Sindicatos regionales en la Patagonia Sur: notas iniciales para el análisis de una experiencia singular

Sindicatos regionales en la Patagonia Sur: notas iniciales para el análisis de una experiencia singular

Regional unions in Southern Patagonia: initial notes for the analysis of a singular experience.

Gonzalo Pérez Álvarez

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas,

 Universidad Nacional de la Patagonia (sede Trelew),

 Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales (Argentina)

gperezalvarez@gmail.com

https://orcid.org/0000-0002-3324-6328

Resumen

Este artículo analiza la conformación de sindicatos regionales en la Patagonia Sur argentina (actuales provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego). A lo largo del siglo XX y el XXI hemos detectado la intención de distintos núcleos obreros radicados en esta región por conformar estructuras gremiales que no estuviesen subsumidas a las organizaciones nacionales. Pretendían darles a sus formatos organizativos en lo gremial un rasgo regional, tanto en su conformación estructural, en el control de sus recursos y en sus propuestas y demandas. Se construyen aquí una serie de notas, que permiten explorar estas experiencias y avanzar en su caracterización, trabajando casos y formulando hipótesis de interés para la historiografía de la clase obrera en Argentina.

Palabras Clave

Sindicatos; Región; Estado; Trabajadores.

Abstract: This article analyzes the formation of regional unions in Southern Patagonia, Argentina (present-day provinces of Chubut, Santa Cruz and Tierra del Fuego). Throughout the twentieth and twenty-first centuries we have detected the intention of different labor nuclei located in this region to form trade union structures that were not subsumed to national organizations. They intended to give their union organizational formats a regional feature, both in their structural conformation, in the control of their resources and in their proposals and demands. A series of notes are constructed here, which allow exploring these experiences and advancing in their characterization, working on cases and formulating hypotheses of interest for the historiography of the working class in Argentina.

Keywords

Unions;  Region; State; Workers.

Introducción

En este artículo se registran diversas experiencias de formaciones sindicales surgidas en la Patagonia Sur, analizando la intención de construir organizaciones regionales en distintas fracciones de la clase obrera formada en esta región del país (integrando las actuales provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, territorio aquí definido como “Patagonia Sur”). A la vez se investiga cuáles fueron las respuestas que, ante esa intención, tuvieron las organizaciones nacionales, en general enfrentando esa pretensión y subsumiendo la mayoría de esos proyectos a través de prácticas autoritarias.

A partir del análisis de la historia de la clase obrera en la Patagonia a lo largo del siglo XX y el actual siglo XXI, es posible detectar la intención de diferentes núcleos obreros afincados en dicha región por conformar estructuras gremiales que no fuesen dependientes de las organizaciones de carácter nacional. Pretendían darles a sus formatos organizativos en lo gremial un rasgo regional, tanto en su conformación estructural, en el control de sus recursos y aportes, y especialmente en torno a sus propuestas y demandas.

La discusión sobre el nacionalismo es un debate clásico de la historiografía obrera. Sin embargo, no se ha incluido con un peso relevante la discusión acerca del carácter regionalista de muchas construcciones obreras, en especial en territorios considerados ‘periféricos’ o, como es el caso de la Patagonia, que fueron incorporados al Estado nacional a través de procesos de conquista militar. Este artículo aborda dicha problemática, clave para la región patagónica y de relevancia para problematizar y complejizar la historia del movimiento obrero en Argentina a nivel nacional.

Para ello se realiza un rastreo de distintas experiencias, que van desde sindicatos locales hasta los de carácter regional, en particular de raigambre o autoidentificación como ‘patagónicos’, en base al registro propio (en esta etapa de la pesquisa aún no se integraron aportes de otros investigadores). Por ello será mayoritaria la presencia de casos con eje en Chubut, foco tradicional de mis trabajos. Similares rasgos de concentración se destacarán en los períodos abordados, ya que en la primera mitad del siglo XX son escasos los casos conocidos, a mediados de dicha centuria se señalan algunos y, en cambio, son repetidos desde los años ‘60 hasta la actualidad.

La presencia de sindicatos locales o provinciales sí es una característica conocida, aunque tal vez también escasamente estudiada, en diversas regiones del país. Entre los empleados estatales son muchos los casos de sindicatos provinciales, que agrupan específicamente a los trabajadores de determinada fracción laboral a nivel provincial y/o municipal. Creo que lo particular en el caso patagónico es el surgimiento, en distintos momentos históricos, de agrupamientos sindicales que buscaron organizar a ciertas fracciones obreras a nivel de una región, en este caso de aquel territorio que desde ese conjunto de obreros se identificaba como “Patagonia”.

El artículo comienza a recorrer un camino para identificar si existen experiencias similares en otras regiones en las que tradicionalmente se divide Argentina (Cuyo, Mesopotamia, Noroeste, Noreste, etc.) o si esto es un rasgo particular de Patagonia. Esta última es nuestra hipótesis, considerando que la historicidad específica de la región, y su modo de incorporación al Estado nacional argentino a través de una conquista militar, construyó rasgos identitarios regionales que se expresan en un reclamo de reparación ante lo que se vivencia como un ‘colonialismo interno’ (González Casanova, 1961; Stavenhagen, 1981) que afecta a los habitantes de esos territorios.

La Patagonia y su configuración

Se describirán un conjunto de experiencias organizativas desarrolladas por trabajadores que residían en la Patagonia argentina[1]. Por ello se hace necesaria una mínima contextualización de su historia y ubicación. El proceso de imposición del Estado argentino sobre Patagonia se vivenció desde la conquista militar del territorio (Vezub, 2009), la proletarización de su población originaria (Pérez, 2024; Delrio, 2024; Vezub, 2014), y la creación de los ‘territorios nacionales’[2] en 1884 (Ruffini, 2007).

Su incorporación plena a la institucionalidad estatal (para lo cual debían ser reconocidas como ‘provincias’) atravesó un largo período, iniciado en 1955 y finalizado en 1994 (con la provincialización de Tierra del Fuego; D’Eramo & Cao, 2019). Esos territorios estuvieron entre 80 y más de 100 años cual ‘colonias internas’ (Navarro Floria, 2010), sin derecho a elegir a sus propios gobernantes. Esa historia generó una fuerte identidad regional, de demandas en clave ‘patagónica’ ante un Estado que explotaba los recursos regionales y externalizaba las ganancias. A su vez el Estado argentino construyó una fuerte matriz nacionalista, en base a la instalación de guarniciones militares (Ibarra, 1997) y sosteniendo un discurso que presentaba a la Patagonia como un territorio con su soberanía en permanente riesgo (Pérez Álvarez, 2016).

