Reseña bibliográfica
Saidón, G. (2024). Todos nuestros insilios: dictaduras en el Cono Sur: desplazamientos, escondites y silencios bajo el terrorismo de estado (y después). Editorial Prometeo: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 220 páginas.
Gabriela Saidón nació en Buenos Aires. Es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), periodista, escritora y docente. El libro Todos nuestros insilios, publicado en 2024 por la editorial Prometeo forma parte de la colección Pasados Presentes, dirigida por Débora D’Antonio. Dicha colección se propone abordar problemáticas vinculadas a la historia reciente desde una perspectiva interdisciplinaria, orientada tanto a un público especializado como a lectores interesados en estos debates. Los trabajos que la conforman buscan dialogar con demandas sociales actuales sin eludir las tensiones entre el rigor intelectual, los desafíos políticos y éticos de la producción de conocimiento y las impugnaciones provenientes de diversas formas de negacionismo.
El objeto del libro es el concepto de insilio, un neologismo en construcción, en relación dialéctica con el exilio, que la autora explora a partir de testimonios, tanto de personas que se reconocen (o no) como insiliadas, así como desde aportes de la investigación académica, el periodismo y el psicoanálisis. Uno de los intereses centrales de Saidón es “hacer hablar a los silencios”: nombrar una experiencia vivida por víctimas sobrevivientes del terrorismo de Estado, particularmente entre la segunda mitad de la década de 1970 y los primeros años de la década de 1980, que permanecieron durante largo tiempo fuera de los relatos dominantes de la memoria. Desde su formación en Letras, la autora realiza un análisis semántico del término insilio, al mismo tiempo que desarrolla una lectura histórica que lo inscribe como fenómeno regional, aunque con características específicas en cada país del Cono Sur. De esta manera, sostiene como hipótesis que la demora en el reconocimiento de esta experiencia se vincula con los procesos incompletos de recomposición del tejido social, que dejaron la persistencia de zonas de daño sin posibilidad de ser nombradas. En la medida en que continúe este silencio, el insilio persiste hasta nuestro presente, siendo una deuda de la democracia hacia las nuevas generaciones y, en parte, una explicación de la despolitización y derechización de los jóvenes en la actualidad. Frente a ese silencio, se pregunta: “¿qué desaparece en quienes quedan?” (Saidón, G. 2024, p. 18).
La introducción, titulada “Estaba la rana”, remite a una canción-juego infantil que Saidón utiliza como recurso narrativo para introducir la problemática del insilio. A lo largo de este apartado inicial, la autora se pregunta qué es el insilio y por qué resulta necesario nombrarlo, aun cuando ya existían nociones como “exilio interno”. Mediante la reiteración fragmentada de la canción (que relata una secuencia de animales que se silencian mutuamente), la autora construye una metáfora entre el callar y nombrar que persistirá a lo largo de su trabajo. La canción concluye con la afirmación “no nos callamos más”, señalando el objetivo del libro: comenzar a hablar de historias de vida silenciadas. De esta manera, al finalizar el apartado, propone una definición inicial de insilio, el cual implica
“al mismo tiempo persecución política y estrategias de supervivencia de aquellas personas o grupos familiares que, durante el terrorismo de estado, debieron trasladarse dentro de los territorios nacionales y/o camuflar sus identidades cuando sus vidas corrían peligro. Las secuelas del insilio son profundas, individuales y colectivas. Hablan de un desgarramiento en el tejido social, una herida que no termina de cicatrizar en la medida en que no se nombra” (Saidón, G., 2024, p. 16).
El primer capítulo, “Memoria vacante”, la autora se pregunta por la ausencia del insilio en la memoria colectiva y señala la necesidad de nombrar esta experiencia como condición para otorgar identidad a quienes la atravesaron. No obstante, hablar del insilio supone inevitablemente dialogar con el exilio. Frente a ello, la autora se corre de la posición de reclusión y pasividad a la que han sido relegados quienes se quedaron en el país y propone, en cambio, pensar a los insiliados como agentes activos cuya supervivencia puede ser comprendida como una forma de resistencia. No obstante, recorre las tensiones en torno a la utilización de esta nueva palabra. Por un lado, ciertos autores cuestionan la creación de una nueva categoría ya que consideran que existen otras que nombran, tales como “desplazamiento interno” o “migración forzada interna” y, además, abriría la discusión sobre un nuevo reclamo de reparación al Estado. Por otro lado, desarrolla las disputas y contradicciones que aparecen en torno a la identificación de los actores con este término.
