidades atribuidas a la juventud ya habían sido expresadas unos años antes, cuando quedó establecida la Unión Cívica de la Juventud a fines de 1889. Sobre esa coyuntura: Navajas, 2019.
[18] En lo inmediato figuraban: la reunión de la Convención partidaria el 15 de agosto (para elegir una nueva fórmula presidencial), y la inscripción en los padrones de votantes que iniciaba el 1 de octubre (la ley fijaba el funcionamiento del Registro Cívico los domingos, en los atrios de las iglesias, durante dos meses)
[19] Como resultado de la federalización, la ciudad había pasado de una extensión de poco más de cuatro mil hectáreas (con 400 mil habitantes) a 18 mil. En las nuevas catorce mil hectáreas había unos veinticinco mil habitantes y sólo estaban trazadas y edificadas unas pocas manzanas en los poblados de Flores y Belgrano (Gorelik, 2016). Véase el plano 1.
[20] Manifiesto a los pueblos de la República, 17 de abril de 1890 y Manifiesto de la Junta Revolucionaria, 26 de julio de 1890 (Landenberger y Conte, 1890: 98 y 190). Sobre las ideas de Alem acerca del federalismo: Gallo, 2009, especialmente el capítulo 2.
[21] Liliedal, abogado y periodista de 39 años, había tenido una participación destacada en la Revolución del Parque y fue uno de los responsables de reorganizar el comité capital luego de la fractura de la Unión Cívica.
[22] El Argentino, 3/08/91. La demanda por promesas incumplidas fue recurrente en la retórica de la época, pero tuvo como destinatario principal al presidente Pellegrini (Navajas y Rojkind, 2024).
[23] El número 1, de la parroquia Balvanera, incluye dos agrupaciones: la Unión Cívica de Balvanera y la Juventud Principista de Balvanera; mientras que el 6, en Catedral al Norte, incluye cinco: el comité nacional de la UCR, el comité Capital, el comité de la parroquia, la Juventud Nacional Principista, y el Club Virtud Cívica. Es decir que los radicales establecieron un total de 32 agrupaciones en el periodo bajo estudio. La información de la ubicación de los clubes es producto del relevamiento realizado en el diario El Argentino, período julio-diciembre de 1891. Los planos fueron realizados gracias a la colaboración de Edgardo Riera, CPA CONICET (sección Patrimonio Histórico del Instituto de Historia Argentina y Americana, Dr. Emilio Ravignani).
[24] La idea conciliadora provino de una comisión de oficiales del Ejército (ex combatientes del Parque). El sector intransigente estuvo encabezado por Joaquín Castellanos (Reyes, 2016).
[25] Sobre las conmemoraciones del 26 de julio, Reyes señala que “la evolución de las disputas políticas a principios de la nueva década las convertirían –sin que los hombres de la UCR renunciaran a ese sentido «patriótico» o «nacional»– en verdaderos rituales político-partidarios” (2016: 45)
[26] El Argentino, 1/09/1891.
[27] “La capital, obedeciendo á esta gran ley de la solidaridad humana, será el corazón donde repercutan las palpitaciones de todos los pueblos de la república... Las glorias de las provincias son glorias nuestras y sus dolores son también nuestros, y mientras haya un solo pueblo oprimido, nuestra acción no cesará ni en la tribuna, ni en la prensa, ni en los meetings, ni en donde quiera que fuera necesario ejercitarla para salvar esa libertad hollada, esa ley conculcada.”, Discurso del presidente de la Juventud Nacional Principista, Manuel F. Escobar, estudiante de derecho, nacido en Salta (El Argentino, 3/9/1891).
[28] Discurso del estudiante Juan Martín de la Serna. El Argentino, 3/9/1891.
[29] Al concluir con esa intensa agenda, Alem inició una gira política por varias provincias.
[30] El Argentino, 14/9/1891.
[31] En Balvanera se registró el acto más numeroso con más de 3000 “hombres” en el teatro Doria. Seguramente el nivel de concurrencia se explica por la popularidad de Alem en su barrio natal. Además, Balvanera, de acuerdo con lo expresado por Barroetaveña, “fue la primera que se organizó para acompañar a los jóvenes que dieron el 1° de septiembre el grito de redención”. El Argentino, 14/9/1891.
[32] Declaración de la comisión directiva del club Unión Cívica de San Telmo, El Argentino, 19/9/1891.
[33] “Pocas veces, muy pocas, se tiene el placer de presenciar escenas como esta, en qué todos somos actores, unos organizándolas, otros con su presencia, algunos con su palabra y todos con el corazón.” Discurso del doctor Daniel Navarro (Club Unión Cívica de Balvanera), El Argentino, 14/09/1891.