Las provincias patagónicas fueron parte del impulso desarrollista desde los años ‘50 (Perrén & Pérez Álvarez, 2011), a partir de proyectos impuestos por el Estado nacional. La propuesta pretendía una nueva ‘conquista’ del territorio patagónico, a través de la implantación de industrias (Schvarzer, 1987). Se creaban centros industriales que debían irradiar el ‘progreso’ hacia las regiones cercanas al polo originario: Chubut y Tierra del Fuego fueron las más impactadas por la instalación de industrias, viendo transformado su territorio y sociedad. Como parte fundacional del proyecto en Patagonia, se formó una dirigencia sindical local que sostuvo una práctica colaboracionista con el gobierno y las patronales (Pérez Álvarez & Narváez, 2022), en el marco del discurso común acerca de la necesidad de fortalecer el desarrollo regional.

En esa clave muchos de los conflictos obreros se ordenaron en torno al eje regionalista (con demandas ante el Estado para sostener las industrias en la región), y/o en su vertiente nacionalista (mantener empleo local como medio de garantizar la soberanía). En esa matriz la hipótesis de conflicto con Chile atravesó la historia regional, generando fuertes tensiones al interior de una clase obrera conformada en gran parte por migrantes de ese país (Gatica, 2013).

La xenofobia y el chauvinismo permean al Estado argentino en toda su extensión, pero son prácticas con una tradición más virulenta en Patagonia, donde el discurso de la necesidad de ‘argentinizar’ la región fue parte clave de su historia (López, 2003). Los hechos de represión que sufrieron los trabajadores de origen chileno así lo atestiguan (Pérez Álvarez & Gatica, 2019). Por ello es relevante observar la clave ‘regional’ como parte del proceso organizativo de esos colectivos obreros.

El trabajo está ordenado a partir de un apartado donde se rastrean dos casos registrados antes de la irrupción desarrollista sobre el territorio, cuando ya podían hacerse observables algunos de estos rasgos de organización obrera en clave regional. Luego se analizan distintos colectivos obreros específicos, señalando sus procesos de sindicalización con perspectiva ‘patagónica’ en la segunda mitad del siglo XX y el comienzo del XXI.

Algunos indicios antes de 1960

En Gatica y Pérez Álvarez (2012) fueron relevados diversos hechos de conflictividad y organización obrera en el Chubut de inicios del siglo XX. Con enfoques similares distintos investigadores han aportado sus contribuciones sobre períodos similares en otras regiones de la Patagonia Sur (Bayer, 1974; Cabral Marques, 1995; Cabral Marques & Crespo, 2006; Auzoberría, Huenul, Luque & Martínez, 2023; entre otros), encontrando rasgos semejantes a los que en este apartado se sintetizan.

En Trelew el 12 de noviembre de 1919 comenzó un importante conflicto, cuando el Centro de Empleados de Comercio local votó el boicot a Gillio Matte y a su casa, “La Comercial”, por el despido de un empleado, la persecución a otros y el no cumplimiento de los acuerdos salariales. El pliego lo presentó el CEC, acompañado del Centro Obrero Tierra y Libertad de Trelew, y la Federación Obrera Regional Patagónica, que hacía su primera aparición pública.

Durante diciembre la medida continuó y el 16 fueron detenidos Antonio De Marchi, J. M. Destasy y Juan Martín, y se ordenó la captura de los 133 firmantes del manifiesto emitido contra Matte. Hasta fines de año encarcelaron a 101 obreros; sus parejas realizaron un corte a las vías del tren exigiendo su liberación, mientras la Liga Patriótica iniciaba su actividad abierta en la región. El 25 de diciembre en Puerto Madryn se inició una huelga en solidaridad con los obreros de Trelew; a los pocos días, y en medio de una fuerte presión del resto de las patronales que no tenían empleados para abrir sus negocios, Matte y el CEC acordaron: los obreros ponían fin al boicot y Matte retiraba la denuncia.

No parece casual que, en el marco del conflicto de mayor impacto entre los que hemos relevado por esos años en el norte chubutense, sea cuando apareció la referencia a una Federación Obrera que asumía como identidad regional la de autodenominarse ‘Patagónica’. Recién hacia 1921 volvía a surgir una noticia similar: es cuando a fines de agosto se informó que se estaba organizando un congreso obrero patagónico, que se realizaría en Puerto Deseado, Santa Cruz. La Sociedad Obrera Local de Madryn nombró una comisión para que actuase en dicho encuentro, que: “…calcula que agrupará en su seno a 20.000 trabajadores” (Golfo Nuevo, 27/8/21).

Trabajadoras Textiles

En los primeros años de conformación de la agremiación obrera entre las trabajadoras textiles de la Patagonia Sur se hace observable un fuerte matiz regionalista. Es en este caso donde más claramente se destaca el ataque de las conducciones nacionales gremiales (tanto de la CGT, Confederación General del Trabajo, como de la AOT, Asociación Obrera Textil) contra las pretensiones de conformar estructuras sindicales de base y perfil regional. Además, se trata de una experiencia especialmente interesante porque las conducciones con impronta regionalista tenían una presencia mayoritaria de mujeres que se vinculaba con las características del colectivo obrero textil en Patagonia. Esto sería abruptamente modificado a partir de la intervención nacional de 1964: desde entonces las direcciones sindicales textiles en la Patagonia Sur han sido hegemonizadas por varones (Pérez Álvarez, 2021).

El período de desarrollo de las textiles en Patagonia se inició en 1956, al comenzar la implantación del proyecto de industrialización subsidiada al sur del paralelo 42 (Ibarra & Hernández, 2017) y junto a ello se produjo la conformación del colectivo obrero textil. Esta pesquisa muestra cómo en los ‘50 e inicios de los ‘60 las mujeres patagónicas habían conquistado lugares de dirección en el movimiento sindical, de los que luego fueron desalojadas y que hasta el presente no han podido recuperar.

A fines de junio de 1956 se conoció el decreto-ley que otorgaba franquicias de importación para el sur del país, comenzando la instalación de plantas textiles en la región. En noviembre ya estaba funcionando la primera textil en Puerto Madryn: “Las Margaritas” era un taller de confección de camisas que empleaba a 60 mujeres. En marzo de 1958 el gobierno relevó las fábricas instaladas en Trelew y Madryn: ya había 616 obreras ocupadas, en 27 plantas (Jornada, 8/3/58, p.4). A partir de allí se inició la dinámica organizativa: el sábado 24 de mayo, “Obreros de fábricas se aúnan para defender las industrias” (Jornada, 25/5/58, p. 5) en el Salón San David, de la colectividad galesa.