Asimismo, para construir un marco del fenómeno político del insilio, parte del concepto de genocidio desarrollado por Daniel Feierstein, entendido como una estrategia destinada a instalar el terror y fragmentar los lazos sociales con el objetivo de generar una transformación estructural de la sociedad que incluye al conjunto de las relaciones sociales (Saidón, G., 2024, p. 24). Además, articula esta perspectiva con el análisis foucaultiano del panoptismo para pensar al insilio como una forma de control ejercida sobre sujetos vigilados dentro de las fronteras del Estado-nación. En este sentido, al retomar el planteo de Laura Ortiz de que el insilio “es una forma de afectación del terrorismo de estado”, la autora afirma que el insilio existe hoy, en la medida que los efectos del panóptico genocida continúa hasta nuestro presente. En síntesis, vincula la omisión del insilio en la memoria con los procesos de recomposición posteriores a las dictaduras, en los cuales determinadas vivencias quedaron relegadas, sin reconocimiento ni denominación. Las consecuencias de este silenciamiento, memorias que callan, se manifiestan, según la autora, en el presente.
El segundo capítulo, “Dame una i, te doy la i”, recupera un juego escolar de deletreo que la autora vincula a su propia biografía. De la misma manera que este juego era utilizado para afirmar la identidad escolar, le sirve para ir construyendo la palabra del insilio y su potencial como otorgador de identidad. En este marco, propone una reflexión sobre las jerarquías que las palabras establecen: quiénes están habilitados a hablar y en qué condiciones, particularmente cuando esa posibilidad se encuentra atravesada por el grado de afectación de las víctimas. Además, descompone este neologismo morfológicamente, rastrea su genealogía y la inserción paulatina en el vocabulario en su intento de definir a un colectivo innombrado, superando el binarismo que implica la expresión “exilio interno”. El desafío que queda plasmado en este capítulo por parte de la autora refiere a la ambición de incorporar esta palabra a nuestro lexicón y discutir su alcance semántico, el cual todavía no encuentra consenso.
El tercer capítulo, “Mapa incompleto del Cono Sur”, uno de los más extensos, intenta construir una cartografía del insilio en la región. Consciente de que se trata de un mapa necesariamente incompleto, la autora analiza similitudes y diferencias del insilio en países atravesados por experiencias represivas durante la segunda mitad del siglo XX, como Brasil, Chile y Uruguay, así como también el caso de España durante el franquismo, a la que denomina “la matria”. La elección de estos ejemplos latinoamericanos tienen su origen en un Dossier publicado en la Revista Páginas[1], ya que podría tomarse como el comienzo de una producción académica destinada a pensar el insilio tanto en el marco del Plan Cóndor como las experiencias específicas de cada país. En el caso argentino, Saidón se interroga no sólo por los militantes insiliados, sino también por sus entornos familiares y afectivos. Plantea que la tradición inmigratoria del país pudo haber facilitado ciertas estrategias insílicas y analiza los territorios que funcionaron como espacios propicios para generar insilios, como Córdoba y Tucumán, debido la represión temprana, y zonas periféricas, propicias para refugiarse como Tierra del Fuego, la Patagonia y Delta del Tigre (provincia de Buenos Aires). Además, este último espacio le permite analizar los insilios de la comunidad LGBT y articular las variables sexo-genéricas y políticas. En síntesis, este capítulo dialoga con la metáfora de la canción inicial, donde el insilio aparece como un estribillo que se repite, pero con variaciones y agregados, los cuales van sumando aportes al relato.