[34] De acuerdo con la normativa, una vez concluida la etapa de la inscripción, las juntas calificadoras debían atender los reclamos por inclusión o exclusión indebida en el padrón. Para ello resultaba esencial demostrar los datos filiatorios y el domicilio del elector. La resolución de la junta podía apelarse ante el juzgado nacional correspondiente, cuyo fallo era definitivo para la conformación del registro de votantes. Ley número 893, 16/10/1877 (Remorino, 1954).
[35] “Deberes del Ciudadano”, El Argentino, 31/10/1891. La reivindicación de los partidos y de la disputa política fue parte del discurso de la prensa radical “…sin partidos políticos no hay democracia ni gobierno de opinión…la unanimidad es siempre un azote. Queremos que se organicen agrupaciones populares que nos disputen el triunfo en las urnas, y que juntos con nosotros soliciten de los poderes públicos franquicias para ejercer los derechos electorales.” Editorial, 23/10/1891.
[36] A mediados de octubre se conoció la renuncia de Mitre a la postulación presidencial y la irrupción de Roque Sáenz Peña como candidato de los ex juaristas. A principios de noviembre, roquistas y mitristas reanudaron conversaciones y lograron acordar listas mixtas para la elección de febrero (Alonso, 2010).
[37] El Argentino, 2/11/1891. El Club Defensores del Pueblo se organizó sobre la base de los integrantes de uno de los cantones que habían establecido los rebeldes durante las jornadas de julio de 1890 en la zona del Parque de Artillería.
[38] Oscar Liliedal a Leandro N. Alem, 30/11/1891 (publicado por El Argentino, 3/12/1891).
[39] La fecha del 13 de abril aludía al primer acto en el Frontón donde en 1890 se había organizado la Unión Cívica. “La asamblea del veinte”, El Argentino, 15/12/1891.
[40] El Argentino, 21/12/1891. La magnitud del evento fue reconocida por diarios no partidarios, como La Prensa, La Voz de la Iglesia y Le Petit Journal. La primera apuntó: “Es creencia generalizada entre mucha gente que la agitación cívica de protesta ha declinado notablemente a consecuencia de las perturbaciones que en su desarrollo levantó el acuerdo, pero los hechos rectifican ese error. El movimiento ha crecido popularmente, en vez de debilitarse, desde que se formó la Unión Cívica a esta parte; la prueba más concluyente es que una sola de sus fracciones ha llevado mayor número de partidarios al frontón que las dos unidas en abril del año pasado.”
[41] Una imagen similar aparece en el discurso que Alem pronunció en Córdoba como parte de su gira por las provincias (Reyes, 2018).
[42] Los candidatos a diputados fueron Francisco Barroetaveña, Joaquín Castellanos (director de El Argentino), Ángel Ferreyra Cortés, Oscar Liliedal y el general Teodoro García. El segundo candidato a senador fue José Manuel Estrada.
[43] “Manifiesto del comité de San Telmo”, El Argentino, 6/2/1892.
[44] “A las urnas”, El Argentino, 6/2/1892.
[45] Los agentes debían situarse en los atrios y alrededores, también en las azoteas de las casas inmediatas. “Medidas de organización. Distribución del servicio policial”, El Argentino, 6/2/1892.
[46] El Argentino, 11/2/1892.
[47] “Circular telegráfica del Dr. Alem a las provincias”, El Argentino, 8/2/1892.
[48] El Argentino, 17/2/1892.
[49] El Argentino, 8/2/1892.
[50] Andrés A. Arias había recibido una bala de remington, y luego de varios días de agonía, murió.
[51] Tomás Puig Lomez, abogado de 29 años, integrante del comité capital. El discurso completo en El Argentino, 17/2/1892.
[52] El proyecto del monumento surgió pocos meses después de la revolución, pero pudo concretarse tres años después. Los aportes de Reyes (2016) y Gayol (2013) son clave para entender la movilización política asociada a los rituales fúnebres de las dirigencias partidarias. Son incipientes aún los estudios referidos a figuras menores, como el caso aquí abordado (Navajas, 2012).
[53] La diferencia principal entre lo publicado por los diarios el 8 de febrero y lo validado por la Cámara de Diputados estuvo en las parroquias Catedral al Norte, Monserrat, San Telmo y San Miguel (en esta ni siquiera se computaron los votos). Además, en Santa Lucía y La Piedad, donde los radicales habían solicitado la anulación completa de los comicios por los actos de violencia, los candidatos del acuerdo obtuvieron una diferencia sustancial de votos (22% del total de votos, 1477 sobre 6727).
[54] En este plano están ubicados los lugares que funcionaron como referencias y ámbitos principales de la actividad pública de la Unión Cívica Radical entre mediados de 1891 y principios de 1892. Se incluye, además, el Jardín Florida, lugar donde se realizó el primer acto convocado por la juventud en septiembre de 1889.