Entre fines de agosto y septiembre de 1958 empezó el armado de un sindicato textil en Patagonia: fue el efímero Sindicato de Obreros Textiles y Afines. Ante ello viajaron dos dirigentes de la AOT, Vicente López y Antonio Cirer, quienes declararon que: “Los obreros textiles del norte no estamos contra el paralelo 42” (Jornada, 18/9/58, p. 4). Su recorrida buscaba abortar ese proceso organizativo, y así lo consiguieron, al menos temporalmente.

El 11 de enero de 1959 se reunieron delegadas de 13 fábricas instaladas en Trelew, apoyando la demanda empresaria de mayores facilidades para importar materia prima; del mismo debate emergió la necesidad de conformar un sindicato. Se publicó una solicitada de la Asamblea de Obreros Textiles de la Zona del Valle Inferior y Puerto Madryn, la UIP (Unión Industrial Patagónica) y la Comisión en Defensa de las Franquicias, titulada “El sur defiende su industria” (Jornada, 15/1/59, p. 3). Ese día se anunció la formación del gremio textil, promoviendo un acto que se realizaría el 7 de febrero.

Allí se hicieron evidentes las líneas de confrontación al interior del colectivo obrero, en general, y de las textiles en particular. Para la misma fecha[3] la CGT convocó una asamblea, con la presencia de un enviado por la conducción nacional; reunieron unos 50 obreros, con varios dirigentes locales. El interventor atacó a las textiles (sosteniendo que “su actitud estaba muy equivocada, ya que intentaban formar un sindicato patronal”) y exigió formalizar la CGT local e impedir la creación de un gremio textil por fuera de la AOT. Suárez, de La Fraternidad, sostuvo que las textiles rompían la unidad porque “no trabajaban por necesidad, sobre todo las mujeres que eran las más, quienes sólo se ocupaban para obtener ingresos para sus lujos” (Jornada, 10/2/59, p. 5-8).

A las pocas semanas un grupo de obreras de Madryn marcharon reclamando “que se cumpla la ley”, representando a 5 plantas (Las Margaritas, Kemmeney, Toldi, Portrémoli y Del Golfo) y emitiendo un telegrama que decía: “mientras obreros norteños hacen huelgas para no trabajar, nosotros pedimos materia prima para engrandecimiento nacional. Saludan a V.E. Por comisión directiva: Ana E. de Ibarra, presidenta; Edmée Barroso, secretaria”; completaban la delegación otras veinte obreras (Jornada, 25/4/59, p. 5). Fue la primera ocasión en que se publicaron los nombres de quienes integraban la comisión directiva del Sindicato Textil de la Patagonia (en adelante STP)[4].

El 1º de mayo se realizó un acto con alrededor de 500 obreras textiles, donde Ibarra fue la oradora central, y afirmó: “las relaciones entre nosotras y las empresas industriales, es absolutamente armónica” (Jornada, 2/5/59, p. 2). La CGT local reconoció, tras varios meses, al STP: Ibarra agradeció el hecho, remarcando que “Este sindicato luchará por los derechos obreros en procura del bienestar de la Patagonia y el engrandecimiento de la Nación” (Jornada, 8/6/59, p.8). Las disputas continuarían, y la CGT nacional siguió enfrentando la formación de sindicatos que tuviesen una perspectiva regionalista en Patagonia.

Durante agosto, el STP consiguió un aumento salarial para las textiles de Madryn, donde se asentaba su sede. Continuaron las protestas por la vigencia de los convenios, y el reclamo del pago de salario familiar, vacaciones, aguinaldo y otras leyes nacionales que no eran respetadas en la Patagonia. Una delegación obrera se reunió con el gobernador Galina, integrada por Otero (CGT), e Ibarra, Berta Ojeda, Nelly Perales y Andrés Roftun (todas ellas por el STP).

Comenzaba el debate sobre la necesidad de construir un gremio textil “unido y fuerte”, que superase las divisiones por región o ciudad (Jornada, 24/8/59, p. 7). Esto se expresó tras una reunión en el Ministerio de Trabajo, donde asistieron textiles de distintas ciudades de la Patagonia Sur, reclamando el cumplimiento de los convenios laborales.

Durante el final de 1959 se profundizó el enfrentamiento empresarial; ante una nueva embestida de la UIA (Unión Industrial Argentina) contra las franquicias, la UIP y el diario Jornada agitaron hasta la posibilidad de un movimiento secesionista (Pérez Álvarez, 2017). En ese marco se realizó otra asamblea para formar el gremio textil en Trelew: se nombró a “la señora de Nudelman” como delegada, impulsando un agrupamiento alternativo al dirigido por Ibarra (Jornada, 7/9/59, p. 4).[5]

En noviembre, por primera vez, se expresó que el sindicato textil formado en Trelew era parte de la AOT, adquiriendo un perfil de mayor enfrentamiento con el empresariado. Nudelman denunció lo que denominaba “reiteradas maniobras realizadas por los industriales inescrupulosos” (Jornada, 20/11/59, p. 5). Al iniciarse 1960 el STP resolvió mantener su autonomía y a Ibarra como su autoridad. La disputa por la representación sindical de las textiles continuaba, y mientras el STP anunciaba la obtención del reconocimiento gremial[6], Nudelman pasaba a integrar la mesa directiva de la CGT.

Hacia 1961, la AOT empezaba a definir a su favor esa confrontación. La búsqueda de un sindicato regionalista era ahogada, y a la vez se iniciaba el desplazamiento de las obreras en roles de dirección: durante la reunión por la aplicación del convenio textil en Patagonia, Nudelman ya era la única mujer presente entre siete varones (Jornada, 9/3/61, p. 7).

Allí la AOT reclamó designar delegadas por planta; los industriales aceptaron, pero exigiendo que esos cargos fueran desempeñados “con responsabilidad”. Jornada informó, con preocupación, que: “En una reciente asamblea textil de Trelew, una parte de la barra vivó a Perón e insistió en slogan del régimen”. La CGT y la AOT ratificaron su no definición política, afirmando que sufrían “presiones de los ‘62’, los ‘32’, los ‘19’, MUCS, etc.” (Jornada, 7/4/61, p. 5). Era evidente el interés de esa dirigencia por presentarse como desideologizada; también parecía claro que la AOT, cuando comenzaba a definir la pulseada sindical, dejaba atrás su perfil un poco más confrontativo que el STP.