El cuarto capítulo, “Por qué Córdoba”, rastrea el origen de la militancia del insilio a partir del año 2020, en donde un grupo de mujeres en la ciudad de Córdoba que atravesaron distintas trayectorias militantes durante los años setenta, comenzaron a organizarse con el objetivo de producir conocimiento en torno a sus experiencias y armar un archivo oral federal. Saidón indaga las razones de esta centralidad femenina y recupera testimonios cuyos fragmentos funcionan como subtítulos del capítulo. Aparece la problemática de la culpa del sobreviviente y un nuevo juego semántico en torno al verbo “cantar”, que remite tanto a la traición de la delación como, en contraposición, a la posibilidad de hablar y narrar el insilio.
El quinto capítulo, “Infancias insiliadas”, aborda una categoría de víctimas del terrorismo de Estado que por mucho tiempo no fue contemplada: las infancias. Estas experiencias fueron atravesadas por escolaridades conflictivas, discontinuidades que obligaban a ir de un lugar a otro, cambios de identidad impuestos por los mayores y silencios. No obstante, la autora destaca el rol de los organismos como Abuelas, Madres, Nietes e H.I.J.O.S. como espacios de encuentro generacional entre quienes comparten una misma ideología anti-terrorismo y lugares reparación de estas vivencias compartidas.
El sexto capítulo, “Camino al lexicón”, parte de una cita que describe el rol del artista, cuyo trabajo es nombrar algún límite de la experiencia humana ante la cual la cultura de su época no puede describir. En este rol se posiciona la autora, en nombrar e incorporar el insilio al léxico a partir de la superación de la contradicción que presenta el binomio “exilio interno”. Para ello, analiza el sentido de la palabra y realiza un ensayo de entradas posibles al diccionario. No obstante, ante la recurrente pregunta de por qué recién ahora comienza a nombrarse esta experiencia, la respuesta de Saidón está relacionada con el avance del negacionismo, en donde el insilio aparece como una contraofensiva a una experiencia que se niega. En este sentido, la construcción de esta palabra es un intento de reconstruir la memoria social del genocidio.
El séptimo y último capítulo, “El insilio permanente”, reflexiona en torno a los desafíos que implicó este libro, en donde la escritura sobre los silencios de otros conllevó inevitablemente a interpelar su propia subjetividad. Asimismo, retoma una discusión sobre la consideración del insilio como delito de lesa humanidad y el rol de reparación del Estado. Si bien se trata de una consigna en la que todavía no hay acuerdo, si hay consenso en el deber de reconocer y visibilizar la experiencia de sus actores en donde la reparación comienza con nombrar. Saidón propone pensar el insilio de manera integral, afirmando que, de algún modo, constituye una experiencia colectiva, tal como sugiere el título del libro: Todos nuestros insilios.
A modo de conclusión, la producción del libro no puede desligarse de su contexto político, social y económico, marcado por un gobierno que reactualiza discursos negacionistas. En este marco, el silenciamiento y la negación del pasado reciente aparecen como estrategias que remiten a los objetivos dictatoriales de desarticulación del lazo social. Este presente interpela a la autora a preguntarse por las persistencias del insilio y por las “esquirlas del genocidio” que aún operan en la actualidad.
En síntesis, Todos nuestros insilios reúne y sistematiza la mayoría de los escritos sobre esta problemática, inscribiéndola no solo en el marco nacional, sino también en una escala latinoamericana. La autora busca involucrar al conjunto de la sociedad en la experiencia del insilio, ampliando el concepto más allá de quienes lo vivieron directamente. Desde una perspectiva crítica, si bien el libro, constituye una valiosa primera aproximación al tema y presenta una escritura accesible para un público no exclusivamente especializado, la expansión del concepto de insilio puede, en algunos pasajes, diluir su especificidad como forma particular de afectación del terrorismo de Estado sobre sujetos organizados y perseguidos políticamente. No obstante, la obra aporta de manera significativa a la apertura de un campo de discusión necesario, habilitando la escucha de experiencias silenciadas y promoviendo nuevas preguntas sobre la memoria y nuestro presente.
Antonella Di María
Universidad Nacional de Rosario (Argentina)
antoneladim@gmail.com
páginas / año 18– n° 48 / ISSN 1851-992X / 2026
[1] Coraza de los Santos, Enrique y Gatica, Mónica (coord.) Dossier revista Páginas, año 15, núm.38, Rosario, Universidad Nacional de Rosario, 2023.