Al iniciarse 1962 la AOT creó una delegación en Puerto Madryn, avanzando contra el STP. La misma dependía de la seccional Trelew, estaba dirigido por Anita de Roca, e integrado por otras nueve mujeres y dos varones. Como respuesta el STP renovó su conducción, que seguía encabezada por Ibarra y con amplia mayoría femenina.

En marzo de 1963 se resolvió la unificación del gremio textil en la región. Se reunieron Eva Nudelman, Carrizo (CGT Comodoro Rivadavia), Lía de Ferrari (ATE, Asociación de Trabajadores del Estado), Echarri (portuarios) y el director del Departamento Provincial del Trabajo. Allí se presentó Ana Ibarra y “una delegación de cuatro compañeras pertenecientes al ex Sindicato Textil y Confección de la Patagonia, quién expresó que renunciaba a la conducción del sindicato paralelo por la unidad del gremio, a fin de evitar que los patronos sigan abusando y violando los derechos del convenio, para así facilitar que la Asociación Obrera Textil haga llegar los beneficios del gremio”. Carrizo convocó a afiliarse al único gremio reconocido, dirigido por “Andrés Framini en el orden nacional y la compañera Nudelman en el orden local” (Jornada, 4/3/63, p. 5).

La ofensiva del sindicato nacional había coronado su éxito al derrotar el intento regionalista; luego desplazó a las mujeres que ejercían cargos de dirección en los sindicatos textiles de Chubut. Ya la nueva filial Madryn fue integrada por siete varones y solo una mujer, quien tenía a su cargo el feminizado rol de ‘asistencia social’. A mediados de noviembre la AOT central intervino la seccional local. La resolución, firmada por Framini, fue tapa del diario Jornada y generó un gran impacto regional: desde allí el sindicato textil en la Patagonia Sur se estructuró en torno a seccionales estrictamente dependientes de la conducción nacional.

Obreros del Aluminio

La única fábrica productora de aluminio del país comenzó su actividad en agosto de 1974, en la ciudad de Puerto Madryn, al norte de Chubut (Solari Yrigoyen, 1976; Rougier, 2011). ALUAR (Aluminio Argentino) es una patronal que desde un inicio estableció mecanismos de control de su colectivo laboral, pese a lo cual se desarrollaron procesos de organización con ciertos márgenes de autonomía obrera (Pérez Álvarez, 2023a).

En esos años iniciales de la planta se estableció una iniciativa pública del agrupamiento sindical que se había conformado en ALUAR y que intentaba disputarle la representatividad a la UOM (Unión Obrera Metalúrgica). La Asociación del Personal de ALUAR (AMPAL) anunció la inauguración de una cooperativa de consumo en Madryn, en asociación con “El Hogar Obrero” para adquirir artículos generales y alimentos. Luego este agrupamiento quedó conformado como una Mutual de las personas empleadas por ALUAR y sus familias, que construía lazos con los obreros solamente en esa clave.

Pareciera registrarse cierta sintonía con la patronal, pretendiendo formar un gremio ‘de empresa’ amparados en el hecho de que no existían fábricas de aluminio primario en el país y por ello el convenio colectivo de la UOM no tenía incorporados a los trabajadores de esa actividad específica. Sin embargo, aún queda por explorar en mayor profundidad cuál fue el nivel de consistencia de este proyecto sindical, que de todas maneras habría tenido un carácter más ‘local’ o ‘de empresa’ que propiamente ‘regional’ o ‘patagónico’.

Gerardo[7], que trabajaba en una metalúrgica en Lanús como especialista en soldaduras, viajó a Puerto Madryn durante 1977 y allí conoció esa representación gremial local e independiente de la UOM: “tenía apoyo de los trabajadores porque había conseguido algunas mejoras salariales. Y la empresa quería tener un sindicato propio por empresa, así que también apoyaba ese proceso, porque además ese grupo no cuestionaba tres aspectos claves: la salubridad, la falta de seguridad y la contaminación, y tampoco el destino social de la producción. Todo se esgrimía en la cuestión salarial”.

Se trataba de la ya mencionada AMPAL. Eso cambia, según su memoria, hacia fines de 1977: “ahí ya desembarca más fuerte la UOM, toma las riendas, entra bastante gente nueva y la empresa resigna tener un sindicato propio, pero le exige a la UOM que nunca estén esos temas en la agenda clave del sindicato…”. Desde allí no volvería a plantearse la posibilidad de un gremio propio de los obreros del aluminio, y eso ha llevado a una dependencia muy estricta del control nacional de la UOM, algo que se hizo evidente durante algunos conflictos claves, como la gran huelga del año 2007 (ver Pérez Álvarez, 2022).

Trabajadores de la Pesca

Desde finales de los ‘70 e inicios de los ‘80 esta rama de la economía tuvo un rápido desarrollo en la región patagónica (Pérez Álvarez & Schulze, 2020), y durante la década del ‘90 sufrió una profunda reestructuración a partir de la sobreexplotación de la merluza (Colombo, 2014). Esa periodización no implica que no existiese actividad pesquera industrial en Patagonia previamente (se encuentran indicios de iniciativas industriales desde finales del siglo XIX y, con más continuidad, desde la década del ‘40 en Puerto Rawson; ver Pérez Álvarez, 2023b), pero fue en esta etapa más reciente cuando se registraron los procesos de agremiación con una fuerte impronta regionalista.

Durante los años ‘80 y ‘90 se desarrollaron constantes disputas por la representación sindical de los trabajadores de la rama pesquera en la Patagonia argentina, así como enfrentamientos con las patronales que se instalaban, especialmente por el valor de la fuerza de trabajo y las condiciones de explotación laboral.

Otra expresión de las formas regionalistas de los sindicatos es la distinta representación gremial de los obreros pesqueros de las plantas en tierra en los dos territorios claves de la actividad pesquera en Argentina (el núcleo tradicional, en torno a Mar del Plata y la costa bonaerense, y el litoral patagónico). En Mar del Plata ese colectivo laboral está incorporado en su sindicato específico, el SOIP (Sindicato de Obreros de la Industria del Pescado), mientras en Patagonia los agrupa el STIA (Sindicato de Trabajadores de Industrias de la Alimentación; ver Pérez Álvarez & Schulze, 2022).

La conformación del STIA como gremio que agrupa a los obreros de la actividad pesquera industrial en Patagonia estuvo plagada de conflictos intersindicales, enfrentando al SOIP y a los intentos de formar sindicatos de carácter regional. Iniciamos el rastreo hacia febrero de 1983, cuando se expresó el malestar obrero en la empresa Ventura de Madryn, contra los bajos salarios y los accidentes de trabajo (Jornada, 23/2/83, p. 9). Se trataba, por entonces, de la planta que más empleados agrupaba en la región.

En marzo se constituyó el Sindicato de la Industria Procesadora de Pescados y Mariscos de Puerto Madryn, realizando una asamblea con representantes de distintas empresas y dirigentes de la CGT local. Se destaca aquí un primer intento de formar un sindicato de carácter ‘regional’ para la pesca en Chubut, en lugar de confluir con los gremios históricos de la actividad. Al poco tiempo se constituyó el SUPPIA (Sindicato Unido Pescadores Patagónicos e Industrias Afines), buscando representar a los trabajadores que desarrollaban tareas en buques y plantas procesadoras, al sur del paralelo 40. Según sus organizadores, formarían una federación nacional que tendría su sede en Puerto Madryn.

El SOMU, Sindicato de Obreros Marítimos Unidos, cuestionó la creación de este gremio, exigiendo a las autoridades de la CGT local que cesasen con su apoyo a esos “impostores” (Jornada, 11, 12 y 16/5/83). Era claro que desde el SUPPIA se intentaba enfrentar o dividir al SOMU, creando un sindicato de carácter ‘regional’ con eje en Madryn, teniendo además la intención de agrupar a trabajadores de las distintas fracciones obreras de la industria pesquera.

Se desarrolló una relevante huelga en la planta Marejada, impulsada por el SUPPIA (el SOIPAP[8] la enfrentó públicamente); denunciaban trabajo infantil, jornadas de más de 8 horas, falta de ropa adecuada, turno nocturno sin pago especial, entre otras irregularidades. Si bien se llegó a un acuerdo entre el SUPPIA y la empresa, a los pocos días un grupo de obreros acusó al sindicato por dejar sin empleo a muchos niños y poner en riesgo la continuidad de la planta, reclamando que a partir de allí las negociaciones fueran con el SOIPAP (Jornada, 21/6/83, p. 4). El 1º de julio los trabajadores de Marejada y Ventura criticaron al SOIPAP, planteando que su dirigente, Patricia Cabañas, no era “ciudadana argentina” (Jornada, 1/7/83, p. 3). La disputa intergremial era dura, y apelaba al temor de perder la fuente laboral o al chauvinismo y la xenofobia.

El 7 de julio fue el SOMU quien desató otra disputa por la representación gremial, calificando al SUPPIA como “un club” y a sus dirigentes como “aventureros”. El SUPPIA contratacó denunciando que las empresas pesqueras de Patagonia realizaban descuentos sindicales a sus trabajadores, sin que estos supiesen dónde iban esos fondos. Además, señalaron la depredación del recurso por parte de los buques factorías, y exigieron medidas específicas a favor de la Patagonia (Jornada, 7 y 8/7/83).

Durante 1984 y 1985 se duplicó la actividad pesquera en Madryn, requiriendo más mano de obra y una mejor provisión de servicios. Se mantenía la promoción impositiva para el desarrollo de la rama en la región, por la cual las patronales del sector seguían recibiendo subsidios estatales. Para 1985 comenzó la inserción del STIA en las plantas procesadoras de Patagonia: el 13 de noviembre el dirigente del SUPPIA denunció que el delegado zonal del Ministerio de Trabajo promovía la intervención en la actividad pesquera del STIA, gremio que hasta allí no tenía personería para el sector (Jornada, 13/11/85, p. 5).

En 1987 se anunció el reconocimiento legal al STIA como gremio de los trabajadores pesqueros en la región, desconociendo la personería del SUPPIA. Era la resultante de una permanente disputa en los años previos, pero no sería el final de la misma. El STIA comenzó un “proceso de ordenamiento”, nombrando delegados en varias plantas para “desplazar” a otros activistas, a quienes calificaba como “infiltrados” (Jornada, 11/6/87, p. 5; según entrevistados, se tratarían de delegados que estaban vinculados a grupos de izquierda). Mientras la mayoría de las empresas, especialmente las vinculadas a barcos congeladores, apoyaron la presencia de este sindicato, Conarpesa despidió a 48 operarios por afiliarse al STIA.

Durante 1988 se registraron ocupaciones de fábricas en Rawson (Estrella del Mar y Oceangel). Además hubo conflictos en otras plantas (Frigorífico Centenario y Río Chubut), con denuncias de inacción del STIA por parte de la Agrupación de Trabajadores de la Industria del Pescado[9]. En todos los casos era debido al incremento de los niveles de explotación y precarización laboral.

Para 1989 se inauguró la planta de Alpesca en Madryn, y se produjeron varios conflictos por el despido de 16 trabajadores y la denuncia del STIA por incumplimientos del convenio. No hubo acciones ante los despidos; la escasez de conflictos relevados desde 1989 expresa la fase de derrota que sufría la clase trabajadora a nivel nacional (Pozzi & Schneider, 1994; Ghigliani, 2008).

En 1990 se firmó un Convenio Colectivo de Trabajo, entre la FTIA (Federación de Trabajadores Industria de la Alimentación), la Cámara de Armadores e Industriales de Pesca Costera de Tierra del Fuego, la Cámara de Industriales Procesadores de Pescado de Necochea (CIPAN), la Cámara de Pesca de la Provincia de Rio Negro y la Cámara Patagónica de Industrias Pesqueras (CAPIP). Dejaban limitado el ámbito del SOIP al departamento General Pueyrredón de la provincia bonaerense, único territorio de Argentina donde este CCT no tendría vigencia.

1992 ya fue un año de mayor conflictividad, pero fundamentalmente atravesado por las disputas internas de la clase obrera. La derrota se expresaba en una ofensiva patronal, que llevaba a distintas fracciones proletarias a disputar entre sí, intentando sostener sus condiciones de vida al costo de perjudicar al otro colectivo obrero. La opción de enfrentar al capital fue elegida en escasas ocasiones, mientras la antigua disputa entre el STIA y el SUPPIA por la representación gremial ya parecía definida: el SUPPIA había dejado de ser un sujeto relevante en la conflictividad y el STIA se consolidaba como sindicato de esa fracción obrera en Patagonia. Pero ahora reaparecía, intentando disputar esa posición, el SOIP.

Dirigentes de ese gremio denunciaron que 16 obreros de Pescamadryn fueron despedidos por orden del secretario general del STIA. También hubo conflictos por la quiebra de una pesquera (Ventura) y el despido de 15 trabajadores en otra (Harengus). En la mayoría de las plantas ya se había fragmentado el colectivo laboral: mientras los efectivos manifestaban mayor adhesión a las acciones, los eventuales o cooperativizados tendían a resguardarse.

En junio el SOIP convocó una marcha en Rawson: fue un fracaso, con apenas 100 manifestantes. Trece operarios de plantas procesadoras lanzaron una huelga de hambre en la plaza principal de Rawson. La medida surgió del SOIP y se prolongó sin conseguir respuestas: al décimo día dos huelguistas fueron internados con severos cuadros de desnutrición.

Durante 1993 se incrementaron los conflictos por el desarrollo de las ‘cooperativas truchas’ (Mateo, Nieto & Colombo, 2010). En agosto, los operarios de Conarpesa ocuparon la planta por una deuda salarial, cuestionando a la dirigencia del STIA. A inicios de 1994 se desarrollaron conflictos en varias plantas: el más significativo fue en Alpesca, donde se anunciaron despidos. Se llegó a un acuerdo con el STIA, mientras un delegado denunciaba que el pacto definía la expulsión de los activistas opositores.

Esos obreros convocaron una nueva huelga, ahora de manera autoconvocada. La conducción sindical denunció al delegado desplazado por ser chileno y afirmó que produjeron destrozos en el gremio. Alpesca finalmente despidió a 15 trabajadores, sindicados como responsables del conflicto: fue una dura derrota obrera. Para ese año el SOIP ya había sido desplazado de la disputa con el STIA, y este sindicato desplegaba su política sin temer que ello le generase perdida de adhesiones obreras.

Esas fracturas “horizontales” (Izaguirre, 1994) explican en parte que en la región se desarrollasen constantes enfrentamientos entre estructuras sindicales, que intentaron organizar a cada fracción de la clase en términos corporativos. Esos proyectos gremiales también expresaron distintos alineamientos con fracciones del capital; pero, además, al tratarse de una actividad económica históricamente centrada en la provincia de Buenos Aires (Nieto, 2018; Pradas, 2006) que recién hacia la década del ‘70 y ‘80 comenzó a desarrollarse con más fuerza en Patagonia (Schulze, 2022), el enfrentamiento “regional’ coadyuvó a esas pugnas intraclase.

Mientras la actividad pesquera tradicionalmente organizada en Buenos Aires se estructuraba en torno a tres grandes sindicatos (SOMU para marineros, SUPA[10]  para portuarios y SOIP para las plantas en tierra)[11], en Patagonia se observa una constelación de agrupamientos en permanente disputa: SIPPyMPM (Sindicato de la Industria Procesadora de Pescados y Mariscos de Puerto Madryn), SUPPIA, SUPAP (Sindicato Unido Portuarios Argentinos de la Patagonia), SOIPAP y STIA, además de las delegaciones regionales del SOMU, SUPA y SOIP. Como ya se destacó esos agrupamientos con perfil regionalista ya habían sido derrotados para 1997[12]: de todas maneras la línea de enfrentamiento ‘regional’ siguió siendo una marca presente en muchos hechos de beligerancia en la rama pesquera.

Portuarios

Al iniciarse 1983, todavía durante la dictadura que finalizó en diciembre de ese año, se hace pública la presencia del SUPAP, que se encontraba realizando una huelga por diversos reclamos laborales. Se destaca una diferencia en el nombre del sindicato regional con respecto al SUPA nacional: la clave patagónica se explicitaba, planteándose como una estructura regional con identidad propia.

En el SUPAP se destacaba la figura del dirigente Luis Vidal, quien se proyectaba por encima de lo sindical, posicionándose también en lo político. En sus declaraciones expresaba críticas al gobierno nacional, especialmente en lo que hacía a sus promesas de desarrollo para Patagonia, englobando en sus planteos desde el rol de la Universidad regional hasta la situación del parque industrial local.

El 2 de febrero los portuarios de Madryn levantaron la medida de fuerza y el SUPAP difundió un comunicado firmado por su dirigente regional; allí también informaba que se realizaron las elecciones en el SUPA nacional, donde fue electo Cesar Loza (Jornada, 3/2/83, p. 5). El 25 de marzo Loza visitó la zona, destacando que las demandas laborales de quienes trabajaban en la región debían ser escuchadas de inmediato.

En abril Vidal repudió la presencia de buques factoría polacos, generando “un duro atropello a nuestros derechos de habitantes, trabajadores de la Patagonia quienes a diario forjamos con el esfuerzo el sostenimiento de la actividad portuaria y nos sentimos indisolublemente ligados a la defensa de nuestra soberanía” (Jornada, 14/4/83, p. 2). En mayo se expresó una “enérgica defensa de los intereses de Puerto Madryn” (Jornada, 20/5/83, p.1-2), contra medidas nacionales que promovían al puerto de Bahía Blanca. Firmaron, junto a los partidos tradicionales y corporaciones empresarias, los sindicatos portuarios y marítimos de la región. Vidal, días después, sostuvo que “Nadie podrá detener el movimiento portuario de la Patagonia”, ratificando su postura regionalista (Jornada, 24/5/83, p. 3).

Desde las 16 horas del 6 de junio se inició una huelga total en el muelle Storni por parte de afiliados al SUPAP, con reclamos contra la Capitanía de Puertos y las empresas de estibaje. Demandaban una ambulancia, ropa acorde a la época invernal, calzado de seguridad, una lista rotativa de trabajo y la instalación de un lugar físico de contratación para resguardarse durante el invierno.

Para el día 8 de junio seguía el paro portuario, afectando a tres mercantes griegos que trasladaban productos para ALUAR. La medida se levantó durante unas horas por dictarse una audiencia de conciliación, pero los empresarios no asistieron al encuentro y la huelga se retomó. Para el 10 parecía solucionarse el conflicto, tras la mediación de la Cámara de Comercio entre el SUPAP y las compañías de estiba. Llamativamente, y a los dos días de esta reunión, presentó su renuncia el dirigente del SUPAP, Luis Vidal.

En julio se anunció que Vidal estaba acusado por estafa: la denuncia fue impulsada por el SUPA nacional, afirmando que había dejado un gran déficit en el sindicato regional e imponiendo una intervención gremial sobre esa institución. Se empezaba a eliminar la intención de cierto nivel de independencia regional en este colectivo laboral.

Durante 1984 Vidal intentó conformar el SUPAP como sindicato con personería propia, denunciando que Cesar Loza presionaba al ministerio de trabajo, interfiriendo “en las cuestiones internas del gremio patagónico” (Jornada, 24/7/84, p.4). La pretensión de construir un gremio regional, autónomo con respecto a la estructura nacional, fue derrotada: a fin de año se realizaron las elecciones locales del SUPA, ganando la lista “celeste y blanca” sobre la “amarilla” (Jornada, 13/12/84, p.2), estando ya casi todos los trabajadores de la estiba organizados en el SUPA nacional.

Desde allí el sindicato de la estiba dejó de presentar una identificación como ‘patagónico’ y pasó a referenciarse únicamente como SUPA. Pese a ello siguieron planteándose procesos de organización de sindicatos regionales en el sector portuario, como el Sindicato Unido de Estibadores Portuarios Patagónicos (SUEPP), con sede en Puerto Deseado y que obtuvo su personería gremial en el año 2011 con zona de actuación limitada a dicha localidad. También desde 1983 existe el Sindicato de Obreros Portuarios de San Antonio Oeste (SOPSAO), con sede en esa ciudad y sin referenciar una identificación regional sino únicamente de carácter local (son parte de la FEPA, Federación de Estibadores Portuarios Argentinos, y se consideran unidos a las seccionales del SUPA).

Luz y Fuerza

Para 1957 ya se reseña en los medios de prensa regionales la existencia del Sindicato de Energía Eléctrica de Chubut, que por entonces contaba con 36 afiliados (Jornada, 4/4/57, p. 5). A fines de 1958 el diario reseña que se eligieron nuevas autoridades, evidenciando un significativo crecimiento (además comienzan a denominarlo con el nombre actual, aunque en ocasiones seguía apareciendo la antigua referencia al Sindicato de Energía Eléctrica Regional del Chubut; Jornada, 24/12/58, p. 2).

 Dicha estructura gremial desarrolló diversas acciones entre 1958 y 1961, y fue en febrero de dicho año cuando se conformó el Sindicato de Luz y Fuerza de la Patagonia, tras una reunión en Comodoro Rivadavia donde estuvieron presentes las delegaciones de Sarmiento, Trelew, San Julián, Río Grande, Las Heras, Río Gallegos y Puerto Deseado (Hora 6, Número 8 y 9, p. 91). Tenía jurisdicción sobre Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, representando así lo que aquí definimos como Patagonia Sur.

Se trata de un caso particular, ya que durante muchos años se sostuvo como sindicato regional, pero a la vez formaba parte de la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza (FATLyF). Sin embargo, su dirigencia sindical siempre sostuvo la pretensión de reforzar su carácter regionalista y ello fue conseguido durante el año 2007, cuando consiguieron desprenderse de la Federación nacional y constituyeron una estructura propia de alcance regional, con sede principal en Trelew y área de incumbencia en las tres provincias más australes del país.

Si bien previamente ya era un sindicato muy poderoso (su dirigente fue una figura clave de la CGT regional durante las décadas del ‘60 y ‘70), su fortaleza se consolidó a partir de este proceso, ya que la totalidad de los aportes sindicales fueron concentrados en la región. Además, se firmó un convenio colectivo de trabajo de alcance ‘patagónico’, con mejoras sustanciales tanto para sus integrantes como para la estructura gremial. Sin embargo, durante el año 2009 algunos integrantes de Tierra del Fuego se retiraron de la Federación Regional, conformando el Sindicato de Luz y Fuerza Austral que volvió a vincularse a la FATLyF, en una dinámica que evidencia la continuidad de las líneas de confrontación interna.

La investigación sobre este proceso de sindicalización adquiere particular relevancia, ya que aparece como el único caso en el cual la pretensión de formalizar la regionalización sindical en términos institucionales, fue conquistada y se sostuvo hasta el presente. Esto puede vincularse a la posición estratégica (Womack, 2007) que este colectivo laboral ocupa, tanto en lo que hace a la estructura económica de Patagonia, como en relación al conjunto del país: el territorio de la Patagonia Sur es el mayor aportante de energía al interconectado eléctrico nacional. Se trata de una experiencia organizativa que recientemente comenzó a ser investigada de manera específica (Cayuñanco, 2024), en el marco de una investigación doctoral.

Algunas reflexiones a modo de cierre

Hemos recorrido distintas experiencias que evidencian cómo la búsqueda de conformar estructuras gremiales de carácter regional fue una praxis repetida en distintos colectivos obreros de la Patagonia Sur. El intento de conformar sindicatos que representasen a los trabajadores en torno a sus intereses como ‘patagónicos’, es relevante para pensar cómo la matriz regional agrega una significativa complejidad al estudio de la clase obrera en Argentina.

Se trata de una clave escasamente explorada por la historiografía obrera nacional, tributaria de una mirada que tiende a pensar la historia del movimiento sindical con foco en Buenos Aires y las provincias más cercanas, y dan por supuesto que en el resto del territorio nacional la dinámica tomó un simple efecto de imitación, o que desde el núcleo metropolitano las experiencias fueron ‘trasplantadas’ a otras regiones. Ese enfoque es, a su vez, tributario de aquella perspectiva que piensa a la historia de la clase obrera en Argentina como mero reflejo de las dinámicas europeas: los inmigrantes habrían ‘traído’ determinadas ideologías que aquí simplemente fueron reproducidas.

Las experiencias aquí narradas abren caminos para pensar una historia obrera más compleja, donde cada estructura regional plantea su especificidad a partir de los entrelazamientos particulares que en sus territorios construyen las fuerzas sociales en disputa (Gramsci, 1997). El caso de la Patagonia Sur guarda rasgos interesantes, que explican esta característica de ciertas fracciones de su clase obrera.

Su incorporación al Estado nacional fue desarrollada a partir de una conquista militar, y durante muchos años sus habitantes estuvieron privados de derechos políticos y sociales. A pesar de su posterior conversión en provincias, se continuaron generando prácticas donde los trabajadores locales no conseguían que se aplicasen las normativas aprobadas en el orden nacional, con estructuras económicas que vivenciaban la extracción de los recursos sin registrar beneficios regionales significativos.

Si a ello se le suman los mayores costos de vida, provocado por los precios superiores de los alimentos y el clima hostil, y las dificultades para radicar industrias transformadoras, parece lógico que ciertos colectivos obreros intentasen defender sus derechos en una clave regional, que se integraba a la de carácter corporativo. Esa matriz llevaba a conformar un intento de alianza con los empresarios que tenían inversiones en la región; es claro cómo la mayoría de las experiencias aquí recuperadas entrelazaban los intereses patronales con aquellos que buscaban defender esos trabajadores.

Desde ellas, mayoritariamente, se sostuvo una constante referencia a la idea de ‘soberanía’, planteando la defensa de políticas de excepción para la Patagonia. Se reproducía así el discurso del Estado argentino acerca de la centralidad de ocupar ese territorio para defender sus recursos, clave en la legitimación de la ‘conquista del desierto’ y de los hechos de represión contra huelgas en el sur del país. Un sector de los trabajadores hizo suyos estos argumentos, pretendiendo esgrimirlos como una herramienta que podría servirles para defender la creación de fuentes de empleo en la región.

Esta perspectiva planteaba una supuesta comunidad de intereses entre obreros y patrones de la región, cuyo objetivo sería garantizar el desarrollo de la Patagonia. Ese posicionamiento se reforzaba entre los colectivos obreros de ramas subsidiadas por el Estado nacional, como la textil, donde se planteaba la necesidad de mantener la ‘paz social’ para que no peligrase la continuidad de la promoción industrial.

Las acciones de estos trabajadores se ordenaron en torno a una estrategia (Iñigo Carrera, 2000) que planteaba una alianza con el empresariado con intereses en la región, donde esa burguesía tendía a dirigir el proceso. Esa fuerza social tenía como programa la ‘defensa de la región’, demandando el sostenimiento de los beneficios para los empresarios que invertían en Patagonia. Así esa perspectiva regionalista parecía inhibir la posibilidad de la autonomía obrera, y limitaba la lucha por los intereses de esos colectivos laborales a una aparente simbiosis con los de ‘sus’ respectivas patronales.

Pero, a la vez, esa matriz regionalista expresaba otros rasgos específicamente obreristas. Jerry White plantea que las historias de vida vinculadas a territorialidades concretas son claves para construir la historicidad de los trabajadores (1984: 130), y esto se expresa en las experiencias aquí recuperadas. Esos obreros experimentaron su condición de vivir en Patagonia como algo distintivo y que les generaba intereses particulares, diferentes hasta con respecto a quienes se desempeñaban en su mismo sector laboral en otras regiones del país.

En las declaraciones de algunos dirigentes, y en los posicionamientos prácticos que desarrollaban, se hacen observables rasgos de oposición al dominio del Estado nacional sobre estos territorios, en ciertos casos reproduciendo la idea de que se vivía en condiciones propias de un ‘colonialismo interno’. Esto se conecta con características nacionalistas y hasta con atributos antimperialistas, presentes entre ciertos colectivos obreros en Patagonia, que como lo vimos también puede derivar en rasgos xenófobos o chauvinistas, especialmente contra la población trabajadora de origen chileno.

Entre esas complejas articulaciones es que se ubican estas experiencias que no son propias de una dimensión pasada, sino que actúan en el presente. En torno a ello un eje de relevancia para investigar las construcciones sindicales en clave regional es la tensión que se establece con las direcciones nacionales, que enfrentaron, y casi siempre derrotaron, esas pretensiones de autonomía. Esto es de singular importancia en un país como Argentina, donde la mayoría de las direcciones surgen de Buenos Aires y viven en esa región, dificultándose así su comprensión de las especificidades del desarrollo político y sindical en otras territorialidades del país.

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Archivos

Archivo Físico del Diario Golfo Nuevo, ediciones varias.

Archivo Físico del Diario Jornada, ediciones varias.

Archivo Físico de la Revista Hora 6, ediciones varias.

Entrevistas

Gerardo Capone, entrevista realizada el 2 de mayo de 2008. Ligado al Partido Comunista, fue activo militante de la agrupación Rafael Uribe en ALUAR.

Recibido: 02/06/2025

Evaluado: 09/07/2025

Versión Final: 12/08/2025

páginas / año 18 – n° 48/ ISSN 1851-992X /2026                         


[1] Incluimos, de acuerdo a la división clásica en regiones de Argentina, a las provincias de Neuquén, La Pampa, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. En este trabajo hacemos eje en la Patagonia ‘Sur’, integrada por las últimas tres.

[2] Estatus jurídico que no les permitía elegir sus propios gobernantes (el gobernador era impuesto por el presidente de la nación), ni dictar sus leyes. Jurídicamente eran territorios dependientes del gobierno federal.

[3] La reunión de la CGT se realizó a las 19 horas en el salón “Molino de Oro”. La asamblea textil en el Teatro Español a las 19.30; la distancia que separaba ambas reuniones era de unas pocas cuadras.

[4] Aunque en ocasiones es nombrado como “Sindicato de Obreros Textiles de la Patagonia”, en ciertos casos “Patagonia” es reemplazado por “Madryn” y en otros se suma “y confecciones”.

[5] Resolución que causó sorpresa, en especial porque la asamblea fue convocada por el STP y dirigida por Ibarra. Al poco tiempo también se produjo una ruptura en el STP de Madryn.

[6] Según su gacetilla fueron asentados como “Sindicato Obrero Industria Textil y Confecciones de la Patagonia - SOITCP”, con sede en la ciudad de Puerto Madryn.

[7] Gerardo, entrevista realizada por el autor en Puerto Madryn el 2/5/2008.

[8] El SOIPAP parece ser la expresión regional del SOIP nacional. Sin embargo, la presencia en su nombre de la referencia específica a su carácter ‘patagónico’ evidencia la fuerza que adquiría el reclamo de una representación de carácter regionalista. Ya se verá que el SOIP luego intenta establecerse en la región sin referencia patagónica (y fracasa).

[9] Tenía vínculos con militantes ligados al Partido Obrero, según el testimonio de Oscar Jara (entrevista realizada por el autor, en el Hotel Touring Club de Trelew, el 14 de abril de 2012). Algunos de los supuestos “infiltrados” a quienes atacaba el STIA, eran de este agrupamiento.

[10] Sindicato Unidos Portuarios Argentinos.

[11] También se pueden sumar a los menos numerosos (pero no por eso poco relevantes), SEAM (Sindicato de Encargados y Apuntadores Marítimos), SICONARA (Sindicato de Conductores Navales de la República Argentina), SAON (Sindicato Argentino de Obreros Navales) y Centro de Capitanes y Patrones de Pesca.

[12] En cambio, en Mar del Plata fue hacia el año 2000 cuando se generó un gremio regional de marineros (el SIMAPE, Sindicato Marítimo de Pescadores), fragmentando el colectivo obrero antes representado por el SOMU (Yurkievich & Nieto, 2014).